Cada vez que el calendario anuncia carnaval, la Vía 40 cambia de piel. Lo que durante el año es una arteria clave para la ciudad, desde 1991 se convierte en el Cumbiódromo por excelencia, en el escenario donde desfilan las grandes manifestaciones que han hecho de la fiesta un patrimonio ante el mundo.
Son 4,7 kilómetros que deja de ser una calle común para transformarse en pasarela cultural. Allí avanzan comparsas, cumbias, disfraces y carrozas, mientras a los costados se levantan palcos y minipalcos que reciben a miles de asistentes. Familias enteras madrugan para asegurar su puesto; los grupos se estacionan en los lugares asignados y la brisa del río acompaña el ritmo de tambores y flautas.
Pero, ¿cómo llegamos hasta aquí? Treinta y cinco años después, cuando la Vía 40 parece inseparable de la Batalla de Flores, pocos recuerdan que su estreno estuvo rodeado de dudas, temores y apuestas arriesgadas. Nada estaba garantizado. Ni el dinero, ni el respaldo unánime, y ni siquiera el tiempo.
Paul Tarud recordó con EL HERALDO que el 30 de octubre de 1990 fue nombrado presidente de la Junta del Carnaval por el entonces alcalde, Miguel Bolívar Acuña. “La Batalla de Flores había que hacerla el sábado 9 de febrero de 1991. Es decir, tenía 100 días para hacer un carnaval diferente”.
Cien días. Ese fue el margen para transformar una fiesta que, según él, estaba perdiendo fuerza. “Yo me levanté y dije: este carnaval que hay en Barranquilla, la gente se está yendo de la ciudad. Había hoteles vacíos y poco turismo en una ciudad que necesitaba movimiento económico”.
Desde su experiencia en el sector hotelero tenía claro que la única salida era hacer del carnaval un espectáculo mayor. Así se lo dijo al alcalde: “La única forma es volver el carnaval una cosa espectacular para Barranquilla, pero también para atraer turismo, que eso es lo que trae para poder pagar los impuestos”.
El primer gran cambio fue cambiar el recorrido de la Batalla de Flores. “En ese momento dije: yo sugiero hacerla en una vía más amplia, más grande y que tenga muchas entradas por la ciudad. El único sitio que cumple con esta característica es la Vía 40”.
La propuesta desató resistencia inmediata. “Enseguida me cayeron encima muchas personas a decirme que no, porque era muy peligroso, por la parte eléctrica, porque había muchas industrias que podían ser peligrosas para la gente”, rememoró Tarud.
Nacen los palcos
Otro desafío era el público. “En ese entonces no existían los palcos como hoy; predominaban estructuras más artesanales, similares a corralejas. Fueron ocho grandes palcos: categoría A, categoría B y categoría C. Los A eran los que tenían silla, los B eran los que estaban de pie y los C eran los que estaban en el bordillo y en tablas”.
El temor a un accidente estaba presente. “Existía el riesgo de que un palco de esos se cayera. Yo me acuerdo que con un ingeniero nos pusimos los dos, tres días anteriores, a revisar palco por palco”, explicó el ingeniero civil.
Internacionalizar la fiesta
Pero no bastaba con cambiar el escenario. Había que atraer visitantes. “¿Cómo traemos gente? Hagamos un reinado internacional y traemos una reina”, propuso. Así nació la idea de sumar un certamen internacional como gancho turístico.
“Trajimos más o menos unas 35 reinas… y teníamos 41 carrozas”, detalla. La reina popular también tuvo protagonismo inédito: “A la reina popular la pusimos por primera vez en una carroza”. Además, se realizó por primera vez el Reinado Popular y se les regalaron los vestidos a las participantes.
Todo en tiempo récord. “Hicimos cuarenta y una carrozas en el término de noventa días, que estaban listas dos días antes de empezar la Batalla de Flores”.
Sin miedo al cambio
Liliana Gerlein Villa fue la primera soberana en desfilar por lo que hoy conocemos como el Cumbiódromo. Y recuerda ese momento como si aún estuviera sobre la carroza.
“Hubo mucho trabajo que hacer para concientizar a la gente de lo bueno, de lo positivo que era el cambio de la Batalla de Flores y a mí me encantó”.
Una semana antes del desfile estuvo en un barrio cercano al Estadio Metropolitano. “Había muchísima gente conmigo, todos estaban felices”. Esa noche, al llegar a su casa, les dijo a sus padres que no le tenía miedo al cambio”, dijo la reina 1991.
Han pasado tres décadas y media y el desfile se mantiene allí, creciendo. Las danzas ensayan todo el año para lucirse. “Todo ha sido positivo porque vemos la belleza de nuestros grupos como yo lo pude ver en ese año”.
Liliana Gerlein Villa tiene todo un legado real en su familia. Es hermana de Margarita Gerlein Villa, reina en 1988; prima de María Alicia ‘Marialy’ Gerlein Arana, en 1997; de Margarita Lora Gerlein, en 2003; y tía de María Margarita ‘Maqui’ Diazgranados Gerlein, soberana en 2014. Pero haber sido la primera reina en recorrer el cumbiódromo es sin duda uno de sus más grandes orgullos.
“Yo creo que ya nadie se imagina un carnaval sin la Vía 40. Es un escenario ideal que ojalá sigamos caminando y gozando por muchos años más. Desde esa distancia que dan los años, observa cómo todo se ha modernizado.
“Es bonito ver toda la parafernalia que hay con las reinas, las carrozas con esa esencia bonita que cada una tiene para enamorar al público,recibir su cariño, los saludos. Son momentos que yo quisiera revivir”. Liliana cumple 35 años de su reinado, pero una vez reina, siempre reina, así que continúa gozando la fiesta que una vez lideró. “Es hermoso lo que seguimos viviendo”.


