El Heraldo
El escritor Orlando Araújo Fontalvo, que vive en Barranquilla, es doctor en Literatura y maestro en Literatura Hispanoamericana.
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Sociedad

Orlando Araújo: en las fronteras de lo fantástico

En ‘El diablo de Guanabara’ su autor recoge el espíritu de lo irreal que dio origen a la literatura en Hispanoamérica desde las crónicas de Indias.

Por Consuelo Triviño Anzola

Sabemos que los orígenes del cuento se remontan al mito, a la vocación de los pueblos de narrar hechos prodigiosos que estremecen o asombran. Sin embargo, la oralidad de las primeras narraciones, que nos llegan de un pasado remoto, es constitutiva, para Enrique Anderson Imbert, de las llamadas formas simples, que él diferencia de las “letras escritas” y que descarta cuando se ocupa del cuento como género literario. Pero el sortilegio de los comienzos de aquellos cuentos que nos arrullaron, desde el “Érase una vez”, despierta en nosotros el efecto mágico de todo cuento memorable. Hay comienzos que en dos líneas crean una atmósfera de misterio, como ciertas piezas de Kipling a las que no podríamos sustraernos. 

Algunos relatos de nuestra tradición fueron considerados por los lectores europeos “poemas sueño”. En ellos es evidente la vocación hacia la magia y la naturalidad con que se asume lo fantástico en las culturas americanas. Además, la percepción de lo fantástico o de lo insólito, la mirada del otro, se instala entre nosotros para dar cuenta del paisaje recién descubierto, o para explicarle al extraño aquello que su horizonte mental no abarca ni llega a comprender. Pensemos en Alejo Carpentier describiendo una ceiba para los europeos. Recordemos su propuesta de una escritura auténticamente americana: “Hay que hablar de la ceiba, hay que hablar del papagayo”. 

Pero también se escribe para sobrevivir, para combatir la muerte o para dar voz a los que ya no pueden confesar sus sufrimientos, como los desaparecidos, secuestrados o ejecutados que la violencia política y social ha dejado en distintos puntos de nuestra geografía. 

¿Cómo abordar el dolor, la injusticia, la crueldad y la sevicia del poder global, que se lleva por delante comunidades, paisajes y sueños? ¿Cuál es la función de la literatura en estos tiempos de miseria? Quizás el trovador o el contador de historias sea quien asuma el papel de consciencia de su tiempo. Quien sepa producir la sorpresa o el miedo al levantar la alfombra de los silencios. Este sería uno de los motivos por los cuales el cuento como género no desaparece, al contrario, se fortalece con la tradición y se enriquece con nuevos procedimientos, desde las vanguardias que volvieron del revés los conceptos de tiempo y espacio y removieron las fronteras entre lo real y lo aparente.

Araújo Fontalvo ha estudiado a fondo la obra del nobel Gabriel García Márquez, entre otros autores.

El diablo de Guanabara, de Orlando Araújo Fontalvo, recoge en un conjunto de cuentos el espíritu de lo aparentemente irreal que dio origen a la literatura hispanoamericana desde las primeras crónicas de Indias. Las piezas de este volumen nos llevan por distintos momentos de pueblos y culturas; caminan del mito a la historia y atraviesan las pasiones humanas. Comprendemos el odio, la intolerancia y el fanatismo que arrastran la maledicencia en narraciones como Al encuentro de las antorchas; nos estremecemos en Palomeque, donde se prescinde de las argumentaciones discursivas para presentar el destino de los cartoneros apaleados y exterminados por fuerzas oscuras; padecemos el clima de ambigüedad previo a las ejecuciones, como ocurre en Un procedimiento de rutina.

Araújo Fontalvo recurre a lo fantástico ante crímenes y masacres como en Para sobrellevar el abismo, donde el narrador-protagonista se dirige al lector en primera persona para referir un sueño, que se ha repetido durante 30 años, en el que es asaltado por maleantes a la salida del cine. Las difusas fronteras entre lo imaginario y lo real, la patología del doble, o el cuestionamiento de la autoría de lo narrado son artilugios para abordar la más cruel ironía. El doble, ese otro que es él mismo, transita por los callejones donde la delincuencia espera a los transeúntes. En este cuento, la violencia como enfermedad colectiva corroe el tejido social y estalla desde el inconsciente removiendo otras instancias de la sociedad. Para sobrellevar el abismo pone en duda al propio narrador, quien confiesa: “No está de más aclarar que la versión que tiene el lector en sus manos, aunque narrada en primera persona, es en realidad la obra de uno de esos anónimos que pululan en la actualidad […]”

Del mismo modo, el autor nos lleva por distintos episodios de la historia de la humanidad, como en “El diablo de Guanabara”, que da título al volumen, donde nos encontramos entre filibusteros y aprendices de brujos en la Cartagena de Indias de la Nochevieja del año 1708, y en una ceremonia del Santo Oficio, con un tesoro en disputa.

Estos ingredientes de la leyenda condimentan la historia de la ciudad colonial en la tradición literaria colombiana, pensemos en Germán Espinosa, en Gabriel García Márquez y, más recientemente, en Roberto Burgos Cantor. 

Consciente de ese origen fantástico o mágico del género (las fronteras son movedizas), Orlando Araújo Fontalvo se entrega al arte de contar hazañas o hechos insólitos que parecen remotos, pero de ninguna manera ajenos al presente, ni a la realidad de su entorno, y lo hace rescatando la entonación y la emoción de la oralidad, con la que logra la complicidad de los lectores. Aunque, en la clave de lo fantástico, aborde experiencias alternativas que cuestionan la coherencia de nuestra percepción, lo importante, en su caso, es la capacidad para contagiarnos de la extrañeza, o atraparnos con sugerencias, antes que insistir en los dramas pregonados por la prensa que minimiza, por lo general, el impacto de los hechos dramáticos. 

No cabe duda que el cuento es el medio de exorcizar los demonios alimentados por el poder y el miedo, criaturas que asaltan en la ficción y exigen un espacio, ese momento de escritura que asedia a todo autor que se sabe predestinado para la tarea, como le ocurre al narrador del relato El barista abrumado por hechos, personajes y lugares de la memoria de los que pretende liberarse: “[...] fue allí, arrellanado en una estera de palma, libando café como un derviche, donde saqué en claro que los monstruos literarios eran un fraude, un auténtico fiasco, palomitas volantonas frente a los esperpénticos buitres orejudos de la realidad”.

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