Hace unos meses escribí en este espacio sobre las decisiones de Finlandia y Dinamarca de restringir el uso de celulares en los colegios, motivadas por la creciente preocupación por sus efectos en el aprendizaje y la salud emocional de los estudiantes. Desde entonces, el debate no ha hecho más que ampliarse y otros países han empezado a examinar el problema con la misma seriedad. Poco a poco se comprende que el impacto de estas plataformas sobre niños y adolescentes es lo suficientemente profundo como para exigir respuestas claras desde la política pública.

El giro responde a la acumulación de evidencia académica. Investigadores como el neurocientífico Jared Cooney Horvath han advertido que la sola presencia del teléfono móvil puede interferir con la atención y la capacidad de aprendizaje, incluso cuando el dispositivo no se está utilizando activamente. La psicóloga Jean Twenge, por su parte, ha documentado un incremento notable de problemas de ansiedad, depresión y aislamiento social entre adolescentes desde de la generalización del acceso a teléfonos inteligentes y redes sociales. Ambos expusieron recientemente estas preocupaciones en una audiencia del Senado de Estados Unidos dedicada al impacto del tiempo frente a pantallas en niños y jóvenes.

Algunos gobiernos ya han decidido actuar con mayor determinación. En Australia, por ejemplo, varios estados han establecido políticas que obligan a los estudiantes a mantener sus teléfonos apagados durante toda la jornada escolar, mientras el país ha abierto además el debate sobre posibles restricciones al acceso de menores a redes sociales. La lógica es clara: si el uso intensivo de estas plataformas afecta el aprendizaje, el sueño, la atención y la salud emocional de los adolescentes, el entorno escolar no puede convertirse en un territorio sin regulación. El colegio, después de todo, debería ser un espacio donde la atención y la conversación ocurran sin la interferencia constante de algoritmos diseñados para capturar el tiempo y la mente de sus usuarios.

No sería extraño que dentro de algunas décadas miremos hacia atrás con cierto asombro. Durante mucho tiempo también se toleró sin mayor discusión el consumo de tabaco o el acceso indiscriminado al alcohol antes de reconocer sus efectos sobre la salud pública. Es posible que algo parecido ocurra con el ecosistema de pantallas, redes sociales y dispositivos móviles que hoy rodea la vida de millones de adolescentes: cuando se acumulen más evidencias, quizá terminemos tratándolo con la misma cautela con la que hoy regulamos otras sustancias potencialmente dañinas.

moreno.slagter@yahoo.com