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“La paz no se va a lograr a punta de plomo”: Enrique Pérez

Enrique Pérez, soldado que perdió las piernas por mina, dice que “la paz no se va a lograr a punta de plomo”.
Carlos Cordero
Carlos Cordero
Enrique Pérez muestra con orgullo la foto de sus días en la Escuela de Formación de la Infantería de Marina, a mediados de los 90. Carlos Cordero

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Enrique Pérez, soldado que perdió las piernas por mina, dice que “la paz no se va a lograr a punta de plomo”.

Enrique José Pérez tiene 37 años y ya es un soldado veterano de guerra. Combatió ocho años en el Caquetá y Putumayo. En paisajes manchados de balas, explosiones, sangre, sufrimiento. Hasta que un día en los Montes de María cayó en un campo minado y perdió las piernas. Ahora está en una silla de ruedas, confinado a mirar la vida pasar desde la puerta de su casa verde pistacho, en un sector polvoriento de calles destapadas que parecen trochas en el barrio Villa Viola, Soledad.

Atrás quedó el verde de la selva y del uniforme militar. Su panorama hoy es muy distinto. Y sus luchas diarias, también. Su principal enemigo es el tiempo libre: se levanta en la mañana, ayuda a sus hijas a alistarse para ir al colegio, le colabora a su esposa en los quehaceres del hogar. Si cuenta con suerte, le llevan ventiladores o lavadoras para arreglar. Si no, mira el techo, lee la biblia o asiste al culto religioso. Su campo de acción se reduce a los 72 metros cuadrados de su casa. Puertas afuera de su oasis familiar, el horizonte es inhóspito.

Ni el más mínimo asomo de lo que podría ser un andén; vías formadas por una serie de huecos y piedras. Movilizarse en silla de ruedas en este municipio atlanticense se convierte en un triste deporte extremo.

“Mi día a día es duro, mi situación es bastante caótica. Quiero sentirme productivo en la sociedad, pero me enfrento a una dura realidad para la población con discapacidad”, dice Enrique.

En frente de él, en lo que parece ser un bulevar cubierto por la arena, con árboles raquíticos adornados con banderas de Colombia, un grupo de niños juega, ríe, grita. Su algarabía inunda la atmósfera y parece reconfortar el espíritu de este soldado retirado.

Enrique nació en Los Palmitos, Sucre. Culturalmente se define como sabanero: de ñame, yuca y suero; de sombrero vueltiao y abarcas, que ya no puede usar; de porros y fandangos, que ya no puede bailar. Sus padres son hombres de campo. Su familia padeció desde siempre los traumas del conflicto armado.

La guerrilla los desplazó de la finca que tenían. “Esos son eventos que no se nos pueden olvidar, cuando uno está en su lugar, que con sacrificio nuestros padres han logrado”.

Eran los años noventa y la situación de orden público en Bolívar y Sucre era crítica. “Ver que uno pierde todo es duro: cambia la vida, cambia la familia. Mi padre le tocó irse para Venezuela, duró casi dos años por allá”, recuerda. En la zona dominaban los frentes 35 y 37 de las Farc, también estaba el Eln y Erp.

Enrique se queja de lo poco incluyentes que son Soledad y Barranquilla con la situación de los discapacitados.

Las guerrillas habían generalizado el secuestro. Bombas en fincas, quemas de peajes, saboteos, pescas milagrosas. Como documenta el portal Verdadabierta.com, la entrada del paramilitarismo solo recrudeció el conflicto, ya que los ataques insurgentes aumentaban. Era el reino del miedo y el terror.

Para la gente humilde, “de pueblo”, como él, había dos opciones: insurgencia o fuerza pública. “Yo opto por ingresar a la fuerza pública porque estaba vulnerado, no había garantías para mi vida. Era un forma para mí de sobrevivir a este conflicto”, confiesa este hombre recio de mirada que, por momentos, cuando lo ataca algún recuerdo, se torna triste. 

Enrique ingresó a la Escuela de Formación de la Infantería de Marina de Coveñas, Sucre, a mediados de los 90. Como militar se convirtió en enemigo directo de la guerrilla.

“Era casi imposible volver a mi casa, porque era una zona difícil dominaba por las Farc”.  Siguió su vida como infante de marina en un periplo de sangre y fuego por el sur de Colombia, en donde conoció otra realidad.

“Se daban bajas porque la guerra se da de esa forma: aniquilar alguno de los dos bandos. Y sí, pérdida de hombres de la fuerza pública. Pérdida de los civiles. Y es lo que ha generado bastante dolor”, dice y baja la mirada, para encontrarse con su propia pérdida. No evita el tema pero le es difícil entrar en detalles.

“Lo que yo pude vivir...”, interrumpe la frase, silencio, respira profundo,“... marca mucho la vida, de todo el pueblo”.

Su función principal era como contraguerrilla, en la primera linea de batalla. “Los enfrentamientos era el pan nuestro de cada día”. Luego de estar en la zona andina y amazónica pidió su traslado al Caribe. “Por ver la situación tan dura por allá, y tan lejos de la familia, decidí pedir traslado a una unidad más cercana a mi tierra”, recuerda. Se lo concedieron. Entonces, al menos, pasó a ponerle el pecho a la guerra en su propia región. Llegó al batallón de Contraguerrilla Número Uno de Corozal.

Tras 10 años de cargar fusiles, hoy Enrique usa sus manos para mover su silla de ruedas.

Campo minado.  El 14 de enero de 2007 en zona rural de San Jacinto, Bolívar, la unidad de cazacabecillas en la que estaba Enrique fue emboscada por la guerrilla.

Fuego. Gritos. Confusión. Explosión. Un parpadeo y ya estaba sin sus extremidades inferiores.

De repente se convirtió en una de las 10.812 víctimas de minas antipersona que se registran en Colombia entre 1990 y 2014, según cifras del Programa Presidencial para la Acción Integral contra Minas Antipersonal.

Los enfrentamientos seguían mientras esperaba que un helicóptero lo sacara de la zona. “Se presentó la oportunidad. Fue algo heroico porque no se contaba con el suficiente pie de fuerza para lograr la evacuación”, rememora.

Comenzó su recuperación en el Hospital Naval de Cartagena. Luego pasó al Hospital Militar de Bogotá, donde permaneció un año.

Vinieron momentos duros, agridulces. Perdió el apoyo de su primera esposa. Pero conoció a su actual compañera en el pabellón de heridos en combate. Nevis Cabarcas, una cartagenera de 34 años, visitaba a su cuñado. Enrique la conquistó con su sombrero vueltiao. 

El perdón y la verdad. ¿Qué pasa si tiene al frente a quien sembró la mina?, la pregunta, inevitable en la actual coyuntura, cae de sopetón.

“Hoy con certeza le digo que si tuviera al frente a la persona que me causó mi discapacidad yo lo perdonara. Porque es que yo también, de la otra parte empuñando las armas, puede haber causado daño a mi enemigo”. Adivinando de pronto el curso que tomará la conversación, agrega, “pero para que exista perdón se tienen que empezar aclarar cosas que están ocultas”. Sus palabras encarnan una convicción: hay que exorcizar al demonio de la guerra a punta de verdades.

Y remata, queriendo poner un punto final al tema del conflicto,“la paz en Colombia no se va a lograr a punta de plomo. Ni doblegando a las personas. La paz se logra cuando empiece haber igualdad, cuando se empiecen escuchar a las minorías”. Su hija, la pequeña Ernedis, se le sienta en las piernas. Él la besa; ella le sonríe. La vida sigue.
 

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