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Acercar la filosofía a la gente, cuando su funcionalidad es recientemente cuestionada –con el caso de la Universidad Complutense de Madrid que decidió eliminarla como facultad independiente–, no es tarea fácil. Pero mientras en España se discute su rentabilidad, Barranquilla le abre la puerta al estudio en un contexto político que exige repensar la sociedad colombiana.

En su reciente libro 'El mito de la filosofía', el rector de la Universidad del Norte, Jesús Ferro Bayona, expone una disciplina compleja en lo simple. En nueve ensayos y una entrevista abarca con un lenguaje preciso temas como el dolor, la muerte, el cuerpo y Dios; en un afán de promover la lectura de la filosofía como una forma de introspección individual, y de ratificar su defensa a la carrera que lo posicionó en el cargo que actualmente ostenta.

Precisamente, la obra es el reflejo del recorrido intelectual del autor, que desde las letras clásicas y modernas pasó a la filosofía antigua, moderna y contemporánea. Y en un análisis de sus estudios de Baudelaire, Sartre, Lévi-Strauss, Nabokov y otros pensadores y artistas, comienza esta entrevista con una sencilla aclaración: 'El filósofo es una persona que profundiza en los temas del sentido común. Es como un arqueólogo, excava en lo que para todo el mundo es evidente; pero no para decirle a la gente que está equivocada, sino para decirle que reflexione más'.

De hecho, dedica un capítulo a explicar por qué se debe asumir el asombro como una actitud filosófica que busca en la cotidianidad una reflexión sobre lo humano…

Sí. La filosofía, puesta en la red de comunicación, es eso que dices. Aprender con la gente y uno mismo a asombrarse de lo cotidiano. A sombrarse de que la gente pase hambre cuando hay tanta riqueza material en este mundo, o que se estén acabando los recursos naturales cuando hay tanta ciencia.

Por eso la filosofía siempre se va a mantener vigente…

La filosofía es una acción del mismo ser humano. Mientras exista el ser humano, siempre habrá un ser que se pregunta, que se cuestiona, que se maravilla y que se asombra. Pero también hay que tener en cuenta que la filosofía es histórica, no es eterna; depende de las circunstancias y contextos en los que se encuentre el ser humano. No hay verdades absolutas, ni eternas. Mantiene unas tradiciones, pero también cuestiona su propia tradición.

¿Cómo estudiarla?

Al profesor que es filósofo no le corresponde decirle a la gente qué debe hacer o pensar, porque eso contradice a la filosofía, que persigue una autonomía del pensamiento. Pero sí debe tener mucha pedagogía para acompañar a la gente a encontrar un camino para empezar a cuestionar. El filósofo no tiene la verdad, no es un poseedor ni propietario de la verdad; las verdades son muchas, cada uno debe descubrirlas, encontrarlas, esa es la base de la ciencia, entre otras cosas. Si todo estuviera descubierto, no habría ciencia. Pero se debe saber que lo descubierto no es la última palabra todavía.

¿Cómo acercarse, entonces, a temas simples desde la complejidad de la filosofía?

Si bien la filosofía se puede ir en complejidades que no son asequibles para todo el mundo, sí puede convertir su lenguaje en algo que la gente entienda (…) Para mí hay dos maneras. Una es retomando los grandes temas de la tradición filosófica. Y la otra, que no excluye la anterior pero que la complementa, es preguntarse uno mismo por qué suceden las cosas: por qué llueve tanto en el Caribe, por qué los niños son curiosos. La filosofía es pregunta, por eso desde el punto de vista más espontaneo está en todos nosotros.

Pero la gente no lo percibe así. Todo lo contrario, ve a la filosofía lejana a su entorno. ¿Cómo cambiar esa perspectiva?

Este libro es precisamente una de las respuestas a esa pregunta. Escribiendo los grandes temas de la filosofía de la manera más sencilla y asequible posible: cómo asombrarse ante lo cotidiano, por qué interesarse por los mitos, cómo ver la poesía. Hoy día la gente se cuestiona mucho, y la idea no es llevarla a textos complicados, sino volverlos cotidianos, cercanos a la gente.

¿Cuáles son las posibilidades que tiene el pensamiento filosófico en el contexto colombiano actual?

El mundo de los jóvenes –y de lo menos jóvenes– gira mucho en torno a lo digital y a las redes. Hay una universalización del conocimiento que está en todas partes, a nuestro alcance. Eso es lo que se llamaba en filosofía el universo del conocimiento. Entonces hay muchos temas para la filosofía: por qué nos gusta comunicarnos, qué encontramos en la comunicación, hay muchas cosas que decir en eso (…) Y en toda la problemática que estamos viviendo –con el proceso de paz en La Habana– hay también muchas inquietudes, esperanzas, preguntas: cuál será la sociedad después del conflicto actual, cómo la vamos a construir.

Yo creo que todos estamos de acuerdo en querer una sociedad pacífica, pero no basta solo con decirlo, cómo será, qué queremos en ella: ser felices, tener mejores ingresos, libertad, paz, todos son temas filosóficos. Kant tiene un libro bellísimo que se llama La paz perpetua, ya en ese entonces decía: 'ojalá encontráramos la forma en que los pueblos puedan vivir en paz'. Eso se puede aplicar en Colombia, pero nos corresponde aterrizarlo.

Mencionaba al final de la obra que los mitos no se acaban con los hombres primitivos, hay muchos que siguen vigentes. ¿Qué mito tiene la filosofía?

La filosofía al comienzo fue una crítica a los mitos, fue decir: vamos a meter más racionalidad a la vida, al pensar. Y es cierto, hay que ponerle más razón al pensar, pero no olvidemos que el hombre no solo es un ser racional, sino de sentimientos y pasiones. Mira el fútbol hoy, es un gran mito, un montón de gente en torno a una narrativa sencilla: unas personas peleándose un balón. Hay mitos en los que la filosofía debería trabajar más, para que la gente piense en ello y se dé cuenta de que no hemos salido todavía de las mitologías y las seguiremos teniendo. La filosofía misma es un mito, pero que tiene respiración, que puede explicarse, que puede encontrar razones.