El Heraldo
El padre Dagoberto, en el altar mayor, comienza el ritual católico en la catedral. Jesús Rico
Barranquilla

Después de carnaval, feligreses se ponen la ceniza

Sacerdote de la catedral manifiesta que aunque pocas, asistieron más personas que el año pasado.

Antes de que el reloj dé las 7 de la mañana, María Consuegra llega a la catedral María Reina “para sacar las malas energías” que, asegura, le quedan después del desorden de los cuatro días de Carnaval.

La secretaria ejecutiva de 29 años sabe que al ponerse la cruz de ceniza en la frente, símbolo del inicio de la Cuaresma, no se borran inmediatamente sus “pecados” de las fiestas, sino que debe tener una reflexión interna y por eso madruga, para “expiar las culpas”.

“Nadie me quita lo bailao, pero ahora toca componerse y expulsar los demonios”, dice Consuegra sonriendo, sentada en una de las bancas cercanas a la salida de la carrera 46.

La catedral está inusualmente tranquila, con un silencio parecido al que queda en la playa luego de que ha cesado una tormenta. Apenas 10 horas atrás llegaban de la Plaza de la Paz los sonidos de tambores, maracas y flautas de millo que acompañaban las interpretaciones de las danzas de relación y especiales.

Ahora solo quedan el sonido de los carros y la voz del sacerdote Dagoberto Rhenals que irrumpe con el comienzo de la Eucaristía. Francisco Gutiérrez, cuatro bancas más atrás de Consuegra, se pone de pie. “Ya yo vengo santificado”, afirma el abogado de 42 años, pero agrega que “por obligación”.

Al jurista le gusta sentarse delante, pero cuenta que se ubicó en un puesto al final porque llegó retrasado al estar haciéndose unos exámenes de sangre, precisamente el motivo de haber estado ‘santificado’ en carnaval.

“El domingo suspendí el desorden para que en la prueba no fuera a salir algo raro”, indica con rostro serio que cambia al instante cuando añade picando un ojo y susurrando que eso no impidió que asistiera a los eventos de Carnaval.

El párroco alza el cáliz con vino al cielo y lo bendice. Desde la puerta principal camina hacia el altar un hombre con paso apresurado para ubicarse en la fila para tomar la hostia. Toma la eucaristía y regresa a la entrada. Stiven Ricaurte relata que el motivo de su prisa es que debe regresar a trabajar pronto “para cubrir las deudas que dejan las fiestas”.

Al frente de las escaleras tiene parqueada una motocicleta, su medio de sustento. Desde la entrada la vigila de reojo. Al final de la misa el sacerdote impone la cruz a sus ayudantes, quienes a su vez se ubican en hilera para ponérsela a los feligreses.

En el segundo puesto va Adalberto Álvarez, un pensionado quien señala que llevar la cruz en la frente implica un cambio de malos sentimientos que no dejan vivir como rabia, sufrimiento y envidia, para pasar al amor, la paz y la tranquilidad.

Sobre su participación en carnaval, el hombre de 64 años asegura que fue poco porque ya no se siente en edad para ese “desorden”, por eso prefiere “preocuparse más por poner las cosas en orden” y preparar su espíritu.

Al final del servicio religioso los parroquianos van saliendo. En una banca están sentados dos hombres esperando su turno en el confesionario. Cuentan que tienen un mes de haber llegado a la ciudad, provenientes de Guatemala.

Uno de ellos tiene un marcado acento paisa. Su nombre es Juan Osorio y es administrador de empresas. Asegura que se pone la cruz porque es parte de su tradición familiar y una forma de aceptar la “cruz que Cristo cargó por los hombres para perdonar los pecados”.

Aunque estuvo en los eventos de Carnaval, señala que no tiene culpas que expiar por disfrutar de las fiestas. “Actos como maltratar o dañar al prójimo son los que deben ser perdonados”, asevera el antioqueño de 44 años.

Su compañero se levanta, entra al confesionario y regresa después de unos breves minutos. Al igual que Osorio, es administrador de empresas pero de origen guatemalteco. Considera que el carnaval es muy colorido, alegre, caribeño y hace énfasis en la palabra “parrandero”. Expresa que imponerse la cruz es una costumbre muy fuerte en su país y que pese a que no cometió ningún pecado grave, “siempre es bueno descargar el corazón”.

Poco a poco los feligreses van abandonando la catedral. Solo va quedando el sacerdote Rhenals. 2016 es su segundo año como párroco de la catedral y asegura que le alegra que más personas hayan asistido este año, aunque considera que siguen siendo pocas.

El religioso de 41 años dice que el carnaval no es bueno ni malo, sino que es un tiempo pasajero de gozo terrenal.

“Hay diferentes tipos personas: están los que viven el carnaval equivocadamente, esos no vienen el miércoles de ceniza ni otro día porque se la pasan pensando en la fiesta siguiente; y están los que disfrutan sanamente sabiendo lo importante que es el goce espiritual”, explica Rhenals.

Hecha de palmas

En la liturgia católica se emplea la ceniza al principio de la Cuaresma. El misal romano prescribe que esta ceniza se obtenga quemando los ramos bendecidos el año anterior el Domingo de Ramos y que, con este fin, los sacerdotes debieron guardar cuidadosamente. El día que se va a imponer son rociados con agua bendita y aromatizados con incienso.

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