En Colombia, la violencia ya no solo duele. Ha dejado de ser excepción para convertirse en rutina. Las noticias sobre muertes violentas, feminicidios y tragedias familiares aparecen casi a diario. También las que ocurren en las calles y carreteras del país, muchas veces derivadas del irrespeto a las normas más básicas de convivencia, o en los barrios donde la violencia adopta formas cotidianas. Las leemos, nos indignamos, comentamos… y seguimos, como si la frecuencia del dolor empezara, silenciosamente, a restarle gravedad.

No se trata solo de lo que está pasando, sino de cómo lo estamos sintiendo. Un país que convive todos los días con el dolor inevitablemente cambia. A veces se endurece, a veces se cansa, a veces se desconecta. No porque no le importe, sino porque no sabe cómo sostener emocionalmente lo que vive de manera repetida. Y cuando eso ocurre, el riesgo no es solo la indiferencia. Es algo más profundo: la normalización.

La repetición constante de la violencia no solo deja víctimas y familias que cargaran esa ausencia el resto de sus vidas. Y también va erosionando la sensibilidad colectiva. Lo que antes nos sacudía, hoy nos afecta por menos tiempo. Lo que antes generaba reflexión, hoy se diluye en la velocidad de la información.

Desde la psicología esto es claro: cuando el dolor se repite sin ser elaborado, el sistema emocional busca protegerse. A veces desconectando. Otras veces reaccionando con más rabia, más miedo o más desconfianza. En ambos casos, el resultado es el mismo: se pierde la capacidad de procesar conscientemente lo que está ocurriendo.

Y esto toma otra dimensión en un momento como el actual, a pocas semanas de una elección presidencial. Porque las sociedades no deciden solo con argumentos. También deciden desde lo que sienten. Y un país emocionalmente saturado, cansado o desconectado no elige de la misma manera que uno que logra pensar con claridad.

No es casual que aumenten los discursos radicales, las posturas rígidas o las decisiones impulsivas. Son, en muchos casos, expresiones de un fondo emocional no resuelto.

Seguimos analizando la violencia como un problema de seguridad, de justicia o de política pública. Y lo es. Pero hay otra dimensión que estamos dejando de lado: lo que esa violencia está haciendo con nosotros como sociedad.

Porque tal vez el problema no es solo la violencia que vivimos… sino la forma en que emocionalmente nos hemos acostumbrado a vivirla.

Y cuando un país se acostumbra al dolor, el riesgo no es que deje de sufrir… es que deje de responder.