El Heraldo
Disfrazado de Negrita Puloy, Gustavo Hernández recoge dinero en una transitada vía del barrio El Recreo. Jesús Rico.
Barranquilla

Desenguayabe y desvare en último día de Carnaval

Desde tomar un plato de sopa o un baño de mar para mitigar el guayabo, hasta salir disfrazado a pedir plata en la calle fueron parte de los planes.

Planes de ‘desenguayabe’ y ‘desvare’ son los que predominan un Martes de Carnaval, cuando Barranquilla entierra a Joselito y destierra la borrachera, sea con sancocho, un baño de mar o con un par de ‘frías’ para rematar.

El último día de fiestas, revisar la cartera es lo último que quiere hacer el carnavalero. Pero no faltan los recocheros como Gustavo Hernández y sus tres amigos del barrio, que esperan hasta el cuarto día para sacarle provecho al vacile en una calle de El Recreo. 

Allí, antes de que el sol llegue a su punto más alto, Gustavo y su combo más de 300 mil pesos se han ganado. El negocio, un alegre retén en medio de la vía, en el que les bailan, besan y abrazan a todo el que por ahí transita para pedirle billetes o al menos sacarle una que otra monedita.

“Con esta platica salimos con la noviecita por ahí”, dice el joven de 16 años que hoy retoma sus estudios para validar su último grado escolar. Es segundo año que se disfraza de Negrita Puloy y la noviecita ni se da por enterada. Total, “nada más es para vacilarla”.

“El disfraz no nos hace a nosotros, somos hombres, hombres”, refuerza su amigo Jesús Herrera, en un intento por despejar cualquier duda del combo de “locas arrebatadas”. 

Los improvisados retenes carnavaleros (a la vista consentidora de la Policía) también dejaron su ganancia en El Bosque. En cada calle, hasta dos combos de niños y jóvenes controlaban el paso. Voluntario o no solo el pago levantaba los troncos, cables o cabuyas que impedían el tránsito. A baldes llenos de agua, barro o pintura se exponía todo aquel que se negara.

El sancocho

Por fortuna, Elianys Arrieta por ahí pasó bien librada y pudo llegar hasta San Martín a mitigar el guayabo con un generoso sancocho de hueso. Bebió todos los días de fiesta con su marido, pero las dos botellas de whisky y las cervezas (de las que ya perdió la cuenta) no le dejaron ningún dolor de cabeza.

“Nos gastamos como 500 mil pesos este fin de semana, pero todavía guardamos platica, porque mañana (hoy) hay que pagar el colegio de la niña”, dice la ama de casa de 25 años que organizó sus finanzas para no ‘beberse’ la mensualidad de su hija.

En la mesa de Elianys, don Fidel Chamorro sirve la sopa que ha sacado de la olla que tiene a la venta bajo la sombra de una palmera. En días de ‘desenguayabe’ como ayer sabía que se ganaría unos 160 mil pesos vendiendo platos de sancocho de hueso a 5 mil, que servía acompañados de un arroz de fríjol cabecita negra bañado con la salsa de  un pollo guisado.

La buena venta en esta calle del barrio San Martín le permite a Fidel vivir tranquilo hace siete años, desde cuando tuvo que abandonar el negocio mayorista de plátano que tenía en el mercado, cansado de la extorsión que le cobró la vida de su hermano. 

En playa

Nora Patricia Pedraza vino de Barrancabermeja a gozar el Carnaval de Barranquilla. Antes de devolverse a su tierra santandereana prefirió un baño en el mar y un “reposo” en una playa atlanticense para descansar del trajín rumbero que empezó disfrutar en la Vía 40 con la Batalla de Flores (“aunque no se pudo ver a los artistas con tanto polisombra”) y que se extendió hasta la madrugada del martes.

Como esta turista, Ever Morales, de 32 años, disfruta en el mar los últimos tragos que le quedan en una botella de aguardiente. Las olas lo relajan junto a su familia y sus amigos, hasta hacerle olvidar que ha gastado más de 300 mil pesos en cinco días de fiestas.

“Desde el viernes pasé los límites (del presupuesto carnavalero). Mañana (hoy) llego al trabajo así sea prestando”, dijo el soledeño que ahora debe asumir los gastos de la casa (incluyendo sus tres hijos) con menos de la mitad de su sueldo.

Casi en las mismas está la barranquillera Gladys Cuesta, quien gana el mínimo como empleada doméstica y gastó unos 300 mil pesos en los bazares de San Nicolás y en la Vía 40.

“Guardé alguito para pagar una cuentecita que debo, ahora la pago pa’ que me vuelvan a prestar”, expresó despreocupada en la playa, como la mujer que sabe mantener tres hijos como madre soltera y a la vez ser carnavalera. “Claro, Dios provee pa’ todo eso”.

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