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El titulo es:“Me sentía sola; no sabía por qué me pasaba esto a mí”: Karla González

“Me sentía sola; no sabía por qué me pasaba esto a mí”: Karla González

Karla González, de 14 años, cuenta a EL HERALDO el acoso virtual que ha sufrido y que la llevó a mudarse de Sucre a Soledad.
Natalli Suárez y Shutterstock
Natalli Suárez y Shutterstock
La joven asegura que ya no tiene miedo de lo que inventan sobre ella, por el contrario ahora se siente más fuerte. Natalli Suárez y Shutterstock

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Karla González, de 14 años, cuenta a EL HERALDO el acoso virtual que ha sufrido y que la llevó a mudarse de Sucre a Soledad.

Karla enciende la tableta y se sienta en una de las mecedoras de la sala de su casa, en el municipio de Soledad. Como la mayoría de los adolescentes es una entusiasta de las redes sociales y usa diferentes aplicaciones que la mantienen conectada a ese mundo. Sin embargo, ese mismo escenario virtual le ha traído sinsabores y desilusiones a sus escasos 14 años.

Desde 2013 era víctima de acoso escolar físico. Cuando pensaba que la situación no podía ser peor, a mediados de ese año sus atacantes pasaron de ser personas tangibles a enemigos anónimos: empezó a ser víctima de cibermatoneo.

También conocida como cyberbullying, esta práctica es el traslado del abuso a entornos digitales a través de las redes sociales. En la mayoría de los casos el agresor queda en el anonimato

Una de las peores consecuencias de su actuar es que no hay límite en el número de personas a las cuales expone a la humillación pública.

Karla González, estudiante de noveno grado de bachillerato en el colegio Nuestra Señora del Carmen, relata que le crearon una cuenta falsa en Facebook con su nombre y agregaron a todos sus amigos.

La persona que suplantaba la identidad de la joven revelaba información confidencial de su vida privada y la indisponía con sus amigos “utilizando expresiones groseras” e “inventado mentiras” sobre ella y su familia.

CRISIS EMOCIONAL

Esta situación se volvió abrumadora para Karla y la llevó al límite de lo que podía soportar, por eso intentó quitarse la vida.

Si hubiera logrado su cometido habría sido una de las 800.000 personas que se suicidan al año en el mundo, una media de 11,4 por cada 100.000 habitantes, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Informa la entidad que en el mundo el suicidio es la segunda causa principal de muerte en el grupo poblacional de 15 a 29 años.

EL ENEMIGO INVISIBLE

Karla va pasando imágenes en su aparato electrónico hasta que llega a la que desea mostrar. La lee detenidamente y suelta una carcajada antes de pasar la tableta.

Su risa, acompañada de unos radiantes ojos café oscuro, está lejos de los días en los que se encerraba en su cuarto a gritar y a ahogar su llanto con la almohada.

De esa época le quedan los ‘pantallazos’ (captura de la imagen de una pantalla de computador o dispositivo móvil) de varios de los mensajes que circulaban sobre ella en las redes sociales. Son un recuerdo que la “fortalece para seguir adelante”.

Asegura que ahora se siente fuerte y mira con optimismo su futuro, pero no siempre fue así. A raíz del acoso que sufría, en 2014 se mudó con su mamá al municipio de San Pelayo, en el departamento de Córdoba, huyendo de ese acosador o acosadora fantasma.

A pesar de que no tenía amigos, estaba tranquila porque ese anonimato le permitía ser nuevamente ella misma. Había cerrado sus cuentas en redes sociales como Twitter, Snapchat, Ask y Facebook. Incluso dejó de escribir una historia que estaba desarrollando en una aplicación llamada WattPad y que “tenía muchas visitas y likes”.

UN PASO HACIA EL ABISMO

“Era un día de mayo, del año pasado, a unas cuadras de mi casa había una biblioteca”, comienza su relato. Desde pequeña es una ávida lectora y en los libros encontró su refugio, un escape de la realidad. Y agrega: “Estaba acomodando unos libros cuando entró corriendo una de mis pocas amigas en San Pelayo”.

El rostro de la joven se ensombrece con el amargo recuerdo. La compañera le mostró un mensaje de Facebook donde la señalaban de ser “lesbiana” y la involucraban sentimentalmente con su nueva amiga.

“Dejé tirados los libros y me fui corriendo a mi casa. Estaba desesperada. Recuerdo que escribí en mi diario que era una ameba en un mundo de estómagos sanos”, cuenta Karla. Asegura que sentía que no encajaba en ningún lugar, que no hacía parte de ningún grupo. “No entendía por qué me estaba pasando eso a mí”, añade.

A punto de llorar se contiene para dejar salir la parte más dura de su historia. “Caminé hacia la cocina y me senté a llorar al pie de la nevera. Miré hacia arriba y vi unas pastillas  de mi abuelo. No pensé en nada, solo me paré y me tomé 10. Me quería morir”, manifiesta visiblemente apenada.

La joven fue llevada a una clínica donde le hicieron un lavado estomacal. El médico le explicó a los familiares que estuvo al borde de la muerte, debido a que el Clopidrogel, componente de las pastillas, pudo producirle múltiples hemorragias internas, por su característica anticoagulante.

MÁS CASOS ANUALES

Su caso es muy parecido al de 219 jóvenes que en 2014 denunciaron en todo el país ser víctimas de matoneo o acoso escolar ante el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). “En el Atlántico fueron radicadas 27 solicitudes de restablecimiento de derechos por bullying, el año pasado. En lo que va de 2015 van ocho”, indica Yolanda Ruiz Pinzón, directora regional (e).

Un estudio de la Friends United Foundation en varios departamentos de Colombia, entre ellos el Atlántico, revela que 3 de cada 5 víctimas de matoneo piensan en suicidio. De esas 3, una lo intenta.

En 2012 la OMS registró que 600 mil jóvenes se quitaron la vida, la mitad de ellos por ser víctimas de bullying. El temor de la entidad es que la tendencia indica que en 2025 la pérdida de vidas sería de 850 mil por este problema de acoso.

Cambio de perspectiva

Esa experiencia cercana a la  muerte llevó a Karla González a buscar otra solución. La ayuda la encontró en la Corporación Prevengamos Colombia, que brinda asesoría a jóvenes y adultos que son víctimas de matoneo, cibermatoneo y pornovenganza, entre otros.

Sara Ibáñez es cocreadora de este organismo. Es especialista y candidata a magister en Derecho informático y nuevas tecnologías. Cuando niña fue víctima de acoso escolar, por eso decidió fundar la corporación. Ella sabe que en Colombia no hay una legislación contra el bullying ni el cyberbullying.

En Colombia se creó la ley 1620 de 2013 contra la violencia escolar. Esta norma busca la prevención de la violencia  y la promoción de los derechos sexuales y reproductivos en los colegios.

Indica la abogada que lo que busca la ley es que los colegios “puedan incorporar dentro de los manuales de convivencia la conducta del bullying y sancionen a quienes incurran en ella”, pero los resultados no se ven. Asegura que el país está “atrasado en este tema” y deben hacerse “cambios de fondo” para que el panorama deje de ser tan negro como lo pinta la OMS y vuelva a brillar como en el caso de Karla, que con el apoyo de su familia muestra su caso y lidera una campaña para que en las escuelas “detengan el matoneo”.

Sergio Urrego

En Colombia, uno de los casos más sonados de matoneo fue el del joven estudiante Sergio Urrego, a quien, por su condición sexual, le habrían negado terminar su bachillerato en el Gimnasio Castillo Campestre, una institución católica de Tenjo, municipio de Cundinamarca. El joven estudiantes de 16 años se quitó la vida lanzándose de la terraza del centro comercial Titán Plaza, al noroccidente de Bogotá, el 4 de agosto del año pasado.

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