No es fácil ser demócrata. Es más, tengo la sospecha de que muchos de los que se llaman “demócratas” realmente no lo son. Y creo que no es fácil porque exige enfrentar un impulso muy humano: el de imponerse, el de creerse dueño de la verdad y el de suponer que nadie puede hacer las cosas mejor que nosotros. En el corazón humano está presente esa tendencia.
Ser demócrata implica la humildad de saber que nuestro pensamiento y nuestras maneras de llevarlo a la realidad no son absolutas. Implica aceptar que convivir con otros establece límites y exige procesos consensuados y reglados por la sociedad. No es solo ir a las urnas, sino que implica una dinámica de vida que acepta los contrapesos establecidos y que gestiona el impulso de monarca que habita en todo líder.
Una dinámica que, como diría Jürgen Habermas, se basa en la idea de que los ciudadanos son capaces de hacer uso público de la razón. Y sabemos que, en el contexto habermasiano, la razón es la voluntad de diálogo entre interlocutores que se reconocen como válidos. Esto solo es posible si se sostiene un diálogo racional, el reconocimiento del otro como interlocutor válido y la construcción compartida de la verdad.
Hay que ser cuidadosos en estos días con los líderes que, vestidos con trajes de democracia, buscan imponerse sin aceptar ninguna responsabilidad ni crítica. Sus soluciones -casi siempre- son simplistas frente a los complejos problemas de nuestra realidad, y exacerban las emociones más intensas con sus discursos, tratando de ocasionar una adhesión ciega a sus proyectos. La democracia no acepta fanáticos, sino seres humanos capaces de usar su criterio para comprender lo que sucede, que siempre desborda las soluciones rápidas.
Entonces es necesario un constante escrutinio interior: ¿Qué ideas son las que me hacen apoyar tal o cual proyecto político? ¿Qué emociones me generan los discursos de quienes los representan? ¿Encuentro algo de verdad en las propuestas de otros actores de la realidad política? ¿Esos comportamientos están alineados con mis valores? ¿Hay otros lugares en los que esas propuestas se hayan hecho realidad? ¿Han sido exitosas?
Y claro, el continuo análisis crítico de lo que escuchamos, de las propuestas que nos hacen. Dudar con método, sospechar de lo fácil y entender que, si algo me lleva a odiar o a negarme al otro, no puede estar alineado con los valores que me definen. Sin el diálogo verdadero, la vida en común se hace imposible. El conflicto no es el motor del desarrollo. Solo crecemos y mejoramos si somos capaces de construir consensos desde la comprensión y la argumentación.
@Plinero








