Derivada etimológicamente del germánico werra, que significa pelea o discordia, la palabra guerra alude al rompimiento de la paz entre dos o más naciones o entre poblaciones de una misma nación y, tristemente, ha marcado la historia de la humanidad dejando una senda de muerte y desolación a su paso. La guerra más antigua que se tiene documentada ocurrió cerca del 2700 a. C., entre la civilización sumeria y los elamitas, en la Mesopotamia. Sin embargo, se conocen pictografías de ejercicios de guerra del 3500 a. C., del reino de Kish. Estimaciones históricas definen que en los últimos 5000 años se han dado unas 15 000 guerras que habrían causado entre 3000 y 3500 millones de muertes.

Se suma una más a las once guerras regionales y conflictos civiles que, con decenas de miles de víctimas mortales, atropellan actualmente a la humanidad. La incertidumbre y el temor reinan en el mundo desde el inicio de la escalada de ataques mutuos entre Estados Unidos e Israel con Irán, desde la semana anterior.

Tras la muerte de su líder Alí Jamenei, Irán ha dejado clara su intención de no negociar y de mantenerse en guerra, así como EE. UU. e Israel han dejado saber su postura de no permitir que Irán siga avanzando en el desarrollo de armas nucleares.

El estado de guerra en Medio Oriente, indudablemente, sacude la estabilidad del orden mundial, de por sí alterado por los conflictos que se mantienen en otras naciones. El impacto a la economía es sumamente fuerte y con efectos globales, principalmente porque la zona es uno de los principales corredores de extracción y circulación de petróleo y de gas a nivel mundial. Así mismo, las pérdidas humanas ya superan las 1200, con casos inadmisibles como la muerte de 150 niñas en una escuela en el sur de Irán; así como los masivos desplazamientos poblacionales y los afectados sicológicamente.

La tragedia humanitaria que se desprende de estos enfrentamientos suele ser devastadora ya que implica el aumento de la violencia, la pobreza, el hambre, y la destrucción de infraestructura vital.

La guerra, como solución a los problemas, políticos y de convivencia, es el más grande desatino de la sociedad; sus consecuencias nos llevan al abismo de la deshumanización, la sed de venganza, los odios viscerales y el atropello del medioambiente, todas catastróficas y, generalmente, irreparables. Aunque, lamentablemente, no lo hemos aprendido y validado, el diálogo, la diplomacia, la tolerancia y el respeto por la vida tienen que ser privilegiados sobre cualquier acto de violencia guerrerista.

@Rector_Unisimon