La materialización de la KZ Carnaval es una noticia alentadora para el tejido cultural de Barranquilla. El singular proyecto, en el que se invertirán $4.500 millones para recuperar la emblemática Bodega Águila, en el corazón de Barrio Abajo, representa mucho más que la rehabilitación de un inmueble histórico o la apertura de un nuevo atractivo turístico de la ciudad. Esta es, en realidad, una apuesta estratégica, además de imprescindible, para que el Carnaval, nuestra fiesta grande y el evento folclórico más importante de Colombia, deje de ser una eufórica celebración estacional, de escasos cuatro días, y se convierta, por fin, en un ecosistema cultural dinámico y productivo los 365 días del año, como es el deber ser.
Durante años, hacedores, gestores culturales, artistas y portadores de tradición reclamaron justamente un espacio permanente para la creación, la formación, la circulación artística y la sostenibilidad económica del Carnaval, al que han dedicado —en muchos casos— la mayor parte de sus vidas. Esa deuda histórica comienza ahora a saldarse con una iniciativa que, además de rescatar un símbolo del patrimonio industrial barranquillero, aspira a consolidarse como un epicentro académico, turístico, creativo y cultural de la región Caribe.
La transformación de la antigua Bodega Águila en la KZ Carnaval emula experiencias exitosas en otras capitales culturales del mundo. Es así como Sevilla convirtió el flamenco en una poderosa industria cultural; Buenos Aires hizo del tango una experiencia imperdible para sus visitantes y México supo proyectar internacionalmente el universo de los mariachis. Barranquilla, cuna de un carnaval, que es obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, declarado por la Unesco en 2003, estaba en mora de dar ese paso relevante.
Lo mejor es que lo hace desde el lugar correcto. Barrio Abajo es referente cultural de la fiesta, donde la tradición se respira en sus calles y memorias colectivas. Allí, la KZ Carnaval ofrecerá experiencias inmersivas, talleres de formación artística, espacios de ensayo y de exhibiciones y, en suma, una programación permanente que permitirá que los visitantes nacionales y extranjeros, así como los locales, se gocen la fiesta en cualquier época del año.
Ese es, precisamente, el mayor acierto de este proyecto. La KZ Carnaval abre la posibilidad de convertir la tradición en una verdadera economía cultural capaz de generar nuevas oportunidades de empleo y de ingresos para hacedores, músicos, bailarines, artesanos, coreógrafos, diseñadores, grupos folclóricos y emprendedores. Por tanto, su alcance no es solo simbólico, también dará vida a experiencias de turismo y formación para dignificar el trabajo diario de quienes han sostenido el patrimonio cultural de la ciudad, muchas veces desde la precariedad. Priorizar sus necesidades resulta, a todas luces, un imperativo moral.
Pero el entusiasmo no puede impedir ver los desafíos. La KZ Carnaval solo tendrá sentido si logra ser funcional, incluyente y sostenible. Resulta indispensable construir una agenda cultural robusta, diversa y continua, capaz de atraer turismo, activar la cadena económica, crear oportunidades de negocio y mantener ese espacio activo. Además, será fundamental garantizar transparencia en su operación, participación efectiva de los sectores culturales y mecanismos claros para evitar que los beneficios terminen concentrados en pocos actores. Su sostenibilidad financiera a través del modelo de gobernanza mixta planteado entre Distrito, Carnaval S.A.S y entidades culturales, así como la seguridad del entorno serán claves para que el proyecto no se marchite, como otras iniciativas culturales en Barranquilla.
Estimula que la KZ Carnaval esté acompañada de más inversión cultural, con nueva dotación para la Fábrica de Cultura, construcción de conchas acústicas en Riomar y el Suroccidente, y de sedes propias para el Carnaval de la 44, el Carnaval del Suroccidente y el Carnaval Gay.
Sí, falta camino por recorrer, de hecho se espera la reapertura del Teatro Amira de la Rosa y del Museo de Arte Moderno de Barranquilla (MAMB), pero esta es la dirección correcta. Sin duda la cultura, sustentada en la identidad currambera, puede ser motor de desarrollo social, económico y creativo de nuestra ciudad. Y en el caso del Carnaval es justo reconocer que detrás de cada disfraz hay familias enteras que merecen vivir con dignidad y estabilidad.







