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¿Me vas a dejar?”, le cuestionaba con apenas unos 10 años el ahora ‘Viejo Boni’ a su padre Víctor Bonifaz cuando lo veía salir con el turbante bajo el brazo y machete en mano, listo para tomarse unos tragos y caminar las calles de la vieja Barranquilla durante los días de carnaval. De ese inocente cuestionamiento ya han pasado más de 50 calendarios y Adolfo Bonifaz es ahora el danzante más antiguo del Congo Grande de Barranquilla, por demás la danza de mayor trayectoria.

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Esa pregunta infantil fue el boleto de entrada a un mundo que ya no existe, o que por lo menos ha mutado tanto que solo vive en la cabeza de gente como Adolfo. Porque el carnaval que él conoció agarrado de la mano de su viejo no era este desfile organizado de vallas y patrocinadores. Aquello era otra cosa. Era una “corrida” por los barrios, un territorio salvaje donde las danzas no solo bailaban, sino que defendían su honor a golpe de madera y orgullo.

Adolfo creció viendo cómo el Congo Grande imponía respeto. Recuerda, con la lucidez de quien no olvida los detalles importantes, que en esa época no había mujeres en la fila. Decían que ellas “no daban la talla” para las caminatas interminables bajo el sol y, sobre todo, para el ambiente hostil que se armaba cuando dos danzas rivales se encontraban en una esquina. Eran tiempos de turbantes rasgados y machetes de palo sonando seco contra el pavimento o contra las costillas ajenas.

Ahí, en medio de la adrenalina de la calle, este hombre de 65 años aprendió que el disfraz no es un trapo que uno se pone un día al año, es una piel. Veía las trifulcas desde una distancia prudente, porque aunque guerrero del folclor, nunca fue hombre de buscar pleito.

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La danza fue cambiando ante sus ojos protegidos por las tradicionales gafas oscuras. Vio llegar a Alba Ahumada, la primera mujer que tuvo el coraje de enfundarse el vestuario de hombre y romper la hegemonía masculina. Con ella se abrió la puerta para que el Congo dejara de ser un club de pelea y se convirtiera en la muestra cultural majestuosa que es hoy. Adolfo aceptó los cambios, pero se mantuvo firme en lo esencial: la gola negra, la camisa amarilla, el pantalón de parches rojos.

Orlando Amador/El Heraldo

Atleta camuflado

Pero para mantenerse vigente en la danza más antigua del carnaval no basta con tener memoria histórica; hay que tener pulmones y piernas de acero. A Adolfo Bonifaz la edad parece no haberle avisado que debía bajar el ritmo. Su secreto no es más que una bicicleta y una pelota de fútbol. El ‘Viejo Boni’ es un atleta camuflado de danzante.

Se mueve en bicicleta para todo lado, pedaleando bajo el sol inclemente de Barranquilla como si nada. Puede meterse cuarenta kilómetros en un día, y si hay partido, allá está él, jugando de marcador de punta o volante de contención. Dice que esa es su gasolina. Que si deja de jugar o de pedalear, el turbante lo tumba. Y es que ese armatoste lleno de flores artificiales y adornos pesa, y pesa más cuando se llevan tantas décadas cargándolo.

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La pasión de Adolfo es una cosa seria, casi una enfermedad incurable. Ha bailado con lesiones que hubieran dejado a cualquier otro viendo el desfile por televisión. Una vez, una lesión en la mano y el ligamento casi lo sacan del juego, pero él volvió. En otra ocasión, un accidente laboral le reventó una uña y lo mandó a la clínica días antes de la fiesta. ¿El resultado? Salió a bailar. Porque para Bonifaz, el carnaval no se compra ni se vende, se suda.

Solo una fuerza mayor ha logrado frenarlo: la muerte. El único viernes de carnaval que la tristeza le ganó a la alegría fue cuando falleció un sobrino que también salía en la danza. Ese año, el turbante se quedó guardado. Fue una pausa obligada, un silencio en medio del ruido.

Cuando se acerca la fecha de la fiesta, a Adolfo le entra esa ansiedad eléctrica que solo conocen los barranquilleros de pura cepa. Empieza a preparar el cuerpo, asegura los “chelines” para lo que haga falta y se mentaliza. No importa si toca trabajar turno de noche en la industria; él sale a las seis de la mañana, empalma con el transporte y llega directo a la Vía 40. No hay cansancio que valga cuando el rey Momo llama.

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Su momento cumbre no es la Batalla de Flores, aunque la disfruta. Su verdadero goce está en la Gran Parada de Tradición. Ahí es donde se ve la danza de verdad, donde no hay carrozas que distraigan y todo se reduce al movimiento, a la música y a la resistencia. Ahí, en el asfalto caliente, Adolfo Bonifaz se siente invencible.

A veces le preguntan hasta cuándo. La gente ve sus canas y asume que el retiro está cerca. Él se ríe. Piensa en su papá, que murió con el carnaval en las venas, y responde con la simpleza de quien tiene la verdad en la boca: “Esto es una pasión, como el Junior”.

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Orlando Amador/El Heraldo