El corozo, los raspaos y el agua de coco, sabores que cualquier barranquillero reconoce de inmediato, se han convertido en parte del sello de Eduardo Navas. Con ellos no solo prepara bebidas, sino que ha construido una propuesta propia en el mundo de la coctelería y los eventos.
En los últimos años, este joven barranquillero se ha ido abriendo espacio con la idea de llevar esos sabores tradicionales a otro nivel, convertirlos en experiencias que conecten con la esencia del Caribe.
“Siempre he querido llevar los sabores del Caribe a un alto nivel, que no se quedaran solo en lo tradicional, sino que pudieran transformarse en experiencias que la gente recuerde”, sostuvo.

Navas se formó como bartender en el Sena y empezó, como muchos, detrás de una barra en discotecas de la ciudad. Ahí aprendió el oficio, entendió el ritmo del negocio y fue afinando su técnica.
Ese impulso terminó de tomar forma durante la pandemia, cuando esta industria tuvo que detenerse y aparecieron nuevas oportunidades, puesto que varios de sus clientes habituales comenzaron a buscarlo para eventos privados.
“Nos dimos cuenta de que las personas ya no querían solo una bebida alcohólica, sino algo que tuviera identidad, que les recordara sabores propios del Caribe”, sostuvo.

Fue entonces cuando decidió darle un giro e incorporar la coctelería acrobática: “Al principio comenzamos con un concepto de coctelería clásica, pero siempre apostándole a la innovación. Nos decidimos por la coctelería flair porque no es solo presentar una bebida, sino crear una experiencia: un show, algunos trucos, casi magia… Es que las personas puedan vivir una experiencia única”.
Consolidación de su apuesta
Poco a poco, el negocio fue creciendo y cambiando con lo que pedía la gente. Ya no se trataba solo de cócteles clásicos o bebidas alcohólicas. Empezaron a pedir opciones distintas, dándole cabida a sabores que estaban presentes en su memoria y rememoraban su niñez.
De esta manera, varios de sus cócteles están inspirados en lugares del Caribe. Algunos evocan barrios como Las Flores; otros, paisajes como la Ciénaga de Mallorquín o el Parque Isla Salamanca.
“Detrás de cada bebida hay una historia, un recuerdo de infancia, algo que conecta con lo que somos como barranquilleros y con la identidad de nuestra región”, agregó.

Pero el esfuerzo ha dado resultados, aunque a veces debe recorrer distintos puntos del departamento y la región para poder conseguir los insumos. De esta manera, sus bebidas han llamado la atención, sobre todo entre turistas.
“Los extranjeros se sorprenden mucho porque encuentran sabores auténticos, diferentes a lo que están acostumbrados en otros países”, recalcó.

En medio de todo este proceso, Eduardo ha logrado incluir un nuevo sabor en su amplio portafolio: el jugo de caña. La decisión, explica, surgió como una forma de seguir explorando ingredientes cotidianos que pocas veces han sido llevados a escenarios más sofisticados.
“El jugo de caña es un sabor muy presente en nuestra cultura, pero casi no se ve en propuestas de coctelería. Nosotros quisimos darle ese giro, trabajarlo, transformarlo y convertirlo en una experiencia distinta”, cerró.

Una experiencia que trasciende
Eduardo ha logrado llevar todos sus sabores a distintos escenarios a nivel nacional e internacional. El Congreso de la República y el Vaticano han sido alguno de esos espacios que han servido como vitrina para mostrar su propuesta.
A eso se suman eventos como matrimonios, quinceañeros y celebraciones empresariales, donde su propuesta ha encontrado un espacio natural para conectar con distintos públicos.




















