Este 20 de enero se cumple el primer año del retorno de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos y, con él, la confirmación de una ruptura histórica, la del orden internacional basado en reglas, instituciones y alianzas que Washington ayudó a forjar tras la Segunda Guerra Mundial. No es exagerado decir que el equilibrio global está herido de muerte tras constatar a diario que el mundo, hasta ahora, conocido ya no existe y difícilmente volverá.
Desde el principio, Trump dejó claro que su política exterior no se regiría por compromisos ni consensos, sino por la lógica del poder desnudo. La llamada a Vladímir Putin, antes que a sus aliados europeos, simbolizó el retorno a una visión imperial del mundo, en la que las grandes potencias deciden y los países afectados observan. Ese gesto marcó el inicio de una escalada de tensiones que ha abierto nuevos focos de conflicto, como el de Groenlandia, isla ártica de Dinamarca, de la que el mandatario quiere apoderarse para anexionar a su nación.
Cada decisión envía una señal adicional de desdén por la cooperación internacional, como su salida sistemática de los organismos multilaterales. De hecho, América First ya no es solo un lema, sino una doctrina que reduce la política global a intereses inmediatos, medidos en términos de costo-beneficio, fuerza y presión. Aranceles, sanciones, amenazas o chantajes directos sustituyen al derecho internacional. Trump lo ha dicho sin rodeos, nada lo frena salvo su propia moral. Y le da igual la falta de avances en Gaza, en Ucrania o la amenaza de una escalada en Irán. La consecuencia de ello es que vivimos en un mundo más inestable, en el que la fuerza legítima la arbitrariedad y el multilateralismo incomoda. A día de hoy, EE. UU., como Rusia o China se asume como un imperio con derecho a zonas de influencia.
Ese personalismo extremo se apoya en una idea simple y peligrosa: el mundo pertenece a los hombres fuertes que controlan negocios y grandes empresas. No sorprende, entonces, que la diplomacia se confunda con transacciones comerciales, que empresarios sustituyan a diplomáticos y que potencias autoritarias actúen como mediadores en conflictos globales. En este punto es evidente que la paz como la guerra se negocian como si fueran contratos.
Estados, compañías y líderes autoritarios convergen en un sistema donde las reglas ya no importan, el poder lo concentran unos pocos, la justicia se instrumentaliza y la prensa es hostigada para que deje de fiscalizar. También sucede en el interior de EE. UU., donde Trump desgasta la democracia, contradice sus promesas electorales; decepciona, incluso a sus propios votantes; enfrenta disidencias internas y pierde popularidad. Su ofensiva migratoria, un ataque sin precedentes con detenciones, desmedida violencia y medidas que agravan una crisis humanitaria, tendrá costos prolongados para la economía y la sociedad.
En el vecindario, Washington reclama su ‘patio trasero’, usando la lógica de fuerza y control que revive la doctrina Monroe en clave trumpista, como ocurre en Venezuela. María Corina Machado confía en que Trump instaurará la democracia y la libertad en su país, en tanto el republicano, cada vez que tiene ocasión, justifica su irrestricto respaldo a Delcy Rodríguez, esa “persona fantástica”, como califica a la chavista que asumió el control del represivo e ilegitimo régimen luego de la extracción del dictador Maduro, la misma con la que hoy ‘cogobierna’ la nación dueña de unos 300 mil millones de barriles de reservas de petróleo.
Esa asimetría retrata bastante bien los verdaderos intereses que desvelan al egocéntrico e impredecible gobernante, que se ufana de haber ‘resuelto’ —durante su primer año de mandato— 8 conflictos. No cabe duda de que la medalla del Premio Nobel de la Paz fue el regalo más acertado que la valiente líder opositora pudo encontrar para apaciguar a Trump.
Colombia, en cabeza de Petro, parece haber entendido por fin que bajo presión directa, de Washington y con advertencias de intervención militar, su margen de maniobra es cada vez más reducido. El 3 de febrero, en la bilateral con Trump, sabremos el futuro que nos espera.
El balance resulta inapelable. Trump no gestiona el cambio hacia un nuevo orden global; acelera la demolición del anterior. El problema no es solo lo que viene, sino la normalización de un mundo donde la ley cede ante la fuerza y la democracia deja de ser un valor universal para convertirse en un estorbo prescindible, subordinado a los intereses de un solo hombre.






