El Heraldo
Camila Sosa Villada. Alejandro Guyot
Cultura

“La violencia y el amor nacen del mismo vientre”: Camila Sosa Villada

La escritora y actriz argentina es la primera mujer trans en ganar el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

La casona donde viven las travestis de Las malas está hecha “del rosa más travesti del mundo”. Su dueña, La Tía Encarna, tiene 178 años porque un año en la vida de las travestis “equivale a siete años humanos”. Allí, con su animalidad expuesta y sus cientos de años reunidos, llegan todas en manada para cumplir con sus rituales de bautizo, esconderse del peligro que las circunda en sus recorridos nocturnos como prostitutas, ser testigos del amor y de las heridas individuales que las hace polinizarse unas con otras. “Las putas travestis son tan necesarias como los árboles”, dice la narradora.

Camila Sosa Villada (1982) escribió Las malas (Planeta) entre 2017 y 2018, casi diez años después de trabajar como prostituta en el Parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba, Argentina. En 2009 estrenó su primer espectáculo unipersonal, Carnes Tolendas, retrato escénico de una travesti, que le permitió dejar las calles y hacerse actriz. La escritura la había acompañado desde niña, cuando aprendió a escribir y era llamada Cristian. De la conversión de Cristian a Camila “por pura necesidad” nos habla en su libro, que contiene tanto la crónica de su infancia atravesada por la violencia paterna y la precariedad económica, como el hechizante encuentro con la calle, el parque, los clientes y aquella casona rosa llena de milagros, ángeles travestis y lobizonas.

Con EL HERALDO habló sobre su libro, uno de los más leídos en Argentina en el 2019, que ha repercutido en todo el continente y ha sido traducido al francés, noruego, alemán y croata. Por él recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2020. La escritora cordobesa también es autora del poemario La novia de Sandro, reeditado en septiembre pasado por Planeta.

P.

En el discurso por el Premio Sor Juana, usted dijo que “la venganza de las travestis” se inaugura “a través de la palabra”. ¿Cómo, en su caso, se gestó esa “venganza” a partir del lenguaje?

R.

También digo quién me lo dijo: Susy Shock, una travesti muy querida por mí, cantante y poeta. No puedo hacerme cargo de la idea de una venganza, pero sí de una restitución como sujetos culturales, como hacedoras de lenguaje y de cultura. Comienza a pasar, de repente, que somos varias travestis haciendo poesía, relatando por escrito nuestras experiencias, las cosas que hemos visto, los oprobios recibidos. Algo así como el blues, o el jazz también, que dejaron los negros que habían estado en contacto con la esclavitud. Como si hiciéramos pasar algo de ese pasado al futuro, algo resignificado y masticado, algo embellecido y que merece ser dejado para las que vienen, para las que están naciendo.

P.

Juan Forn dice que Las malas es “una crónica distinta de todas, que viene a polinizar la literatura”. ¿Cómo asume que su libro se esté leyendo en tantos países como esa ‘rara avis’ que nadie esperaba, pero era tan necesario que se escribiera?

R.

Yo voy a ser sincera contigo. Para mí el valor de ser traducida se manifiesta a través del dinero. A mí me gusta mucho vivir con dinero, cómo no, poder comer lo que me gusta, ir al cine, no estar pensando cómo voy a pagar el alquiler o cómo voy a comprar mis hormonas este mes. Todo eso que pasa con Las Malas aquí llega en forma de dinero. Los halagos, lo que pueda moverse en el corazón de quien lee el libro es una experiencia de ellos. No es mía. Mi experiencia íntima y solitaria fue al escribirlo. Ahí sí había un sinfín de sentimientos asumidos: atravesaba una separación, de modo que el libro fue mi compañía.

P.

En Las malas hay dos fuerzas, por así decirlo, que acompañan al lector: la violencia y el amor. ¿Por qué decidió remarcar esto con tanta intensidad?

R.

Bueno… la violencia y el amor parecen nacer del mismo vientre. Para mí la experiencia de estar viva es violenta y amorosa, una va por la vida dando tumbos y a veces recibe una caricia, a veces ponen mertiolate en las heridas que nos hace el mundo, de modo que el amor se conoce porque viene a curar algo hecho antes por la violencia. Eso es lo natural para mí. Algo de todos los días. Tal vez los lectores encuentren algo inesperado en eso que para mí fue el pan de todos los días. Por supuesto, no hubo ninguna decisión en la escritura de Las malas, ninguna especulación, escribí lo que me salió, como escribo desde hace tantos años. Me orientó el editor, pero siempre fue una escritura ciega, una escritura instintiva.

P.

¿Y cómo encontrar poesía en ello?

R.

La poesía viene adherida a todas las cosas. Pero sólo son capaces de nombrarla quienes miran distinto. Tal vez eso sea el lenguaje de la poesía, saber mirar lo que otros no miran. Eso suscita el asombro en quien lee.

P.

La relación con el padre y la madre atraviesa el libro: “El padre enseña el arte de la crueldad, la madre enseña el arte de la manipulación”. ¿Ha cambiado en algo esa relación a partir de este libro?

R.

¿Me preguntas por la relación con mis padres? Como todas las relaciones evoluciona, retrocede, cambia, para mejor a veces, para peor otras. Tal vez lo que hizo que cambiara es mi manera de estar en el mundo, renunciando a ser parte de esa familia. Cuando vieron que me iba no les quedó otra cosa por hacer que comenzar a replantearse quién era para ellos. Pero no fue a partir de Las malas, fue a partir de mi renuncia.

P.

¿Cómo sigue marcando el miedo la vida de las travestis?

R.

Si existiera la posibilidad de unificarnos no sería a través de un miedo. El miedo total, que es el miedo a morir o el miedo a ser asesinadas, es un miedo universal, que experimentamos todos. A mí, particularmente, el único miedo que me rige es el miedo a la miseria. A la decrepitud, a la pobreza.

Cubierta de ‘Las malas’, publicado por Planeta.
P.

La otra cara del miedo es el odio, por el que se ve como una amenaza la fiesta travesti, la hermandad, el cuidado mutuo, el afecto…

R.

El odio es odio y el miedo es miedo. Decir que es el miedo el que provoca el odio es ser demasiado buena con una yunta de violentos y asesinos que odian a las travestis. Lo de la fiesta travesti, por otro lado, es algo que dice Juan Forn en el prólogo y que nunca entenderé. Tal vez inspirado por las declaraciones de una de los personajes que grita: ¡Ser travesti es una fiesta! Pero es un conocimiento que solo las travestis experimentamos, que tiene que ver con ser quien una es contra viento y marea. O al menos es como yo lo viví.

P.

En el libro se compara a los travestis con árboles y con frecuencia se alude al mundo animal y al vegetal, lleno de una voluntad de vida propia que el ser humano busca constantemente arrasar. ¿Cómo combatir ese arrasamiento?

R.

Se habla de las travestis en femenino. ¿Qué es eso de la gente estudiada y culta, con trabajos que tienen que ver con la palabra, hablando tan mal? Hablar de las travestis en masculino es negar la identidad de las travestis. Cómo se combate ese arrasamiento, pues así, hablando, como se combaten casi todas las cosas malas de este mundo. Hablando, explicando, escribiendo libros, de uno en uno, con cada persona que comete esa aberración de nombrar a las travestis con pronombres masculinos.

P.

Usted ha escrito libros y obras teatrales, actuado en películas y series de TV. ¿Qué encuentra de fascinante en ellos?

R.

No sé si sea una fascinación. Es como me toca vivir y hacer lenguaje. El propósito siempre es la intimidad, la sensación de deshacerse del mundo que es bien grosero y chato, para pasar a asuntos más importantes que tienen que ver con la palabra, con lo que provocan las palabras en una y en los otros.

P.

En ‘El viaje inútil: trans / escritura’ reflexiona acerca de su preferencia de “lo dicho” con respecto a “lo escrito”. ¿Qué tiene el lenguaje oral de importante en su escritura?

R.

Vengo de una familia donde la escritura no era algo común, la lectura menos. Sin embargo, la circulación de las anécdotas, de las recetas, de las leyendas de nuestros antepasados, nunca se detuvo. Se oían las conversaciones, se hablaba, se cocinaba con todas las tías, las tía abuelas, las primas, las hermanas y ese modo de escribir en el aire iba prendiendo en mí. Aprendí a escribir oyéndolas y sabiendo que la escritura no tiene por qué ser una estilización de ese primer contacto con el lenguaje que es oral.

P.

Un poema suyo dice: “Todos los días, al despuntar el alba, / En la superficie de la tierra, / Mueren las travestis anónimas, / O mejor dicho, innominadas”. ¿Puede la escritura atacar el vacío que deja lo no nombrado?

R.

Un vacío no se ataca ni se llena. Es otro trabajo. La memoria es inspiración. Una se inspira en los recuerdos, en lo que está archivado como recuerdo. La escritura es escritura, sana algunas infecciones de estas sociedades, de esta civilización, en la medida en que aporta belleza al mundo. La memoria es belleza también. Pero de ningún modo se puede pedir a un libro que nombre todo aquello que no es nombrado. Eso es harina de otro costal. Para eso se les exige a los estados que dejen de matarnos, que dejen de procurar nuestra muerte con cada gesto. Pero la escritura no tiene el deber de atacar nada. Tal vez sí de echar sal en las heridas, pero eso es vital en todas las artes.

P.

Por último, ¿cómo se ha sentido con la pandemia?

R.

Estupendamente. Mi vida es un largo confinamiento. Me gusta estar en mi casa y soy bastante arisca a las aglomeraciones de gente y al contacto con desconocidos. De modo que me vino muy bien porque tengo razones nobles para ser antisocial.

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