La reciente arremetida de Petro contra el alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, no puede entenderse como una simple controversia institucional. ¡Qué va! Hace parte de la calculada estrategia político-electoral, con la que el presidente-candidato busca ser protagonista en la determinante campaña presidencial que definirá el rumbo del país. También responde, cómo no, a su usual conducta de recurrir a la confrontación directa, al señalamiento ruin o a la descalificación para debilitar a los que identifica como enemigos de su proyecto político.

Sus afirmaciones sobre la falta de transparencia en el manejo de recursos para la educación o el Programa de Alimentación Escolar (PAE) de la ciudad carecieron de sustento probatorio o evidencias. Y es bien sabido que cuando las acusaciones sustituyen a los hechos, la política deja de ser un ejercicio democrático para convertirse en una herramienta de propaganda.

La reacción del alcalde no solo era previsible, sino necesaria. Char defendió a Barranquilla y, de paso, el derecho de sus habitantes a conocer la verdad ante una narrativa construida sobre insinuaciones, dudas y sospechas. Con cifras y resultados, el burgomaestre recordó que la ciudad financia el 75 % del PAE con sus recursos propios y que sus indicadores sitúan a su modelo educativo como uno de los más reconocidos en el país. Además, lo hizo señalando una verdad incómoda para el Gobierno nacional. Sí, durante estos casi cuatro años, mientras Barranquilla se ha esforzado por progresar, la nación le levantaba obstáculos insalvables y dejaba sin respuesta a numerosos proyectos estratégicos para sus ciudadanos.

Lo preocupante es que este episodio ratifica un patrón insistente en el presidente. Petro es incapaz de reconocer como interlocutores legítimos a quienes piensan distinto a él. En su visión, los contradictores políticos son enemigos irreconciliables a los que hay que aniquilar o destruir moralmente. Su lógica de confrontación constante contaminó la relación entre el Gobierno nacional y gran parte de los alcaldes y gobernadores, afectando la coordinación institucional requerida para encontrar soluciones a los problemas reales de los ciudadanos.

Resulta bastante llamativo que sus acusaciones se produjeran en la antesala de la primera vuelta presidencial. Más que un ejercicio de control político, esta embestida lo mostró como un agitador político, un instigador de discordias, decidido a deslegitimar a los dirigentes territoriales que no son parte de su proyecto político. Tampoco es casual que Barranquilla sea blanco frecuente de sus ataques. Esta ciudad representa un modelo de transformación urbana, desarrollo y gestión pública que demuestra eficacia sin depender de la Casa de Nariño. Y, además, es uno de los principales bastiones políticos alejados del oficialismo, referente de liderazgos con carácter que Petro no ha podido socavar, pese a sus invectivas.

El presidente-candidato parece desesperado. Consciente de que su ventaja electoral se ha ido estrechando, elabora un relato engañoso para generarles tensión política a sus adversarios. El método Petro no discute ideas; demoniza personas, no presenta argumentos; lanza sospechas, no asume responsabilidades; busca culpables externos. Hoy, más que nunca, pretende desviar la atención de los pobres resultados de su gobierno, que llega a la recta final acumulando desencanto y promesas incumplidas con toda la región Caribe. Sin duda, cuando los balances son adversos, el recurso fácil es montarse una historieta de quiebre definitivo, en la que el contrario se convierte en la explicación de todos los fracasos y crisis.

Alcaldes, gobernadores, empresarios, medios de comunicación, cortes o entes de control pasan a ser responsables de todo aquello que el Gobierno no fue capaz de solventar. De esa forma, la lógica del desprecio acaba siendo otro instrumento de campaña que se instala en el discurso público, dando cabida a la exageración, la distorsión y la mentira que alimentan nuevos odios y resentimientos, para mantener bien cohesionada a la base electoral propia.

La democracia se fortalece cuando reconoce el valor de la diferencia. Y este no es el caso. Petro no comprendió que gobernar implica trabajar en equipo para abrir caminos, no para fabricar enemigos. Y en el ocaso de su mandato, luce más concentrado en librar batallitas electorales que en responder por las deudas pendientes de su gobierno. Su ofensiva contra Barranquilla certifica su absoluto interés en el cálculo político, la división y el revanchismo, contrarios a la verdad. Por eso la respuesta del alcalde Char trasciende la defensa de una administración. Es también la reivindicación de nuestra autonomía territorial frente a un Gobierno obcecado que antepuso su cruzada de retaliaciones a su mandato constitucional.