La fotografía se repitió en los periódicos e informativos de un lado a otro del globo. Aylan, un niño sirio de tres años, yacía boca abajo mientras las olas impactaban contra su cuerpo. Era una víctima mortal de la migración forzosa que empuja a miles de refugiados y migrantes hacia Europa en embarcaciones precarias. Cruzan el mar de este modo porque no tienen otra forma de llegar de manera segura, como han denunciado ellos mismos y las organizaciones humanitarias. Pasada la pesadilla de la travesía, los pequeños que consiguen llegar lo hacen a una Europa que les recibe con nuevas vallas y un trato diferente según sea el color de su pasaporte. 'En Europa vigilamos que los niños se pongan el cinturón, que entren a ver ciertas películas al cine con una edad adecuada, hasta que las mochilas del colegio no pesen más de lo adecuado. Esa visión de la infancia no se aplica en el caso de los niños refugiados', recuerda David del Campo, director de Cooperación Internacional de Save The Children. Allí siguen conviviendo actualmente menores privados de libertad, a la espera de que se les deporte a Turquía en virtud del acuerdo entre el país euroasiático y la UE. El pacto, duramente criticado por multitud de organizaciones humanitarias y la propia ONU, dio el portazo definitivo a la ruta más transitada hasta el momento (Turquía-Grecia) y dejó paso a la única alternativa viable: el camino de Libia a Italia.