El domingo fueron entregados los Premios Nobel de 2017, pero sólo este lunes, en medio del crudo frío del invierno escandinavo, concluyó la llamada Semana Nobel, un evento cultural de primerísima importancia mundial del cual las dos ceremonias de concesión de los prestigiosos galardones (una en Estocolmo, la otra en Oslo) y los dos subsecuentes y respectivos banquetes fueron apenas la parte más espectacular.
La Semana Nobel, que dio inicio a su nutrido programa oficial el pasado jueves 6, se llevó a cabo en 15 sedes localizadas en cuatro ciudades de dos países (las suecas Estocolmo y Gotemburgo, y las noruegas Oslo y Baerum), tales como el Museo Nobel, la Academia Sueca, el Instituto Karolinska, la Sala de Conciertos de Estocolmo, el Ayuntamiento de dicha capital, el Centro Sueco de Congresos y Exposiciones, el Instituto Nobel Noruego, la Universidad de Oslo y el estadio Telenor Arena.
Menos fastuosas que las ceremonias y banquetes mencionados, pero más atractivas e, incluso, más fascinantes desde el punto de vista intelectual, fueron las otras múltiples actividades de la Semana Nobel, que comprendieron, entre otras, los tradicionales discursos de aceptación de los premios por parte de cada uno de los laureados, que esta vez fueron 11 personas y una organización internacional.
De tales discursos, debe resaltarse el titulado 'Mi velada con El siglo veinte y otros pequeños descubrimientos', de Kazuo Ishiguro, el Nobel de Literatura, quien lo pronunció en el curso de 44 minutos y 48 segundos en un sobrio salón de la Academia Sueca iluminado por blancas lámparas de araña. Se trató de una emotiva y magistral autobiografía literaria que terminó con una reflexión política y con lo que él mismo denominó su 'llamamiento del Nobel'. Ishiguro recordó cómo a los 25 años, después de haber fracasado en su empeño de ser una estrella de rock, se convirtió en escritor, llevado por el afán de reconstruir mediante la narrativa su Japón personal. A continuación, enumeró los distintos puntos de inflexión de su evolución literaria, provocados por 'pequeños descubrimientos' que hizo ya en un tomo de Proust, ya en una canción de Tom Waits, ya en una película de Howard Hawks. Su reflexión política fue que, después del fin de la Guerra Fría, han crecido 'enormes desigualdades –de riqueza y oportunidades– entre países y dentro de los mismos países' y que estamos abocados 'a un presente en el que proliferan ideologías de ultraderecha y nacionalismos tribales'. Su 'llamamiento del Nobel' apuntó a que, por un lado, se amplíe el mundo de las letras 'para incorporar muchas más voces procedentes de (…) culturas literarias desconocidas', y a que, por otro, nos cuidemos en 'no resultar en exceso estrechos o conservadores en nuestra definición de lo que es la buena literatura'.
Otros actos dignos de resaltar que se celebraron en el marco de la Semana Nobel fueron el concierto que tuvo lugar en la Konserthuset el viernes 8, y en el que América Latina tuvo el honor de ver a su joven genio musical, el venezolano Gustavo Dudamel, dirigiendo a la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo; el seminario a cargo del propio Dudamel y del estadounidense Frank Wilczek, premio Nobel de Física de 2004, sobre 'El poder de cambio de la música y de la ciencia', así como el Foro del Premio Nobel de la Paz que, bajo el título de 'A través de los límites divisorios', presidió la guatemalteca Rigoberta Menchú, con motivo de cumplirse el 25.º aniversario de su recepción del Nobel en dicha categoría.
Pero sin duda la actividad académica más relevante, fuera de los discursos de aceptación de los premios, la constituyó el Diálogo de la Semana Nobel, que tuvo como tema de debate 'El futuro de la verdad' y en el cual participaron 25 representantes eminentes de las más diversas disciplinas (16 hombres y 9 mujeres), incluidos seis premios Nobel de años anteriores. El Diálogo se desarrolló a lo largo de todo el día sábado 9, en el Centro Sueco de Congresos y Exposiciones de Gotemburgo.
El candente tema de debate fue examinado a través de ocho conferencias, 11 paneles y seis charlas, cuyos contenidos dejaron materia rica y suficiente para alimentar por lo menos un curso escolar intensivo de seis meses. Es, pues, imposible resumirlos aquí, pero hay que decir que, en esencia, se trató de un asedio completo al problema de la grave crisis actual de la verdad, considerado desde las perspectivas de la filosofía, la política, el periodismo y las ciencias naturales, sociales y formales. En su desarrollo, se mencionaron una y otra vez tópicos como la creatividad, la información y sus medios de difusión, la confiabilidad de las fuentes, los hechos y sus interpretaciones, la mentira, la ignorancia, el cambio climático, la democracia y, cómo no, Donald Trump, de quien el filósofo británico Simon Blackburn apuntó con sorna que incluso él 'entiende la diferencia entre lo verdadero y lo falso'.
Entre las sentencias agudas que dejó el Diálogo de la Semana Nobel, sería inexcusable no citar algunas como éstas: 'Creo que la naturaleza de la verdad es que se construye y se acumula mientras que los errores desaparecen' (Frank Wilczek). 'Las mejores opiniones y la mejor legislación solo pueden ser efectivas para la justicia si existe un gobierno democrático capaz de implementarlas'; 'No se puede destruir una ideología con bombas' (Shirin Ebadi, iraní, premio Nobel de la Paz 2003). 'Creo que los científicos tienen la responsabilidad de comunicar la ciencia; si un periodista no comprende lo que estamos haciendo, en gran parte es culpa nuestra' (Steven Chu, estadounidense, premio Nobel de Física 1997). 'Nos preocupa con razón que lo que el Poder y el Dinero quieren que escuchemos y leamos es lo que terminamos escuchando y leyendo' (Simon Blackburn).
Y sería también inexcusable no terminar con la más alentadora de todas, y que fue dicha por Steven Chu: 'Es un momento muy emocionante para estar vivo'.





















