Todo ser humano, en todo el sentido de la expresión, termina guiado por las metas que se propone, las cuales se convierten, en últimas, en su hoja de ruta hacia el fin perseguido. Las metas, entonces, son los resultados finales dentro de situaciones ideales que una persona, equipo u organización desean alcanzar en un tiempo determinado. Al final, se calificará con sentida precisión si fueron alcanzadas o no, y si se fracasó en el intento frente a los logros propuestos.
Sin la imposición de metas, el mundo no sería lo que es hoy día, pues todo proviene de nuestro sentir y de nuestra creatividad como seres pensantes. Así, a manera de ejemplo, el desarrollador de los automóviles se impuso la meta de crear algo que nos transportara; sin ese excepcional invento, producto de una meta concreta, aún estaríamos a lomo de mula. Desde antes de la Revolución Industrial y con posterioridad a ella, todo obedece a propósitos y a metas impuestas. Por ello debemos estar más que agradecidos, pues el desarrollo industrial, científico y social obedece a esta modalidad propia del ser humano.
Cabe señalar que no solo en materia industrial y científica se proyectan metas o propósitos; también se presentan en lo literario, en lo profesional, en lo artístico, en fin, en todo cuanto atañe a la actividad humana, sin ser la excepción el área más compleja: la política. Tema difícil, si se quiere, por la complejidad de sus actores y sus diversas metas; muchas con éxito, otras con un fracaso total. Nuestro mejor referente es el actual gobierno, con sus múltiples e incalculables yerros en el desarrollo de las metas propuestas, las cuales ha tratado de conseguir e imponer incluso por vías poco ortodoxas.
Hoy, ya a punto de culminar este gobierno “del cambio”, los resultados respecto de sus metas son vergonzosos: una salud colapsada; recortes en infraestructura, producto de una venganza contra zonas del país abiertamente rechazadas por el gobierno, como Antioquia, Atlántico (Barranquilla) y Valle del Cauca; finanzas públicas en franco deterioro, prueba de ello las constantes reformas tributarias; y una seguridad nacional con resultados deplorables. A ello se suma el detrimento en la relación entre los poderes del Estado, con clara violación al equilibrio de poderes. En fin, no cabrían en este escrito los innumerables fracasos de este gobierno, sin dejar de lado los escándalos de corrupción que el país conoce claramente, como la entrada de dineros sucios a la campaña del gobernante ilegítimo, el caso de los carro-tanques de La Guajira y muchos más.
Fueron tantos los desmanes de este gobierno, derivados de su incapacidad para cumplir sus metas, y tan constantes las impactantes noticias sobre el desajuste en la forma de gobernar, junto al mayor grado de corrupción jamás visto en la historia republicana de Colombia, que lograron socavar la capacidad de reacción del pueblo, sin darnos tiempo de reponernos del impacto de una noticia cuando ya llegaba otra y otra más, sumiendo a la sociedad en un espiral de adormecimiento y letargo, sin capacidad de asombro ni reacción.
Hoy somos testigos del sinnúmero de candidatos presidenciales que se imponen metas orientadas, de una u otra forma, a recomponer lo que este gobierno desbarató, destruyó y malversó impúdicamente; todo ello acompañado de una burla patente encarnada en el gobernante que hoy ocupa el Palacio de Nariño, en contra de Colombia entera y de sus instituciones. De todo esto solo resta desearle, de parte de todos los colombianos, al próximo gobierno, que después de vivir el período más cruento y dañino para Colombia y su gente —incluso más que la misma pandemia—, y con la ayuda de Dios, se recomponga lo que este, con tintes mesiánicos, no pudo lograr.
Freddy Otero Juliao
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