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Crónica

“Los únicos culpables de la muerte de niños son los reclutadores”: víctima de reclutamiento forzado

Lorena Murcia, expresidenta de la Corporacion Rosa Blanca, cuenta cómo fue reclutada de niña por las Farc tras ser abusada por soldados y cómo también sufrió agresiones sexuales en la guerrilla.

Por: Tomás Betín @tombetri
Colombia

Lorena Murcia, expresidenta de la Corporacion Rosa Blanca, cuenta cómo fue reclutada de niña por las Farc tras ser abusada por soldados y cómo también sufrió agresiones sexuales en la guerrilla.

Lorena Murcia tenía 10 años y había perdido el conocimiento un 31 de diciembre en medio del abuso sexual atroz del que estaba siendo víctima por parte de varios uniformados del Ejército en zona rural de San Vicente del Caguán, Caquetá, a principios de los noventas.

“A los seis días de que me abusó el Ejército, la guerrilla me reclutó. Es uno de los acontecimientos más deshonrosos que uno puede tener como mujer, como niña, porque un abuso de militares donde no sabes cuántos te abusaron porque pierdes el conocimiento, y después de eso, al año, que lo abusen nuevamente a uno, obligado, porque además a mí me abusó un hombre obligado –alias Armando, de las Farc- por una comandante -alias Lapa-, que le dijo que si no lo hacía lo mataban. Es la frustración de no poder defenderse. Ahora creo que eso lo hacen ellos para que uno se vuelva cruel y desalmado con todo el mundo”, es el relato de Lorena que narra parte de una Colombia profunda, olvidada, siempre en guerra, donde los niños son violentados de mil maneras indecibles.

Lorena Murcia, hoy con 27 años, desmovilizada de las Farc tras escaparse luego de casi siete años en el monte, presidenta hasta hace seis meses de la Corporación Rosa Blanca -que reúne a 1.200 mujeres excombatientes y víctimas de violación por parte de la extinta guerrilla - le contó a EL HERALDO su historia trágica pero al mismo tiempo historia de una persona que sobrevive para denunciar.

El reclutamiento

Su infancia, antes de la tragedia de la guerra, nunca fue color de rosa: “Mi infancia era una infancia lamentable, porque no tenía lo que tienen los niños, no tenía escuelas, no había parques. Donde yo vivía era un caserío que solamente tenía una sola cuadra y una trocha donde habían otras casitas de tabla, y no puedo decir el nombre por seguridad, porque aún tengo familia por ahí”.

Sin embargo, no todo era tristeza, a pesar de lo poco que tenían: ayudaba a su familia, trabajaba, en el pueblo la reconocían como una niña alegre, que iba como todos a las fiestas de los niños. Su padre perteneció a la Unión Patriótica y después fue comandante de las Farc.

“Un 6 de enero me llevaron por la fuerza, estaba en la orilla de un río, me subieron a un camión donde iban 25 niños más de 9 a 13 años, y nos llevaron a un campamento donde duramos como tres días de viaje, uno en camión y el resto caminando. Que a uno se le acercaran los miembros de las Farc no era tan espantoso, porque ya uno estaba acostumbrado a vivir con ellos. Lo que ellos me dijeron era que íbamos a dar una vuelta, que me iban a mostrar unas cosas, y yo los conocía a todos, se mantenían en el pueblo, y mi papá era comandante y yo decía que nunca me iban a llevar porque mi papá nunca lo permitiría. Me subí tranquila, cuando vi los otros niños pensé que nos iban a dar algo, porque ellos les hacían fiesta a los niños, y ahora comprendo que lo que hacían era endulzar a los niños y comprarlos para poderlos llevar a la guerra”, dice.

Cuando llegaron al campamento del Frente del Yarí, al norte del Caquetá, fue cuando les dijeron que a partir de ese momento hacían parte de la guerrilla, y el recibimiento no pudo ser más brutal: Un niño de 11 años duró toda la noche llorando y pidiendo ver a su mamá. Al otro día lo fusilaron.

Lorena en una actividad en el Congreso.
Lorena en una actividad en el Congreso.

El adoctrinamiento

“La primera noche es la más dura, es dormir en el piso, con un plástico, donde está el miedo, el ruido de los animales, el miedo de escuchar cómo desmontan los fusiles. Nos levantábamos a las 4 de la mañana, nos llevaban con sudaderas, botas, buzo negro y nos daban un palo y nos ponían a armar un fusil de palo. Eso era todo el día. El trato no es humano, es cruel, peor que un animal, porque que te griten, te insulten, que no puedes llorar, que no puedes reír, que la vida de nosotros les pertenecía a ellos, que nos teníamos que olvidar de todo nuestro pasado, de nuestra familia, y esa tortura sicológica es lo peor que le pueden hacer a un niño. No tenías esperanza. Tocó madurar a la fuerza”, dice.

Murcia cree que las Farc, cuando reclutaba niños, sabía que tenía soldado por cinco o 10 años mínimo, por eso en los campamentos, asegura, el 60% son menores de edad: es un “material joven y fácil de moldear”, lo capacitan en explosivistas principalmente porque “si el niño muere no pierden mucho, porque no han matado mucho entrenamiento con él”, por eso también los mandan de avanzada.

Si se enfermaban los niños, los medicaba una enfermera de las Farc y, si no, esperaban a que se curara o muriera.

La comida era arepa y chocolate de desayuno y lentejas y arroz de almuerzo. Los castigos eran trabajos forzados o la muerte.

Y las labores de los menores en combate eran las de hostigar al Ejército, patrullar y correr no como forma de juego sino para salvar la vida de los bombarderos como los que el pasado 29 de agosto acabaron con la vida de ocho menores precisamente en El Caguán, en medio de un operativo contra alias Gildardo Cucho, uno de los lugartenientes de Gentil Duarte en las disidencias de las Farc.

“El trato no es humano, es cruel, peor que un animal”

Los abortos y abusos

“Una chica quedó embarazada, tenía como 15 años. Y ese episodio me persigue: ver cómo le abrieron su vientre y le sacaron su niño estando viva. Creo que esa fue la tortura más desastroza que he podido ver en toda mi vida. Los mataron a la madre y su bebé para que nosotros aprendiéramos que eso no se podía hacer: quedar embarazadas”, relata.

Por eso, desde el primer día que las niñas llegaban a la guerrilla les aplicaban una inyección para planificar. Los comandantes, cuenta Lorena, eran los primeros que abusaban de las niñas que llegaban a un campamento, “porque si una niña se enamoraba de un guerrillero, entonces ellos tenían que pedir permiso al comandante para poderse juntar y el comandante les decía ‘a partir de mañana pueden estar juntos pero hoy ella pasa primero por mí’”.

Además, cuando las menores y las mujeres se bañaban, “los comandantes se hacían en las lomas a ‘morbosear’ a las mujeres y a escoger cuál de todas estaba más buena para gozársela un ratico”.

La justicia

Murcia ha denunciado ante la Fiscalía, la JEP y el Senado los abusos de que fue víctima tanto por parte de las Farc como del Ejército.

Sin embargo, advierte que no confía en la justicia transicional, porque considera que fue diseñada para favorecer a “los violadores”.

“Para mí es desalentador saber que la JEP fue un organismo creado para favorecer a violadores y ahora indicar que las víctimas de abuso sexual tenemos que probar con nuestro cuerpo otra vez, someter a nuestro cuerpo a revisiones múltiples para que nos crean los abusos, porque como son los señores de las Farc aquí el que los denuncia se vuelve victimario”, critica.

No obstante, Lorena denunció a ambas caras de la moneda porque “ninguna violación de cualquier grupo puede quedar en la impunidad, hay que denunciarla y la justicia debe actuar a favor de las víctimas y no darles privilegios a los violadores”.

“Los reclutadores son los únicos culpables de las muertes de estos niños porque los usan de escudos humanos”

Las amenazas

Cuando se enteró de que la iban a ajusticiar en las Farc decidió escapar. Lorena señala que la misma comandante que hizo que la violaran, alias Lapa, presentó fotos de ella hablando con militares en medio de una misión de ‘investigación’ en Neiva, pues la guerrilla en algunas zonas era la única ley.

“Me escapé –hace 10 años- junto con mi hermano, me entregué al Ejército, y lamentablemente mi hermano no está vivo para contarlo porque lo asesinaron las Farc hace siete años”.

La enviaron entonces al Icbf, en 2009. Allí se reencontró con su mamá, quien también ha sufrido las locuras de la guerra. Los otros cinco hermanos mayores de Lorena siguen desaparecidos a manos de las Farc.

Después la llevaron a Cali para protegerla, terminó su proceso de rehabilitación, su terapia psicosocial, cursó su bachillerato y becada hizo una carrera técnica en Administración Financiera, le dieron trabajo en el Centro Don Bosco, durante dos años, y luego vino a Bogotá, en donde se integró a Rosa Blanca, de la que fue presidenta, pero de la que tuvo que renunciar hace seis meses, según la corporación, por amenazas.

“Desde que salimos no hemos tenido vida tranquila, no sabes lo que es caminar con miedo en la ciudad, de no sacar tus hijos —tiene dos, de siete y tres años— al parque porque los pueden secuestrar. Tengo seguridad aquí desde hace nueve meses, me tocó lucharla durante seis meses, porque las Farc me secuestraron un hijo que gracias a Dios pudimos rescatar con vida, nos tocó durar escondidos más de un año y ahora podemos seguir denunciando”, dice.

Ahora estudia Derecho y trabaja en una oficina, pero advierte que a las victimas les toca trabajar “contra el rechazo de las grandes industrias”, de las personas que no les “dan empleo por ser desmovilizados”.

Y cuando se enteró del bombardeo en El Caguán, que la semana pasada le costó el cargo al exministro de Defensa, Guillermo Botero, por no haber informado que habían caído en la acción militar ocho menores, pensó: “Lamento mucho la muerte de estos niños pero me parece muy injusto que culpen a las Fuerzas Militares por las muertes de estos niños, cuando no son los únicos que han muerto en la guerra. Los reclutadores son los únicos culpables de las muertes de estos niños porque los usan de escudos humanos. Ningún niño debe estar en la guerra sino en las escuelas”.

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