La pobreza en Colombia no es resultado de voluntades individuales, sino una compleja trampa estructural que nos desafía como nación. Esta premisa cobra una realidad desgarradora cuando se le pone un rostro. Como la de una familia que conocí recientemente, con una madre de avanzada edad, con sus piernas amputadas, y dos hijas con discapacidad profunda que conviven en un espacio donde el piso es la única opción para el descanso. Su sustento proviene de José, un joven que intenta proveer por cinco adultos con la venta informal de bolsas, en un entorno donde las carencias más básicas -desde un sanitario y una estufa- son la norma.
La producción El juego de la vida, basado en un estudio de la Universidad de los Andes, fundamentado en un rigor estadístico que no podemos ignorar, nos muestra rostros e historias reales de las estadísticas. El estudio señala que en Colombia existen aproximadamente 5,2 millones de seres humanos en condición de pobreza multidimensional, atrapadas en “trampas perpetuas”. Son estructuras del entorno que crean un juego desigual donde, incluso cuando las personas trabajan con una dedicación admirable, las condiciones de partida y la falta de redes de apoyo les impiden progresar y pueden llevarlas a que su situación empeore con el tiempo.
Por ello, la transición desde un hogar pobre hacia la clase media acarrea una dificultad extrema, no por falta de ganas, sino por la ausencia de garantías mínimas que permitan esa movilidad social.
La magnitud del reto requiere redoblar esfuerzos de manera colectiva para lograr sinergias entre la experiencia de organizaciones de reconocida trayectoria como Nu3, Actuar, Cruz Roja y Pastoral Social, la capacidad de gestión del sector privado y la potencia de los programas sociales de los gobiernos locales, de manera que el apoyo llegue de forma integral y jóvenes como José vean un horizonte distinto para su familia. El objetivo debe ser pasar de la observación de la estadística a la implementación de soluciones que transformen vidas de manera sistémica.
El camino hacia una Colombia con una democracia fortalecida, con mayor respeto por sus instituciones y menos personas vulnerables al populismo, pasa necesariamente por la suma de voluntades para disminuir la desigualdad.
En Atlántico, ya hay resultados. El DANE dice que, de 2018 a 2025, la pobreza multidimensional se redujo de 21,1% a 8,5%, gracias a avances en informalidad laboral, condiciones de las viviendas, hacinamiento y mayor escolaridad. El logro es notorio y nos debe estimular para ir por más. Porque la meta debe ser construir un sistema donde la movilidad social de una familia, e impedir su retroceso, no sea una excepción heroica, sino una posibilidad real dentro de un marco de apoyo robusto.
@mfernandezariza
*Presidente Ejecutivo de la Cámara de Comercio de Barranquilla.








