Una democracia sana exige verdad, al igual que honestidad intelectual. Sin valorarlas en su justa medida, todo lo demás se enreda, en especial en la vida pública o política que debería incorporarlas como exigencia innegociable. De lo contrario, crecerá aún más la desafección y la desconfianza hacia el sistema, como ha sucedido estos casi cuatro años del gobierno Petro.
A una semana de la primera vuelta presidencial, después de realizar un análisis crítico, a la luz de la defensa de los valores democráticos que nos comprometen con Barranquilla, la región Caribe y Colombia entera, y tras examinar en detalle las propuestas de los aspirantes presidenciales, la casa editorial EL HERALDO —en aras de garantizar máxima transparencia informativa— ha decidido hacer público su respaldo al candidato Abelardo De la Espriella.
Entendemos que en una nación hastiada de políticos profesionales, maquinarias electorales recicladas y promesas que envejecen antes de hacerse realidad, la irrupción del abogado cordobés en la carrera a la Casa de Nariño ha sido un fenómeno político que no puede desconocerse. Su candidatura, construida desde el discurso del outsider y la confrontación directa contra el establecimiento, ha conectado con un electorado desencantado que siente que se le agotó la paciencia frente a la rampante corrupción, creciente inseguridad y, sobre todo, el enorme deterioro institucional de un Ejecutivo que no ahorrado ningún esfuerzo para colonizar el Estado, polarizar el debate público y convertir a la democracia en víctima.
Abogado penalista, empresario reconocido y figura mediática de carácter explosivo, De la Espriella proyecta imagen de autoridad, independencia y mano dura que seduce a sectores cansados de la improvisación. Su principal fortaleza política radica en que no pertenece a la política tradicional, nunca ha ocupado cargos públicos, no carga con el desgaste burocrático y se muestra decidido o, al menos, dispuesto a hacer lo que otros no se atreverían. En tiempos de desconfianza hacia las élites partidistas y progresistas, ese activo pesa bastante.
Pero más allá de su estilo vehemente, cuestionado o criticado por muchos, existe un valor estratégico imposible de soslayar. ‘El Tigre’ es la opción más cercana que ha tenido el Caribe colombiano de regresar a la Presidencia desde la lejana época de Rafael Núñez. Y eso, en una región históricamente relegada por el intratable centralismo bogotano, tiene un valor simbólico descomunal. De la Espriella habla como costeño porque sí que lo es, piensa en clave caribe y entiende problemas que desde la fría capital se miran con distancia y desdén.
Si bien es cierto que el carácter y el origen adquieren especial relevancia en esta elección, el método de gobierno también resulta determinante. La candidatura de Iván Cepeda, quien aspira a suceder a Petro, representa, en esencia, la prolongación de un experimento fallido que ha atacado la democracia con la excusa de salvarla. El senador del Pacto Histórico no ha marcado distancia de ese modelo. Todo lo contrario. Ha sido uno de sus principales defensores políticos e ideológicos. Respalda sin matices las reformas fallidas del Ejecutivo; justifica la estrategia de paz total, pese al evidente fortalecimiento de estructuras criminales y ha acompañado el discurso, según el cual, cualquier resistencia institucional equivale a un sabotaje democrático, lawfare, ‘golpe blando’ o lo que se le parezca. Ese es precisamente el riesgo de su candidatura, que acabe por perpetuar un esquema de autoridad que desdeña el consenso, desacredita los pesos y contrapesos y hace del sectarismo lógica de gobierno.
El problema no es solo ideológico, es institucional. El petrismo posicionó la peligrosa idea de que el Estado le pertenece al proyecto político que gana las elecciones y no a todos los colombianos. De modo que esto no se trata únicamente de la continuidad del progresismo, sino de la persistencia de una errática doctrina que deterioró la confianza institucional, exacerbó los extremos y debilitó la capacidad del Ejecutivo para solventar con eficacia las necesidades básicas de los ciudadanos o gestionar los problemas reales que enfrenta el país.
Colombia no resiste otros cuatro años atrapada en una confrontación permanente, sumida en el caos administrativo y en una crispación inducida desde el resentimiento ideológico o la revancha política que nos ha enseñado a odiarnos para dividirnos. La narrativa de cambio del petrismo terminó por convertirse en una estrategia sistemática de señalamiento contra quienes no se alinearan con el relato oficial. Persistir en el modelo del petrismo, aunque se cambie de rostro, significaría prolongar una visión sectaria que ha debilitado al país y ha impedido construir acuerdos nacionales alrededor de los verdaderos problemas de la gente.
El próximo presidente debe reconstruir la confianza, recuperar el sentido técnico del Estado y gobernar para todos, no únicamente para los que piensan igual a él. Este país necesita serenidad institucional y retomar consensos. No más discursos incendiarios, peleas contra enemigos imaginarios ni delirantes proyectos personalistas empeñados en fracturar a la sociedad y silenciar la conversación democrática para mantenerse vigentes políticamente.
Sin duda, ‘el Tigre’ también despierta inquietudes legítimas. Su visión de orden, autoridad y recuperación del control estatal generan preguntas inevitables sobre los límites del poder y el tono democrático de su posible gobierno. Pero sería un error subestimar su factor diferencial. Porque en una Colombia inmersa, en gran medida, en la indignación y decepción colectiva, el candidato de Defensores de la Patria comprendió que cada vez más gente ya no apuesta por políticos ‘correctos’, sino por líderes capaces de transmitir carácter y garantizar ruptura. Y en ello reside su disruptiva fortaleza electoral que sigue in crescendo.
EL HERALDO fija su posición, mantiene total respeto por el derecho al voto libre, consciente e informado de los ciudadanos, y confía en que estos ejerzan su deber y elijan de manera autónoma entre las diferentes alternativas que ofrece la actual contienda. En todo caso, no renunciamos, si es que De la Espriella vence, a vigilar su ejercicio en el poder para evitar abusos, actuando como contrapeso fiscalizador de su gestión y exigiendo que rinda cuentas.








