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María Elena Pacheco pasó cuatro días viendo el Carnaval desde el otro lado de la barra. Mientras la ciudad bailaba en la Vía 40, en la 44 o en los barrios, ella vendía cervezas, preparaba micheladas y limpiaba mesas en un establecimiento en el norte de la ciudad.

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“Yo lo vi por pedacitos, por los videos que me mostraban los clientes. Uno trabaja todos los días porque para nosotros esos son los días más fuertes del año. Aquí no se puede parar”.

A sus 38 años, trabaja hace más de una década en el estadero. Sabe que la temporada de Carnaval es la que ayuda a sostener los meses flojos. “Es cuando más se vende, cuando más se mueve la plata. Entonces uno aprieta los dientes y trabaja sin quejarse”.

Pero este sábado tuvo otro plan y fue La Octavita, una tradición postcarnavalera que, aunque cada vez menos visible, aún respira en algunos rincones de Barranquilla. En tiempos de antaño, el fin de semana inmediatamente después del Carnaval era el turno de quienes no habían podido disfrutar, entre ellos meseros, cocineras, conductores, músicos, policías, vendedores informales y los mismos empresarios. Ellos armaban su propia fiesta.

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“Mi mamá me hablaba de eso. Que antes el sábado o domingo siguiente era sagrado para los que trabajaban. Se ponían su pinta, sacaban el equipo y hacían su propia rumba”.

Hoy, esa costumbre está en via de extinción. Las nuevas dinámicas de la ciudad, los eventos masivos y la prisa por volver a la rutina han ido apagando esa segunda celebración. Sin embargo, existen quienes se resisten a dejarla morir. En este grupo entra el rey Momo Adolfo Maury, quien anoche en la sede del Congo Grande, en el barrio Los Andes, hizo un evento en honor a esta tradición postcarnavalera.

Por un rescate que perdure

La fiesta no termina con el entierro de Joselito. Esa es la consigna que hoy levanta Juan Carlos Domínguez Garrido, director de la Fundación Música Agricultural Batá, quien lidera el rescate de una tradición que durante casi tres décadas desapareció del calendario festivo. “De acuerdo a un proyecto que presentamos ante el Portafolio de Estímulo del Carnaval de Barranquilla, ante la Secretaría de Cultura Distrital, salimos ganadores y con ello logramos realizar el II Festival Nacional de Gaita”, explicó.

El proyecto nació tras una investigación sobre lo que significaba La Octavita en la historia cultural de la ciudad.

Sin embargo, hace aproximadamente 28 o 30 años, el evento desapareció. Nos pusimos en la tarea de investigar porque nosotros también disfrutamos en antaño de esta fiesta, cuando estábamos niños, y quisimos rescatar este evento cultural”.

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Este año, el evento se realizó el sábado 21 de febrero a partir de las 3:00 de la tarde en la Plaza de la Paz. Allí se presentaron agrupaciones folclóricas de distintas regiones del país y se llevó a cabo un concurso de parejas bailadoras de gaita.

La programación continúa este domingo desde las 10:00 de la mañana, también en la Plaza de la Paz, específicamente en el teatrino. Habrá un conversatorio con juglares y expertos en gaita, quienes compartirán sus conocimientos y experiencias. Además, participarán los tres jurados del concurso del día anterior, quienes hablarán sobre su trayectoria musical y cómo la gaita ha marcado su desarrollo cultural y social. “La intención es buscar la forma en que este evento se preserve y se continúe ejecutando como un evento perteneciente al Carnaval de Barranquilla”.

La entrada será gratuita y abierta a todo público. Pero el enfoque, insiste, es darles esa oportunidad a quienes sostuvieron la fiesta desde el trabajo. “Siempre el Carnaval acababa el martes y ya no había más eventos. Por eso queremos convocar esta actividad y crear este espacio para quienes no pudieron estar por cuestiones de trabajo o viaje”.

Barranquillero de nacimiento y gestor cultural desde niño, Domínguez ha dedicado más de 40 años a la música folclórica. Recientemente, fue exaltado por el Congreso de la República por su trayectoria artística.

La Octavita que no se apaga

Mientras en Barranquilla el Miércoles de Ceniza marca el cierre oficial del Carnaval, en Baranoa se abre un nuevo espacio. Francisco Javier Cano, más conocido en el mundo musical como ‘El Topo’, promotor de artistas, explicó que se ha convertido en una tradición desde hace varios años. “Muchos no pudimos disfrutar el carnaval por estar trabajando, obviamente para que los demás disfruten, y acá en Baranoa lo hacemos el miércoles con el Festival del Cadillo”.

El escenario es un salón amplio, al estilo de los antiguos salones burreros. “También hacemos un desfile hecho por varones que no son de la comunidad LGTBIQ, solo son hombres que se disfrazan de mujer y gana el que mejor baile, su expresión corporal y vestimenta, que tiene que ser muy colorida, al estilo de las garotas de Brasil”.

Un modo de vida Caribe

Para el secretario de Cultura de Barranquilla, Juan Carlos Ospino, este rescate es una oportunidad significativa. “Esto encarna una característica profunda del Caribe y es la necesidad de encontrarse, de expresar la alegría y de hacer de la fiesta un instrumento social”.

La jornada representa un escenario para crear, para divertirse y para crecer colectivamente. “Esto hace parte de nuestra identidad, nuestra antropología y esa cultura que nunca debemos dejar morir”, puntualizó.