Colombia celebra este domingo una de las elecciones presidenciales más determinantes que se recuerde. Más de 41 millones de ciudadanos están llamados a decidir si se prolonga el modelo político, económico y social impulsado por el primer gobierno de izquierda de la historia o si, por el contrario, se emprende un viraje hacia la derecha. Ahora bien, lo que está en juego desborda una simple alternancia democrática. La verdadera trascendencia de la jornada no radica únicamente en quién gane, sino en la capacidad de nuestra democracia para superar una de las etapas de mayor polarización, desconfianza y confrontación de las últimas décadas que amenaza con debilitar la fortaleza o la estabilidad de sus instituciones.
La disputa electoral ha quedado reducida, en la práctica, a tres candidaturas con opciones reales. El oficialista Iván Cepeda, el outsider Abelardo de la Espriella y la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, concentran las posibilidades de pasar a una segunda vuelta que se anticipa intensa. Dicho esto, en el trasfondo de la elección aparece el reto de que construir un país viable para todos los colombianos en medio de la fractura política que amenaza con convertirse en una barrera infranqueable para garantizar su gobernabilidad.
En ese sentido, la complejidad del momento exige total compromiso con la transparencia electoral. Las autoridades, en especial la Registraduría y los entes de control, validan la solidez e integridad del sistema y las misiones de observación electoral del exterior realizan un despliegue sin precedentes para blindar la votación. Lo propio ha hecho la fuerza pública. Sin embargo, resulta imprescindible advertir que la desinformación, las denuncias cruzadas y los cuestionamientos sin pruebas ni evidencias sobre supuesto fraude, amplificados por el Gobierno nacional, han aclimatado un ambiente de sospecha profundamente perjudicial.
Ninguna diferencia política justifica desacreditar el actual proceso electoral ni desconocer la voluntad popular. Corresponde ahora a candidatos, partidos y ciudadanos actuar con responsabilidad y respetar irrestrictamente los resultados. Sin esa aceptación democrática, cualquier ganador se verá debilitado y el país quedará expuesto a una crisis de legitimidad.
Preocupa que ciudadanos terminen votando contra alguien y no a favor de un proyecto de país. En esta campaña se ha privilegiado la descalificación sobre el argumento, la mentira sobre las propuestas y la ideología política sobre el examen de los programas de gobierno. Cuando la indignación, el miedo, el odio o el resentimiento se usan como instrumentos de movilización electoral, la democracia se vuelve incapaz de producir consensos y soluciones.
La violencia, sobre todo la política, añade una alarma todavía mayor. Asesinatos, amenazas contra candidatos y la presión de estructuras ilegales confirman un alarmante deterioro de la seguridad que no debe trivializarse. El voto tiene que estar libre de cualquier coacción armada, intimidación criminal o interferencia burocrática. Por eso, merece rotundo rechazo la indebida participación en política de servidores públicos, empezando por el presidente. Esta es una práctica que distorsiona la voluntad ciudadana y degrada a la institucionalidad.
El próximo mandatario heredará un país lleno de urgencias: inseguridad, salud, crisis fiscal, corrupción, desigualdad o pobreza. La lista es larga. Pero, sin duda, reconstruir la confianza democrática tiene que ser prioridad, porque gobernará una nación dividida, un Congreso fragmentado y un escenario político, donde los reproches mutuos se fueron normalizando.
Colombia necesita recuperar la sensatez. Insistir en disputas ideológicas trunca el futuro. Más allá de quién gane o de que se vote entre continuidad o cambio, gobernar requerirá acuerdos, respeto institucional y disposición para escuchar al otro. El verdadero desafío no es derrotar a una mitad del país, sino encontrar la manera de concertar con ella. Por eso, este domingo, los ciudadanos deben votar a conciencia, bien informados, distanciados de fanatismos y presiones, pensando no en derrotar a un enemigo político, sino en construir una nación reconciliada. Ninguna democracia es capaz de sobrevivir indefinidamente si la convivencia se hace imposible entre sus habitantes por sus diferencias o peleas insalvables.








