En Colombia hay una confusión que cada vez se vuelve más peligrosa: creer que el abogado penalista es lo mismo que su cliente. Y no lo es. Nunca lo ha sido. Pero en medio del ruido, de la indignación fácil y del populismo punitivo, esa diferencia parece haberse borrado. Defender no es justificar. Defender es garantizar que el proceso exista, que las reglas se respeten y que el poder del Estado tenga límites.

Pero hoy, quien ejerce la defensa penal no solo enfrenta un caso. Enfrenta el señalamiento, la estigmatización y, muchas veces, el ataque directo. Se cuestiona al abogado como si fuera cómplice, como si su labor fuera reprochable, como si garantizar derechos fuera una falta. Y eso dice más de la sociedad que del abogado.

Porque este rechazo no es otra cosa que populismo punitivo disfrazado de moral. Una falsa idea de justicia donde todo se reduce a castigar, donde el debido proceso incomoda y donde la defensa parece un obstáculo en lugar de una garantía.

Lo curioso es que esto no ocurre en otros ámbitos. Cuando un actor interpreta a un delincuente, nadie lo acusa de serlo. Cuando un médico atiende a una persona peligrosa, nadie cuestiona su ética. Todos entienden que está haciendo su trabajo. Pero cuando se trata de un abogado penalista, la reacción es distinta. Ahí sí aparece el juicio fácil. Como si defender fuera sospechoso.

Y lo más grave es que ni siquiera se respeta algo tan básico como la presunción de inocencia. Hoy basta con una investigación, una captura o un titular para que alguien sea condenado socialmente. Sin pruebas, sin juicio, sin garantías. Solo con la fuerza del señalamiento.

Quienes critican rara vez se detienen a pensar lo que implica estar en un proceso penal. No saben lo que es enfrentar una investigación, la presión, la incertidumbre. No entienden que estar siendo investigado no es lo mismo que ser culpable.

Y tampoco quieren ver una realidad incómoda: las cárceles no están llenas únicamente de culpables. También hay inocentes, errores judiciales, procesos mal llevados y personas que nunca debieron estar ahí. Por eso la defensa es incómoda. Porque pone límites. Porque exige pruebas. Porque obliga a hacer bien las cosas.

Y en un entorno donde se quiere rapidez, castigo y titulares, eso molesta. Pero sin defensa no hay justicia. Sin abogados penalistas no hay equilibrio. Sin garantías, lo único que queda es el abuso del poder. Defender no es un privilegio. Es una necesidad. Y hacerlo, en medio de ataques, prejuicios y desinformación, no solo es un trabajo. Es, cada vez más, un acto de carácter. Defender, en Colombia, sigue siendo y debe seguir siendo un acto de honor.

@CancinoAbog