El Heraldo
Guillermo Henríquez nació en Ciénaga en 1940.
Cortesía Luisa Fernanda Ramírez Juvinao y Archivo Particular
Cultura

Guillermo Henríquez Torres, el narrador polémico de Ciénaga

El pasado 30 de enero falleció el investigador, historiador y dramaturgo que polemizó sobre el vallenato y del contexto de la obra de García Márquez.

Quienes lo conocieron dicen que para Guillermo Henríquez Torres el paraíso terrenal quedaba en Ciénaga.

Nacido el 10 de julio de 1940 en este municipio del departamento del Magdalena, el dramaturgo, actor, historiador y narrador solía vincular todo lo que veía y admiraba con su tierra de origen. Esto le valió discusiones con temas tan sonados en la región como el vallenato o la obra de Gabriel García Márquez.

Su familia perteneció a la aristocracia criolla del norte del Magdalena. Los cienagueros Félix Henríquez y Helena Torres, sus padres, alcanzaron a beneficiarse de la bonanza bananera en el contexto de la United Fruit Company, que desangró a la región con la explotación del cultivo del banano y se marchó cuando la situación cambió. “Lo que valía millones en los años anteriores valió menos que una vaca en 1966”, escribió en uno de sus libros a propósito de la salida del país de la multinacional estadounidense.

Después de terminar el bachillerato en los años 60, Henríquez hizo estudios de sociología en la Universidad Nacional de Bogotá con Orlando Fals Borda y Camilo Torres. Posteriormente, se licenció en Teatro en la Escola D’ Art Dramatic Adriá Gua de Barcelona, donde estrenó su obra El cuadrado de Astromelias frente a un público que incluía a figuras como García Márquez y Carlos Fuentes.

Clinton Ramírez, escritor cienaguero, lo conoció y lo recuerda en el tiempo de su regreso de España. “Lo veía todas las tardes o por la mañana yendo al colegio San Juan del Córdoba, donde daba clases de teatro”. Era “un hombre joven, simpático, con bastante cabello, que usaba camisas chinas azules, pantalones crema y siempre tenía una gafas Ray-Ban”.

Ciénaga es el epicentro del vallenato. De ahí se derivó a otros lugares como Riohacha, Fonseca y Valledupar.

En su infancia, el padre de Guillermo lo encaminó al teatro. “Para que nos durmiéramos, papá se ponía una sábana y nos correteaba como fantasma o como vampiro”, contó en una entrevista de 1999 para el diario El Tiempo. Su hermana lo recordó entonces como alguien que disfrutaba montando obras y poniendo a actuar en ellas a sus primos y hermanos.

En la última década del siglo XX y la primera del XXI, Henríquez frecuentó y trabajó en Barranquilla en la biblioteca del Centro Cultural Confamiliar, donde dictaba conferencias y organizaba eventos. Su amiga Carmen Alvarado, quien fue bibliotecaria del recinto, cuenta que Guillermo “no salía de allá”, por eso le decía que “esa era su oficina”. A la vez, asistía a los eventos culturales, “no importa si fueran de teatro, literatura, música: iba a todo”.

Henríquez también estudió producción de televisión en Barranquilla, ciudad en la que vivió muchos años y murió el pasado 30 enero de un infarto. Por sus conocimientos del folclor y la región, trabajó para el Carnaval como evaluador de proyectos de los hacedores de la fiesta.

Después de su muerte, la Alcaldía de Ciénaga decretó tres días de duelo por tratarse de “una de las mentes más brillantes del Caribe y uno de los escritores más prolíficos de Ciénaga”.

Un investigador acucioso

El docente de la Universidad del Magdalena Edgar Rey Sinning dice que la dramaturgia de Henríquez, curiosamente la menos difundida, “era la más fuerte”. Pero quizás la más conocida tiene que ver con sus investigaciones en torno al proyecto literario de García Márquez: El misterio de los Buendía, Ramona Henríquez: el amor imposible de Gabriel García Márquez y Juicio a Gabo por un piano de cola.

La primera de esta trilogía, como dice el filólogo Ariel Castillo, “hace una ubicación contextual y aporta muchos datos para entender mejor Cien años de soledad; todo lo relacionado con el ambiente geográfico, histórico y cultural en el viejo Magdalena Grande”. Sobre la misma investigación Sinning comenta: “De pronto uno no esté de acuerdo totalmente con él, pero allí ofrece perfiles y elementos para pensar en los personajes de Cien años de soledad”.

Castillo también destaca en Henríquez “un acucioso investigador, que trabajó con las uñas y con mucho afecto por lo que hacía”.

Guillermo Henríquez junto a Ramón Illán Bacca y Jaime Correa. Cortesía Luisa Fernanda Ramírez Juvinao y Archivo Particular

Henríquez también publicó los libros Té para Elisa (Premio de Novela Ciudad de Barranquilla), Sin brujas ni espantos (cuentos) y Tres para una mesa (que la Universidad del Magdalena reeditará próximamente y en el que también participan el recientemente fallecido Ramón Illán Bacca y Clinton Ramírez).

Por esas y otras obras inéditas, Sinning desea “que sea muy leído, especialmente en Ciénaga”. Añade que “en la Costa tenemos un mal, de pronto en Colombia, que no nos gusta leer al que vive al lado. Hay que leerlo, eso es lo más importante en este momento”.

Polémica en torno al vallenato

“Estaba en contra, a contracorriente de los géneros literarios. Cuando algo no le sonaba lo manifestaba de manera pública. En muchas partes lo conocían y lo puyaban, como decimos nosotros, para que él saltara”, dice Clinton Ramírez.

El también sociólogo Edgar Rey Sinning lo explica así: “Era apasionado, defendía con vehemencia sus posturas, con una soberbia y fogosidad que él mismo reconocía. Escribía mucho con el corazón”.

Sinning participó con él el año pasado en un foro virtual sobre Guillermo de Jesús Buitrago y su aporte a la música popular colombiana. Allí también estuvieron Fausto Pérez y Carlos Vives. “Guillermo era el más polémico, le quitaba la voz a Carlos Vives y este se reía con él”.

En Valledupar logró escandalizar a sectores intelectuales por subrayar la influencia de Ciénaga en el vallenato. En el libro Cienagua: la música del otro Valle, publicado por La Iguana Ciega gracias a un premio nacional del Ministerio de Cultura, hace “una reinvindicación de la música antigua, ancestral, del norte del departamento del Magdalena, o Valle de Carbón, o Zona Bananera, comprendida desde Santa Marta hasta Sitio Nuevo. Ese es el valle de Cienagua”, explicó en 2015 el mismo autor.

En la Costa tenemos un mal: no nos gusta leer al que vive al lado. Hay que leer a Henríquez, es importante hacerlo ahora.

En su obra nombra una “injusticia”, que se “cometió” en esta zona del departamento. “Se quiso borrar de un plumazo la producción antigua del siglo XVIII, XIX y XX que se estaba gestando y que tuvo como centro a Ciénaga. De ahí fue que se derivó hacia otros lugares como Riohacha, Fonseca y Valledupar, para crear la música que después se llamó vallenata. En Valledupar y Bogotá personajes muy importantes desviaron la historia, la tergiversaron y crearon la idea de que esa música se originó en otras partes. Ciénaga es el epicentro”.

Ramírez ahonda en ese teoría: “Él dice que el vallenato no existe, sino distintos ritmos que se tocan en acordeón, que la denominación vallenato es más política o comercial, pero existen otras modalidades que ya se conocen: el sabanero, el que tocan en el bajo Magdalena, o las músicas de acordeón que tocan en Barranquilla”.

El paraíso

Rabiosamente provinciano, Henríquez quería ser recordado como “alguien que vivió en Ciénaga”. Este lugar significó para él la “fuente” de su vida y su obra. Así lo constatan sus libros y preocupaciones intelectuales.

Por otro lado, le gustaba viajar por el mundo, principalmente países de Europa, y entre sus autores de cabecera tenía referentes poco conocidos: “Edmundo de Amicis, el cine de Michael Curtis, George Cukor y Billy Wilder, director de Sunset Boulevard; y los escritores que siempre desearía estar leyendo son Giorgio Bassani, Elsa Morante y Robert Musil, pero también a la amada Carson McCullers”, dijo en una entrevista  a Annabell Manjarrés.

En Barcelona —volviendo a sus obsesiones— charlaba en almuerzos con García Márquez sobre la historia de los habitantes de Ciénaga y Santa Marta.

En Cien años de soledad creía ver una lectura “en clave” cuyas pistas lo llevaban de manera inevitable a su propia geografía y a su biografía. Cuando lee en la obra del nobel el fragmento “ese mar color de ceniza, espumoso y sucio”, se dice que “es sin duda el mar de la ensenada de Ciénaga”.

En una conferencia en la que también participaba Ariel Castillo, dijo: “¿Ustedes se acuerdan de un niño que tiene unos rizos de oro en Cien años de soledad? Ese soy yo”.

Muchos veían en eso un carácter “tierno” y a la vez “parroquial” y “vehemente”. También la justificación de por qué consideraba a Ciénaga —como tituló sus memorias inéditas— El sitio exacto del paraíso.

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