En la historia de la humanidad incluida la de nuestra América Latina, cada cierto tiempo, montándose en el caballo de la “corrupción” de la clase política y de los parlamentos, surgen movimientos con la bandera de la “antipolítica” y su máxima expresión, la figura del “outsider”. Curiosa institución pues quienes así se presentan, en el fondo lo que buscan es quedarse en el poder, manifestación máxima de la política.

Casi que la idea subyacente sería la de decir: “no soy político, pero voten por mi para volverme político”. Son muchísimos los casos en la historia que no caben en el estrecho espacio de una columna. Bastaría con mencionar algunos.

En medio de la crisis de la Italia de los años veinte, surgió como “outsider” Benito Mussolini. Su capacidad de mover masas era tal que hasta Jorge Eliecer Gaitán, alejado totalmente del fascismo, se vio influenciado por ese verbo arrollador. En la misma Italia, recientemente, apareció Silvio Berlusconi. Apodado il cavalieri, este extraño magnate del fútbol y de los medios, siempre rodeado de bellas mujeres, se apoderó por un buen tiempo de la política italiana.

Argentina y Perú tampoco han sido ajenos al fenómeno. El primero merece un capítulo aparte por el peronismo. En el segundo, por la década del noventa, irrumpió en el escenario un agrónomo de origen japonés a quien, de cariño, los peruanos apodaron “el chino”. Fujimorí, como está ampliamente documentado, llegó al poder con la bandera de la antipolítica, la lucha contra la corrupción y la promesa de acabar con el temido grupo terrorista Sendero Luminoso. Este último objetivo lo logró, pero con métodos que luego le significaron una condena por violación de derechos humanos. En este tema fue tal el éxito que incluso dirigentes políticos en Colombia llegaron a decir que el país lo que necesitaba era un Fujimori. Sabemos ya del estruendoso fracaso en la lucha anticorrupción, cuyo final fue la captura del propio Fujimori y su tenebroso asesor Montesinos por la probada compra de congresistas con dinero en efectivo para conseguir sus objetivos.

En Colombia no se han dado esos extremos, aun cuando varias veces el disfraz antipolítico ha producido réditos. Rojas Pinilla por un golpe de Estado se tomó el poder en 1953, anunciando el fin de los partidos. Desde el gobierno trató de armar un partido con la ayuda de “lentejos” y periodistas fletados que finalmente no le dio resultado. Lo logró después con la Anapo, origen remoto del movimiento M19 que hoy gobierna al país.

Sin proponérselo, la periodista María Isabel Rueda causó el surgimiento de otro “outsider” ahí sí, con buenos resultados. Ella dirigía un noticiero de televisión y publicó la foto del entonces rector de la Nacional, Antanas Mockus, mostrándole a unos estudiantes como protesta sus nobles partes traseras. El gobierno lo sacó de la U y él, hábilmente, aprovechó el episodio para saltar primero como periodista en QAP y luego, como candidato a la alcaldía de Bogotá. Logró cosas importantes como demostrar que se podía gobernar sin repartir puestos y entronizar la cultura ciudadana. Pero de la “anti política” saltó a la política y fue no solo alcalde mayor sino candidato a la vicepresidencia y a la presidencia con la “Ola Verde”. Lo extraño es que, después de tantos puestos políticos, algunos lo siguen considerando “antipolítico”.

Ejemplo distinto es el del padre Bernardo Hoyos Montoya, conocido como el “cura Hoyos”, quien mostrándose como antipolítico y en contravía de la clase política tradicional de Barranquilla, fue elegido alcalde con un prestigio que le alcanzó hasta para que lo postularan candidato presidencial. Sobra recordar cómo terminó su carrera pública.

Ese fenómeno se acentuó después de la Constitución de 1991 que, buscando acabar con el bipartidismo, lo que logró fue acabar con los partidos. Unos constituyentes auto denominados “puros”, elegidos por apenas tres millones de ciudadanos, revocaron un Congreso elegido por ocho millones argumentando que los votos de estos últimos eran clientelistas. Pero los constituyentes elegidos, en más de un sesenta por ciento fueron políticos tradicionales. En algún momento el país deberá enseriarse con partidos políticos de verdad como se demostró en la última elección con el Pacto Histórico y el Centro Democrático y poner fin a la farsa de la anti-política.

@gomezmendeza