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Historia íntima de los inicios de Cuadrado

El nuevo jugador del Chelsea pasó por el Torneo Asefal en el año 2000. Varios clubes lo rechazaron porque era “muy chiquito y flaquito”.

En el Torneo Asefal del año 2000, uno de los equipos invitados, el Manchester de Urabá, había sido adoptado, no solo por los familiares de los niños participantes, como se acostumbra, sino por todo el pueblo de Baranoa, con el alcalde (Wilson Durán) a la cabeza, quien, seducido por las piruetas de un aprendiz de mago, conocido como ‘Neco’, decidió acoger a varios de los niños en su propia casa.

Aunque perdieron por penaltis la final ante Asosucre, el público pudo disfrutar de esa figurita que asombraba a todos. Meses después, Nelson Gallego, director de  divisiones menores del Deportivo Cali, vino a Barranquilla a una veeduría de futbolistas y entonces convencimos al entrenador Denison Rivas para que trajera a aquel chiquillo desde Necoclí, Urabá.

A Gallego le pareció una locura haber hecho venir a ese bebecito tan escuálido y frágil en un viaje tan azaroso. Pero pudo verlo trazando en la cancha un par de atrevidas gambetas que lo hicieron divertir, y ya se sabe que a este entrenador le gustan esos jugadores geniales.

Volvimos a ver a Juan Guillermo Cuadrado en abril del 2001, en el torneo Nacional de Escuelas en Sincelejo. Allí ocurrió una exageración: no sólo se llevó el trofeo de goleador, sino también el de mejor jugador del certamen, cosa que no es usual en este tipo de eventos, entregarle dos trofeos al mismo jugador; pero después de una fuerte deliberación, la comisión técnica estuvo de acuerdo por unanimidad.

Corrí enseguida a llamar a Nelson Gallego: “Profe, usted no se imagina: acabamos de ver acá en Sincelejo una demostración de lo que es un crack, ese pelaíto es como brasilero”.

En octubre de ese mismo año, se jugaba en Cali la Copa Afisa, organizada por el Deportivo Cali. El club Estrellas 2000 de Urabá llevó a ‘Neco’ Cuadrado como refuerzo. Pero no se regresó con el equipo a Urabá, sino que decidió quedarse unos días en la casa de Nelson Gallego, que andaba fascinado con él. Cuando debía marcharse armó un drama llorando y amarrándose a los muebles. Decía que no se quería ir. Finalmente lo dejaron para ver si se adaptaba.

Pero en el fútbol, a veces un crack como este no llega en el momento preciso porque su realidad personal conspira contra sus sueños. En clubes de altas expectativas y estándares de exigencias con los jóvenes que llegan de otras ciudades, como el Deportivo Cali, por ejemplo, puede ocurrir: le pasó a Messi (nada menos) que anduvo deambulando por varios clubes argentinos tratando de encontrar alguno que apostara por él, hasta que aterrizó en el Barcelona de España, que estuvo dispuesto a pagar aquel costoso tratamiento que lo llevaría a ser lo que es. Y el caso de Yordi Alba, quien, tras siete años en las menores del equipo catalán, fue desechado, pero, años después, tras sobresalir en el Valencia (y en la selección española) el Barza tuvo que pagar una jugosa suma para ficharlo de vuelta.

Gallego, su tutor. Con Juan Guillermo pasó algo similar: En ese momento, por su escuálida figura, por su comportamiento alocado e irreverente, por la serie de falencias y limitaciones que cargaba a cuestas, él no necesitaba un club que le exigiera rendimiento; necesitaba un papá, un tutor que terminara de criarlo y pulirlo, y le ayudara a sacar el genio de su lámpara maravillosa. Bien lo supo Nelson Gallego.

Y justo ocurre que tres meses después este entrenador sale del Deportivo Cali y decide embarcarse en una colosal empresa: le pidió a la mamá de Juan Guillermo, Marcela Bello, que se lo dejara para hacerle el trabajo que correspondía. El padre había fallecido de manera violenta cuando él tenía apenas 4 años.

Y allí se articula todo: prácticamente gran parte de lo que es hoy Cuadrado se lo debe a este maestro que le apuntó a un incierto baloto, y tuvo la suerte de ganárselo.

Después vino el mamita mía: vitaminas, comida, creatina, entrenamientos, (“¡péguele así, incline el cuerpo, saque el brazo!”) regaños, luchas, enseñanza de modales (“¡uf, pero no te metás el dedo en la nariz, ‘home’!”), la insistencia de que terminara el bachillerato y… paciencia, serenidad y paciencia, mi pequeño Solín, mucha paciencia.

La señora Elizabeth García, esposa de Nelson, prefiere no acordarse. “ Uhiisss,  ¡Es que este muchachito!...”.

Pero ya no había marcha atrás. Cuadrado se lanzaría a un periplo de cuatro años a bordo de sí mismo, con el apoyo de su tutor; entrenando, sólo entrenando, aprendiendo, nunca jugando oficialmente. Donde fuera Gallego, ahí estaba el aprendiz de mago. Tres meses en Bello (de la B), cuatro meses en el Bucaramanga, una temporada en la ciudad de Medellín. Allí lo prestaron a un equipo aficionado, pero no lo ponían a jugar porque era muy “chiquito y flaquito” y terminaba más aburrido que un emo con el pelo crespo.

Gallego dice, contundente: “Los entrenadores están acabando con el fútbol, porque sólo quieren ganar para mostrarse ellos.  Lo importante es enseñarles a jugar a los muchachos y una vez que sepan jugar ganarán con facilidad”. De modo que esa es la ecuación…

Después entrenó fugazmente en Atlético Nacional, y, por la norma sub-19, jugó pedazos de partidos en el Rionegro. Al final, Gallego hace una alianza con unos empresarios y montan un club propio: el Atlético Urabá. Y allí explotó toda su magia: 24 goles en 3 meses. Lo llevaron a Argentina; probó en el club Tiro federal, que estuvo seriamente interesado, pero no hubo acuerdo. Luego un par de semanas en Lanús y en Boca Junior. “En este último club lo desestimaron porque ya iba a cumplir 19 años y les parecía muy “viejo” para aceptarlo en divisiones menores”, cuenta Gallego.

“Después estaban ofreciendo una millonada cuando se destacó en Copa Libertadores”. Por fortuna, en su momento, también lo vio el presidente del Udinese y cantó ¡bingo! con el codiciado número 26 del rojo.

En el Dim la rompió. Pero vendrían momentos dulces. Llegó al Independiente Medellín con sus polvillos mágicos ocultos en sus rizos, en enero de 2008, y ya en marzo era titular y figura. Su técnico, Juan José Peláez, por una necesidad, lo puso a debutar como lateral derecho contra Boyacá Chicó y se gastó un golazo. Después lo ensayaron en varias posiciones: sabía quitar y pasar con prestancia, le pegaba al balón como un fierro, centraba de maravillas y siempre con esa capacidad para ganar en los duelos, pero con una cuota de irreverencia imposible: era él quien invitaba a los defensas contrarios para enfrentarlos.

Fue delicia para la gente en la tribuna y floreció la leyenda de ‘Juanito el del potrero’. Dicen que fue Santi Martínez el del invento. La hinchada llenaba complacida el estadio sólo para rabiar de risa por todas las pilatunas que se ingeniaba. Porque era como ir a un partido de playa, de solteros contra casados, el reencuentro del barrio pleno en una fabulosa cantina y lo que importaba entonces era el juego puro, la diversión, el arte y la magia, el espectáculo por fin, ¡bienvenidos al verdadero gran circo, señores!...

No obstante lo que ha mostrado en la Selección Colombia, en Medellín, Udinese, Lecce y Fiorentina, una premonición me invade con frecuencia cuando veo jugar a este Harry Potter del fútbol (y me muero de risa): que todavía los colombianos no hemos visto la verdadera dimensión de Juan Guillermo Cuadrado. Palabra que no.

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