Sentados en Cartagena, al deleite y aroma de una cerveza bien fría tras quedarse afuera de una charla del Hay Festival, Antonio Celia Martínez-Aparicio y Heriberto Fiorillo se cuestionaron ¿por qué no hacer un evento similar en Barranquilla pero metiéndole música, teatro y más? Lo que parecía una conversación solamente para pasar el rato terminó convertida en una fiesta de reflexión o lo que el Caribe ha conocido como el Carnaval de las Artes.
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Aquel episodio transcurrido en el año 2006, marcado por la frustración compartida de encontrar un auditorio repleto que los dejó en la calle, fue la verdadera chispa creadora. Antonio Celia, quien por esa época se desempeñaba como presidente de Promigas, soltó la idea al aire fresco de la ciudad amurallada. Fiorillo, dueño de una agudeza mental envidiable y un radar para los buenos proyectos, lo miró fijo y soltó un escueto comentario afirmando que la idea le sonaba.
La anécdota habría quedado ahogada en el fondo de aquella cerveza si no fuera porque, a la semana exacta de ese encuentro, el periodista y cineasta apareció con unas hojas escritas bajo el brazo. Era el formato completo, la arquitectura detallada de un sueño que buscaba mezclar las letras con el acordeón, el teatro con la salsa, y la reflexión pura con el goce barranquillero.
“Yo encendí la chispa y Fiorillo desarrolló todo con ese espíritu creativo que tenía”, recuerda Celia en conversación con EL HERALDO. Desde ese primer borrador sobre el papel quedó clara una regla de oro que se mantiene intacta dos décadas después: la entrada sería totalmente gratuita.
Pero la historia de este gran festival tiene una precuela obligatoria, un escenario de fondo monumental sin el cual nada de esto tendría sentido: el rescate físico y simbólico del icónico bar La Cueva.

Mucho antes de imaginar un carnaval intelectual y de traer figuras de renombre mundial, Fiorillo visitó la oficina de Celia con un proyecto entre manos que sonaba a quimera. Estaba escribiendo un libro sobre La Cueva, aquel mítico fortín donde figuras de la talla de Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón y Julio Mario Santo Domingo arreglaban el país y el mundo a punta de ron, pintura y buena literatura. Celia decidió apoyar la publicación.
El libro fue un éxito rotundo y recibieron en comodato las llaves de un espacio que pedía a gritos una reconstrucción total. Les tocó meterse la mano al dril, refaccionar los muros, levantar paredes, desempolvar la historia que habitaba en las esquinas y volver a abrir las puertas de la cultura en Barranquilla. Allí comenzaron a producir eventos, a lanzar nuevos libros, a organizar tenidas culturales y a llenar de música el ambiente nocturno. La Cueva estaba viva de nuevo y, de manera natural, se convirtió en el vientre perfecto para gestar lo que sería el Carnaval de las Artes.
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Fiesta internacional
Cuando el evento arrancó formalmente, la propuesta era sumamente audaz para la región. Querían traer a los mejores exponentes de las artes de Colombia y del mundo entero, y querían que el público local los escuchara de frente sin pagar un solo peso en la taquilla. En esos primeros años de experimentación, la única moneda de cambio era el ingenio popular. Para entrar a las charlas, el asistente debía ir disfrazado. Luego la regla se fue flexibilizando para permitir un acceso más masivo, pero el espíritu netamente festivo nunca abandonó las butacas del público.
La calidad excepcional de los invitados fue el imán definitivo que posicionó al festival. Con la ayuda fundamental del escritor Efraín Medina, un barranquillero con contactos de peso en Italia, llegaron a la ciudad teatreros europeos y los artesanos que elaboraban las famosas máscaras de Venecia. Por las tarimas desfilaron los escritores más aclamados de América Latina y las figuras más representativas de la música popular. Pero el festival dejó claro desde el día uno que no era solo un simple desfile de celebridades buscando aplausos; era, sobre todo, un laboratorio profundo de pensamiento.

Ahí entró en escena David Lara Ramos, periodista curtido en las redacciones y en la academia. Fiorillo y Medina lo invitaron a esa primera edición histórica con una misión analítica muy específica: documentar, escuchar y reflexionar sobre lo que ocurría en las charlas. Junto al destacado poeta Miguel Iriarte, Lara se encargaba de hacer un alto en el camino dos veces al día. Al mediodía, bajo el sol picante de la ciudad, y al final de la tarde, tomaban el micrófono para resumir las ideas principales, masticar las dudas del público y plantear los debates sociales que dejaban los conferencistas.
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Lara todavía guarda intacta en su memoria la visita del gran pensador y escritor mexicano Carlos Monsiváis en ese primer año de apertura. Lo recuerda hablando extensamente sobre el concepto de la libertad, analizando los permisos sociales que se otorgan durante las fiestas y definiendo las verdaderas fronteras del Carnaval. “Lo que significa este evento es que hay una ciudad que piensa, reflexiona, indaga y cuestiona su principal fiesta”, apunta el periodista, quien hoy sigue fuertemente vinculado al proyecto escribiendo libretos, conectando con los medios y moderando conversaciones.
Para Lara, el mayor acierto directivo de Heriberto Fiorillo fue obligar a los artistas invitados a explicar el cómo y el por qué de sus obras. No bastaba con cantar bien una canción o escribir un poema exitoso; el público barranquillero debía entender cómo nacía la creación.
El Carnaval de las Artes se consolidó, paso a paso, como la conciencia crítica del Carnaval de Barranquilla. Es un espacio necesario, casi vital, para discutir de frente el relevo generacional de los hacedores, la evolución inevitable de las músicas modernas frente al folclor, y el choque constante entre la tradición que muchos quieren mantener intocable y la renovación que traen los jóvenes.
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20 años de recuerdos
Llegar a dos décadas ininterrumpidas haciendo gestión cultural de alto nivel, sosteniendo todo el andamiaje únicamente con patrocinios del sector privado, es una proeza administrativa que roza el milagro en el Caribe colombiano. Los presupuestos que el Estado destina al arte siguen siendo exiguos e insuficientes, según lamenta Antonio Celia, quien aprovecha esta celebración cumbre para lanzar un llamado urgente a la dirigencia política local y regional, pidiendo que abran los ojos y apoyen con verdaderos recursos públicos la cultura ciudadana.
Sin embargo, a pesar de las angustias financieras de cada año, el enorme esfuerzo ha dejado un baúl lleno de recuerdos que justifican cada trasnocho y cada llamada buscando apoyo. Celia sonríe cuando repasa la envidiable lista de gigantes que pisaron sus escenarios. Siendo un declarado melómano salsero, la visita de figuras legendarias como Roberto Roena, Johnny Pacheco y Henry Fiol marcaron un hito imborrable en su vida personal y en la memoria auditiva de la ciudad.
Escucharon en vivo el humor fino, sagaz y futbolero del caricaturista argentino Roberto Fontanarrosa. E incluso, los muros de La Cueva fueron el escenario exclusivo donde Antonio Celia tuvo la oportunidad de bailar salsa con Sylvia Kristel, la eterna y famosa protagonista de la película Emmanuelle, ante la mirada atónita y divertida de los presentes.
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“Tengo unos recuerdos maravillosos de mi gran cómplice, mi gran socio, Heriberto Fiorillo, que nunca olvidamos. Él fue realmente el alma y nervio de esto. Yo era su cómplice. Yo le patrocinaba todas sus maravillosas ideas”, cierra Celia.


















