Por estos días no hay camello, ni clases escolares, son las propias vacaciones cortas. O un “puente” largo. Todo se debe a que celebramos la Semana Santa, aunque muchos no tengan muy claro qué es lo que estamos festejando. Incluso hay quienes no entienden por qué la celebración a veces cambia de día, y a veces hasta de mes. Tampoco les interesa. Y menos que dichos cambios obedecen a la aparición de la primera luna llena después del equinoccio de primavera, que la mayoría ni se acuerda qué es equinoccio, ni se han dado cuenta que siempre en Semana Santa hay luna llena.
En este país donde por encima de la historia priman los influenciadores que se manifiestan por internet, y además gobernado por un desvariado que detesta a Israel y a los judíos, poca importancia se da al hecho que la cosa comenzó hace muchísimo tiempo, cuando el éxodo judío que algunos sitúan en el año 1447, y otros en el 1313, ambos, claro, antes de Cristo, precisión que a nadie quita el sueño, da lo mismo, lo que importa son las vacaciones. Pero sí vale la pena contarle a Petro que el festejo de la pascua nace del éxodo, la conmemoración de la liberación del pueblo judío desprendiéndose del yugo egipcio, y que desde el año 325 en el primer Concilio de Nicea, que dicho sea de paso fue convocado para otro tema, la Iglesia oficializó que nuestra Semana Santa se celebrase después del equinoccio, y fuera coincidente con la fiesta judía. Cuando se entere, la prohibirá, ignorando que también hoy comienza el “Triduo Pascual”, conmemoración no sólo de la vida pasión y muerte de Jesús, sino del milagro de la resurrección de Dios hecho Hombre, y también de la institución de la Eucaristía y del Orden Sacerdotal.
Aprovechemos para recapacitar: Tal como los romanos de la época, el petrismo posee el poder político, y cuenta con todos los billetes para orientar el triunfo de su candidato, lo que sería el desastre. A pesar que la olla quedará raspada, a la presidencia hay ¡catorce! aspirantes, con más de un Judas. Tal exceso podría poner en peligro hasta la realización de una segunda vuelta. La unión es un imperativo. No se puede atomizar los votos anti petristas, ni ser tibio. Para eliminar el riesgo de un “cepedazo”, de este lado no puede haber más de dos opcionados buscando, como ocurrió en Bogotá con aquél tipo Bolívar, que Cepeda quede de tercero.
El petrismo pretende destruir a Colombia, y lo está logrando. Para impedirlo, necesitamos que Abelardo funja como Pedro, y se convierta en la piedra sobre la que reedifica al país.
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