En Colombia solo una minoría va a votar por convicción. La inmensa mayoría va a ir a las urnas a votar en contra de alguien o de algo. La polarización, la política del espectáculo y las emociones que mueven al país han redefinido la forma de votar: más un ejercicio de contradicción que de aprobación. El voto colombiano de 2026 no es un acto de fe, es un acto de rechazo.
Y eso, que suena a derrota cívica, merece una lectura más generosa.
Los que van a votar por Iván Cepeda no necesariamente quieren una Asamblea Constituyente — que es lo que vendría si llega a la presidencia. Y los que van a votar por Abelardo de la Espriella difícilmente quisieran que Colombia saliera de la ONU — o por lo menos eso quisiera creer. Nadie vota por el paquete completo. Se vota por la parte que se tolera, contra la parte que no se soporta. Esa brecha entre el candidato real y el candidato que el votante imagina es, quizás, el rasgo más definitorio de esta elección.
Aunque muchos a estas alturas aún no sepan por quién votar, la mayoría sabe con una precisión casi quirúrgica por quién no votaría. Y ahí está la clave: la democracia también funciona cuando el ciudadano sabe lo que rechaza, aunque todavía no sepa exactamente lo que quiere. El descarte no es cinismo, es depuración. Quien elimina ha observado, ha escuchado, ha comparado. Ha detectado la mentira chiquita, la evasión sistemática, el gesto que lo dice todo. Eso también es trabajo político.
Lo que se rechaza además es más estable que lo que se apoya. Las adhesiones se mueven con las encuestas y los escándalos de última hora. Los descartados, en cambio, rara vez regresan. Una vez que alguien cruza cierta línea — una amenaza a la democracia, la corrupción normalizada, un estilo de liderazgo que incomoda — difícilmente vuelve al ruedo. Esa firmeza también es una forma de memoria.
Al final, rechazar implica elegir. El colombiano que llega el 31 de mayo sin certeza total pero con su lista de eliminados ha hecho un ejercicio genuino de criterio ciudadano. Ha trazado sus límites. Ha dicho, en silencio, qué tipo de país no quiere. Eso, multiplicado por millones, también dibuja un país. Quizás no el que soñamos, pero sí el que, por ahora, estamos dispuestos a defender.
@tatidangond








