La palabra enciclopedia nació de una expresión griega que terminó usándose para el compendio que agrupa y organiza sistemáticamente el conocimiento. En griego, enkýklios paideía, significaba “educación circular” o “formación completa”; conjunto de los saberes que debía dominar una persona culta. Con el tiempo, copistas unieron por error las dos palabras y apareció encyclopaedia.
En mi época de colegio, la tecnología de punta en las casas no era un computador sino una enciclopedia. Eran varios libros pesados, generalmente vinotinto, casi sagrados en su estante, costaban un dineral y se pagaban en cuotas. Para las tareas los abríamos y copiábamos, al pie de la letra, párrafos enteros. No se hablaba de trampa, era acceso al conocimiento. Hoy muchos miran la inteligencia artificial con recelo: “Que hagan el esfuerzo”, “no es pensar”, “reemplaza al estudiante”, gritan alarmados. Ni el maestro más conservador miró así, en ese entonces, a la enciclopedia. La historia lo confirma, la enciclopedia no eliminó el aprendizaje, lo aceleró, porque dejamos de memorizar datos para entender contextos más complejos. No era copiar, era aprender a interpretar. La IA también amplifica capacidades, no es una amenaza. Otrora copiábamos textos y calcábamos mapas, hoy la IA prepara completos análisis, revisa textos y resume información. El acto de “copiar” cambió de formato, pero la diferencia radical sigue estando en el criterio. Los que usaban enciclopedia sin entender, eran expuestos cuando les preguntaban en clase. Con la IA, delegar el pensamiento sin supervisar es riesgoso, ya que esta no reemplaza la responsabilidad intelectual. El debate no debe ser si la IA sustituye personas, sino qué parte del trabajo debe seguir siendo humano. La creatividad estratégica, el juicio ético y la intuición contextual no son softwares, se cultivan, más si liberamos tiempo de tareas mecánicas con la IA. En cuanto al acceso a información y productividad, la IA es una fuerza niveladora, más que nociva. Una PYME puede analizar mercados con la profundidad de grandes corporaciones y un profesional puede producir en minutos lo que tomaba días. No es que piense por nosotros; tampoco lo hacía la enciclopedia, que era acumulación de conocimiento, organizado con método. La IA es similar y, aunque infinitamente más veloz y dinámica, necesita dirección humana. Las revoluciones tecnológicas generan temores legítimos. La imprenta, la calculadora que reemplazó la regla de cálculo y el computador personal parecían amenazar habilidades esenciales más no destruyeron trabajo; lo transformaron. La IA no amenaza al empleado, menos si las organizaciones enseñan a usarla con criterio, ética y propósito. El riesgo no es la presencia de la IA, es ignorar que existe.
En unos años miraremos esta discusión con la nostalgia con la que recordamos a las enciclopedias, hoy adornos de venta en anticuarios. Entenderemos que nunca el libro hacía la tarea, era el estudiante, solo que ahora tiene mejores herramientas.
@achille1964








