‘Amigo de nadie’, declive de un ‘ángel exterminador’

Mañana 7 de noviembre se estrena en los teatros del país la nueva película del director antioqueño Luis Alberto Restrepo.

Cortesía: TOCTALK
El actor Juan Pablo Urrego encarna a Julián Vidal, hijo de una familia rica venida a menos. Cortesía: TOCTALK
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Mañana 7 de noviembre se estrena en los teatros del país la nueva película del director antioqueño Luis Alberto Restrepo.

En una de las primeras escenas de Amigo de nadie, el abuelo, empresario y patriarca de la familia Vidal da un importante discurso a todos los miembros de la parentela. Un integrante de su familia ha sido secuestrado y asesinado, pero él advierte que no piensa dar un peso a los criminales que quieren robarle el dinero y que no permiten ni que ellos, pertenecientes a las clases altas colombianas y que gozan de amistades poderosas, estén tranquilos.

Al final del discurso, apoyando su mano pesada y protectora sobre el hombro de su nieto Julián, dice en voz alta: “A mí nadie me lleva para el monte… y si tengo que disparar yo mismo, disparo”.

Ese beneplácito del abuelo, que invoca la defensa personal y la intención de una guerra a muerte en un mismo discurso, es el que recibe el niño Julián —ya enamorado de las armas de su escolta— para disparar cada vez que se sepa amenazado o despojado de lo que siente como suyo.

La cuarta película del director antioqueño Luis Alberto Restrepo, también director de la película La pasión de Gabriel (2008) y la exitosa telenovela Sin tetas no hay paraíso (2007), narra lo que hay en la vida de ese niño tiempo después. Ya avisado por la voz de su abuelo, es quizá el único miembro de la familia que aprende la lógica de la defensa personal, a la que él ve como “limpieza social”. Así, su primer muerto es otro niño, pero uno que vive en la calle y que intenta robarle la bicicleta. 

Desde entonces el espectador asiste a la “locura” de Julián, y a los cambios de su vida en la que los afectos familiares son los primeros que se destruyen. Luego siguen, en una cadena inexorable de hechos, las amistades, el amor, la propiedad privada. Cada filiación y cada entorno han crecido o se han originado en esa violencia interiorizada desde la infancia y exteriorizada en cadáveres concretos.

La película también evidencia el conflicto de clases de la Medellín de los años 90. Los grandes empresarios están arruinándose y lo que prospera es la muerte y el narcotráfico. Las tabernas reúnen a los “niños ricos” y a los pobres, mientras que en las calles las motos se detienen a intimidar en los semáforos y los jóvenes son tentados por las camionetas de los “patrones”.

‘Ángel exterminador’

Posiblemente el personaje Julián recuerde a los espectadores y lectores colombianos a otro asesino: Alexis, el “ángel exterminador” de la Virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo. Como Alexis, Julián mata propinando un único disparo en la cabeza. No mata “por matar”, sino porque puede hacerlo, aparentemente ha nacido para eso. Una diferencia, que no es tan grande como podría esperarse, es que Julián es, como le dice su novia Carla, un niño rico sin problemas. Pero se trata de un niño convertido en joven y adulto —y aquí puede haber una gran diferencia— sin atención o cuidado que dar para nadie.

Los personajes de la película no cambian: se dejan cambiar o moldear por los hechos. Todos son “nadie”, posibles objetos o cuerpos de exterminio. En ese sentido, la trama se vuelve predecible en su violencia. Sin embargo, esta se va intensificando, acercándose cada vez más hasta llegar al grupo de amigos y la familia: lo que es del margen toca el centro de su origen.

El papel de Julián, seco e indiferente a lo que no sean sus propios problemas (que sí tiene), es abordado con claridad por el actor Julián Pablo Urrego, que recientemente interpretó a Carlos Cárdenas  en la serie Colmenares (Netflix).

Por su parte la cantante y actriz Catalina García, hace de Carla el personaje más expresivo y cambiante de la película. La mamá de Julián (Patricia Tamayo), ebria y monótona,  es consciente de que ha parido un hijo que ha llevado al extremo el discurso del abuelo.

Por: Kirvin Larios

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