Que el Papa publique una encíclica sobre inteligencia artificial dice mucho sobre la época que estamos viviendo. Las encíclicas no se escriben para comentar asuntos pasajeros o banales. Históricamente, la Iglesia las ha reservado para reflexionar sobre transformaciones profundas de la condición humana, desde las tensiones sociales derivadas de la Revolución Industrial hasta la pobreza, la guerra o el deterioro ambiental. Que ahora ese mismo instrumento se utilice para abordar la inteligencia artificial confirma que esa tecnología forma parte de una discusión mucho más amplia sobre el trabajo, el pensamiento crítico, la dignidad humana y el lugar de las personas en el mundo.

Entre los aspectos más interesantes de la encíclica está la insistencia en que la inteligencia artificial no puede evaluarse únicamente desde la eficiencia o la productividad. El Papa recuerda que trabajar no consiste solamente en producir ingresos, sino que forma parte de la propia experiencia humana, como un camino de madurez, desarrollo y realización personal. La preocupación no parece dirigirse exclusivamente hacia la eventual pérdida de empleos, sino hacia la configuración de una sociedad que, en nombre de la comodidad y la automatización, termine vaciando de sentido ciertas experiencias humanas fundamentales, desde el aprendizaje hasta la creación, el esfuerzo intelectual o incluso la capacidad de deliberar y decidir por cuenta propia.

En ese sentido, resulta saludable que una institución con el peso simbólico de la Iglesia católica se sume a un debate que desde hace algunos años vienen planteando psicólogos, educadores, científicos, filósofos y especialistas en democracia. Las preocupaciones alrededor del abuso tecnológico van desde los efectos que el consumo digital permanente puede tener sobre la atención y el desarrollo cognitivo infantil hasta implicaciones medioambientales y formas cada vez más sofisticadas de manipulación política, desinformación y polarización social impulsadas por algoritmos. No se trata de sembrar temor frente a la tecnología ni de adoptar posturas catastrofistas, como tampoco de negar los beneficios que la inteligencia artificial puede aportar. Se trata de introducir algo de prudencia y sensibilidad en todo este asunto, para equilibrar la poderosa influencia de los incentivos económicos como única guía para la toma de decisiones.

Quizá por eso valga la pena leer la encíclica con atención, incluso para quienes no comparten la fe católica o no suelen interesarse por este tipo de documentos. Tal vez una de las discusiones más importantes de nuestro tiempo consista en recordar que la vida humana no puede reducirse por completo a métricas de eficiencia, utilidad o rentabilidad: las cosas más valiosas que hacemos difícilmente admiten ese tipo de cálculo.

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