Tengo vivo el recuerdo de las circunstancias en que conocí a Germán Vargas Lleras en la tradicional casa de su abuelo Carlos Lleras Restrepo en la calle 70. En 1980 yo era abogado de un dirigente político muy influyente en el Tolima, Rafael Caicedo Espinosa, quien había sido acusado de calumnia por llamar “bandido” a un controvertido senador y, me pidió que visitara al expresidente y le explicara el proceso.
Llegué un sábado y dejé afuera el Renault 12 que acababa de comprar a crédito. Iba asustado por tener frente a mí al estadista que admiraba, a quien había visto siendo bachiller en un balcón de Chaparral agitando la causa liberal de su candidatura y había seguido de cerca su discurso de aceptación de la misma el 27 de noviembre de 1965, en el que diseñaba lo que luego sería su gran reforma constitucional de 1968, hoy olvidada. Me llamó la atención que doña Cecilia, su esposa, cuando entró le dijo: “Carlos, ya nos trajeron el carro nuevo” y él le respondió “no, ese es el del Dr. Gómez” y pensé en lo austero de su vida, sin ostentación alguna, su condición de clase económica media habiendo tenido todo el poder; no era un hombre rico y nunca mezcló, como plateaban Echandía y Lleras Camargo, la política con los negocios.
Ahí apareció el joven nieto, Germán, a quien por esas injusticias de la política no se le permitió llegar a la jefatura del Estado como lo merecía. En sentido estricto no fue un “delfín”, pues no usó el poder del abuelo, sino que voto a voto, como cualquier político aguerrido, se hizo su propio nombre. Extraña unión de político y “manzanillo”. La mayor parte de su fulgurante carrera pública vino después de la muerte de Lleras Restrepo, de quien heredó muchas virtudes y un carácter fuerte.
No fuimos amigos cercanos, como si lo fue él de mi inolvidable hijo Alfonso. En 1994, cuando se inauguraban la inconveniente circunscripción nacional para el Senado y el voto preferente, mala herencia de la Constitución del 91, y ante mi aspiración de llegar al Senado, me propuso ser su segundo renglón. No acepté y fui derrotado a pesar de haber presentado una lista excepcional. En esa ocasión uno de los senadores más votados por el liberalismo fue Santa López Sierra.
Durante la mayor parte de su vida militó en el partido liberal y trabajó, entre otras, por las candidaturas de Barco, Samper, Gaviria y Serpa. No fue el fundador de Cambio Radical como suele decirse. Curiosamente, ese movimiento se organizó por los llamados liberales pastranistas contra la candidatura de Serpa. Algunos de ellos fueron ministros de Pastrana. Se mantuvo con el partido e hizo una férrea oposición a Pastrana principalmente por lo que consideró, errores en el proceso del Cagüan, y no cedió, como muchos de los integrantes de la Alianza para el Cambio, a los halagos burocráticos. Fue años después cuando asumió la personería de Cambio Radical, movimiento que con luces y sombras tuvo un peso específico en el escenario político nacional.
Vargas Lleras aprovechó su liderazgo indiscutible para incorporar a la política o al servicio público a jóvenes promisorios como Cristina Plazas, María Isabel Nieto, David Luna, Carlos Medellín, Rodrigo Lara, Carlos Motoa y Carlos Fernando Galán. Todos los que han escrito sobre él resaltan su disciplina de estudio, el conocimiento del país y de los temas. Muchas leyes aprobadas por el Congreso tienen su sello inconfundible.
En decisión con la que muchos liberales no estuvimos de acuerdo, al final de la campaña del 2001, abandonó las toldas serpistas y fue determinante para que Álvaro Uribe ganara en primera vuelta en el 2002. Iba a ser su sucesor natural. Lo apoyó en su reelección para el 2006, pero cuando quiso hacerse reelegir otra vez, vía referendo, se apartó, lo que facilitó que Uribe escogiera a Santos como su sucesor. Esa fue una de las oportunidades en que la presidencia se le fue de las manos. Pero no fue la única. De nuevo la injusticia se le atravesó, esta vez, la del destino, con el ropaje de enfermedad, cuando estaba más llamado que nunca a enderezar el rumbo del país.
Mi último recuerdo de Germán es de cuando, impedido por una fractura de cadera, me acompañó en el momento más doloroso de mi vida en el funeral de mi hijo Alfonso. Mi agradecido saludo solidario a su familia, especialmente a Clemencia y Julián, su nieto Agustín y a Enrique y José Antonio.
@gomezmendeza








