En consulta psicológica se repite cada vez con más frecuencia un patrón que deja huella emocional profunda: personas, principalmente hombres, aunque también mujeres, que seducen, prometen, generan vínculo con una o varias parejas al mismo tiempo y, de pronto, desaparecen. Sin explicación. Sin cierre. Sin responsabilidad afectiva. A este fenómeno se le conoce como ghosting: volverse un fantasma después de haber creado expectativa emocional.
Lejos de ser una simple “mala costumbre moderna”, el ghosting es una conducta psicológicamente significativa y, en muchos casos, una forma sutil de maltrato emocional.
Quien practica ghosting suele mostrar rasgos claros: evasión del conflicto, baja tolerancia a la incomodidad emocional y dificultad para asumir consecuencias. Prefiere desaparecer antes que comunicar. Huye antes que responsabilizarse. Calla antes que ser honesto. Este silencio no es inocente: es una manera de evitar la culpa mientras deja al otro cargando con la confusión.
Desde una perspectiva clínica, hablamos de una combinación peligrosa: inmadurez emocional, déficit de habilidades comunicativas y, en algunos casos, rasgos manipulativos. Estas personas activan con facilidad el encanto y la conexión inicial, pero carecen de la estructura interna necesaria para sostener vínculos reales. Buscan validación o gratificación inmediata, pero se retiran cuando el otro empieza a implicarse.
Hay algo profundamente primitivo en esta conducta. Es una respuesta de huida: el sistema emocional entra en modo supervivencia frente a la responsabilidad afectiva. El ghoster no gestiona emociones; las esquiva. No dialoga; se esfuma. No enfrenta; se oculta.
El impacto en quien lo sufre es considerable. Aparecen ansiedad, rumiación, heridas de abandono, deterioro de la autoestima y preguntas sin respuesta: ¿qué hice mal?, ¿qué cambió?, ¿por qué desapareció? El cerebro busca cierre, pero el ghosting lo niega. Y esa ausencia de explicación puede ser más dolorosa que una ruptura directa.
También es importante decirlo con claridad: el ghosting revela pobreza emocional. Denota falta de empatía, bajo sentido ético del vínculo y una incapacidad para manejar conversaciones difíciles. Es una forma pasiva-agresiva de terminar relaciones y, al mismo tiempo, una manera cómoda de mantener múltiples opciones abiertas sin rendir cuentas.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, vale la pena nombrar estas violencias invisibles que no dejan moretones en la piel, pero sí cicatrices en la autoestima. El ghosting afecta mayoritariamente a mujeres y refleja modelos relacionales donde el hombre evade, manipula o se retira sin asumir impacto emocional.
Como psicoterapeuta, veo a diario sus consecuencias: mujeres que dudan de su valor, que revisan obsesivamente cada palabra dicha, que cargan culpas que no les pertenecen. Por eso es urgente hablar de esto. Amar o incluso retirarse, exige valentía, honestidad y respeto. Desaparecer sin explicación no es libertad: es inmadurez emocional.
Que este 8 de marzo no solo sea un tributo a la fortaleza femenina, sino también el derecho a relaciones claras, dignas y conscientes. Porque el amor sano no confunde, no manipula y no abandona en silencio. Y porque toda mujer merece vínculos donde la presencia sea real, la palabra sea honesta y el cierre, cuando sea necesario, sea humano.
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