Pequeñas causas | De las tarimas a la justicia de paz: ¿Y la comida de Brian?

Un imitador de Diomedes Díaz y su expareja acudieron a un juez de paz para conciliar sobre la alimentación de su hijo, un adolescente.

Hansel Vásquez
La juez de paz y reconsideración Nidia Donado atendió en su despacho a Julio César y a Marina, padres de Brian, quienes acudieron para hablar de su hijo. Hansel Vásquez
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Un imitador de Diomedes Díaz y su expareja acudieron a un juez de paz para conciliar sobre la alimentación de su hijo, un adolescente.

Cuando Julio César entró al escenario no hubo aplausos ni algarabía. Lejos de las luces, la fiesta y los agudos del acordeón, ahora solo había un silencio, acompañado sutilmente por el sonar de las teclas del computador. Las cámaras, a las que había aprendido a mirar fijamente tras un intenso entrenamiento, ya no estaban, ni tampoco las voces emocionadas de los presentadores o las melodías que tanto le gustaban.

Aquel día, cuando ingresó a aquel despacho caluroso y estrecho, lo hizo igualmente con una sonrisa, sin importarle el contexto o la gravedad del asunto que enfrentaba.

Alejado de su rótulo de artista, Julio César se cruzó con su exesposa, Marina, antes de entrar a la sala de audiencias. A su paso, le sacó la lengua cuando esta, indiferente, le dio la espalda.

La mujer lo había citado ante la justicia de paz para lidiar una situación de suma importancia: el pago de la alimentación de Brian, su hijo menor de edad.

Marina, madre de Brian, había acudido ante la juez de reconsideración Nidia Donado en evidente desesperación por la comida diaria de su hijo, quien “a veces no tenía ni para comer”, según le contó a la mediadora. El joven, de 16 años, reside con ella desde que se separó de Julio César, quien, como ella, es docente.

Además de ser profesor de Educación Física, Julio César es más conocido por haber interpretado a Diomedes Díaz, el Cacique de la Junta, en un popular show de imitaciones en la televisión nacional. Su parecido, más allá de la voz y el acento, es bastante evidente en sus ojos hinchados y entrecerrados, sus cachetes anchos y la gesticulación de sus manos, que se movían al son de un vallenato clásico.

Cuando entraron a la oficina, a Julio César no lo esperaba un micrófono o una audiencia enfiestada, sino más bien el rostro serio de la juez, que agarraba en sus manos el expediente del caso. La doctora Donado, como se referían a ella sus visitantes, cubre todos los gastos del lugar, pues su nombramiento como mediadora es ad honorem, luego de haber sido elegida democráticamente en la localidad Norte Centro Histórico.

sin micrófono. Ya acomodados dentro del despacho de la juez de reconsideración, Marina y Julio César estaban uno al lado del otro, esperando que la mediadora diera inicio a la conciliación. La madre de Brian, delgada y pequeña, guardaba silencio ante la presencia de su expareja, que se revolvía impaciente en el asiento.

—Me disculparán ustedes por el calor —fue lo primero que dijo la juez— pero tengo el aire del despacho dañado, se suponía que hoy venían a arreglarlo.

—No se preocupe, doctora —le dijo Marina—. ¿Estamos listos para empezar?

—Efectivamente... —contestó la mediadora—. Pero primero hay algo que tengo que dejarles claro: Yo no puedo interponer una demanda por alimentos o el pago de una cuota alimentaria.

En sus labores como juez de paz y reconsideración, Nidia Donado no puede asignar cuotas alimentarias u obligar el cumplimiento de estas. Por eso, ante estas situaciones, la mediadora sugiere lo que ella llama una “oferta de alimentos”, en donde pide a los implicados comprometerse en el pago, cada cierto tiempo, de una cantidad de dinero con esta finalidad.

La petición de Marina era que Julio César pagara una mensualidad correspondiente a los alimentos de su hijo, “que está en plena adolescencia” y “come bastante”, le explicó a la juez. Brian es futbolista -contó- por lo que cuando llega a la casa le da “mucha hambre”.

—Si yo compro una libra de arroz mi hijo se come una gran parte, a mí solo me queda un pedacito —le dijo a la juez—, explicándole su situación. Además él ya tiene su noviecita, el otro día les compré boletas para ir a cine... a pesar de que yo no tengo mucha plata.

—Pero es que una libra de arroz es muy poquito —intervino Julio César, con un marcado acento guajiro—.  Y agregó: Ella sabe que cuando yo tengo plata soy extravagante con la comida. En mi casa no se compra una libra de arroz, se compran 30.

—¿Y usted por qué no le compra las 30 libras de arroz entonces? —preguntó la juez—.

—Lo que pasa es que yo ahora no tengo mucha plata... el trabajito que tengo ahora es intermitente.

—Pues yo también estoy sin trabajo —dijo Marina—. O sea... sí tengo, pero los pagos son bien atrasados. Ahora mismo me deben tres meses y ya nadie me quiere prestar plata para la comida de Brian. ¡Es que él come todos los días!

—Y yo siempre le doy plata, cada vez que me pide

—interrumpió Julio César—. El domingo pasado me pidió y yo le di 10.000 pesos.

—Pero eso fue el fin de semana pasado... hoy ya es jueves —le dijo la juez—.

—Ajá... pero es que esta semana no me ha pedido —se defendió el padre—.

Marina soltó una carcajada, que pudo disimular con un resoplido de resignación. La juez, incrédula, le pidió a Julio César reconsiderar su argumento, pues el menor debía comer todos los días, sobretodo en plena edad de crecimiento.

Julio César guardó silencio por unos cuantos segundos, recogiendo ambas manos sobre la mesa, en un gesto que parecía ensayado. Ante la mirada de la juez y su expareja, se veía como si estuviera reflexionando, quizás pensando en una solución. De repente, tras un momento en que pareció dormitar, asintió, recuperando la compostura y enderezándose en la silla.

propuesta. —¿Y bueno?

—preguntó la juez Donado—.

—Tengo una oferta —dijo Julio César—. Una solución a este problema.

Con seguridad, firme como si fuera a entonar una canción del Cacique, Julio César propuso hacer una compra de $150.000 quincenal para la comida de Brian, pero con la única condición de que la entregaría en físico, no en dinero, “pues cuando la gente ve las cosas materialmente recuerda, mientras que si no, hacen como que no existen”.

—No joda, Julio César —le dijo su exesposa—. Eso es muy poquito.

—Y …, no he terminado. Le voy a dar $5.000 diarios para el transporte.

—Bueno eso es una cantidad considerable... —intervino la juez—. ¿Estás seguro, Julio César? Recuerda que vas a firmar un acta y es un compromiso serio.

—Sí —contestó el hombre—. Estoy plenamente seguro. Y, además, me comprometo acá a pagar completamente los gastos de su grado, que va a ser en unos pocos meses.

—¿Estás de acuerdo Marina? —preguntó de inmediato.

La madre de familia, sorprendida, asintió rápidamente, reconociendo con un gesto que la oferta de Julio César había sido más de lo que ella esperaba.

La juez, a pesar del aparente éxito, guardó silencio, mirando con desconfianza al hombre que se jactaba de su propuesta victoriosa.

—Yo no tengo la autoridad para obligarlo... a fin de cuentas esto es una conciliación —le dijo la juez a Julio César—. Pero si usted no cumple, puedo avisar a las autoridades y ellos tomarán las medidas correspondientes.

—Hombre, doctora Nidia —contestó el padre—. Usted por eso no se preocupe, que yo de que pago, pago.

—Recuerda que es tu hijo —intervino Marina, preocupada—. Él también necesita a su padre.

—¡Y aquí siempre me ha tenido! Si vemos todos los partidos de fútbol juntos.

—Pero también para otras cos...

—Vamos a firmar el acta pues, ya yo me comprometí a que cumplía —interrumpió Julio César, poniéndole fin a la conciliación.

*Los nombres de los protagonistas fueron cambiados para proteger su identidad.

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