Del sur del Atlántico de 2010 hasta hoy, la única sensación que perdura en el ambiente es de incertidumbre y zozobra, porque nada es lo mismo, ni siquiera la tierra, desde la tragedia de aquel 30 de noviembre, cuando el agua del canal del Dique arrasó con todo lo que encontraba a su paso.
“El tipo llegó: —¡Corra, señor Tano, corra, que se rompió la vaina esa! Se rompió allá arriba, donde don Héctor—. Salimos mi hijo Rafa y yo en dos motos. Eso tenía una partidura como de aquí a allá (240 metros) y se fue cayendo todo eso. Eso fue martes”.
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Así recuerda Solís Antonio Tano Montes, 15 años después, los primeros instantes del desastre que dejó la ruptura del terraplén por la creciente y el desbordamiento de la hidrovía, provocando afectaciones en cerca de 175 mil personas, 25 mil familias damnificadas y 32 mil hectáreas inundadas.
Él es un agricultor radicado en su finca El Milagro, del municipio de Santa Lucía (Atlántico). Fue el primero en sufrir el impacto del agua. En ese momento se encontraba con 20 trabajadores esperando el camión que transportaba su mercancía al mercado de Barranquilla.
Perdió 12 hectáreas de cultivos con limón, naranja, guayaba, ají, tomate, melón y papaya desde las 2 de la tarde del desbordamiento. Cuenta que a las 9:30 de la noche lograron sacar a su esposa, María Yolanda Serrano Sierra, de lo que antes era su casa. Y, tras armar un cambuche en la orilla del pedazo de carretera que quedaba, se acomodaron ahí durante cuatro meses.
“Nosotros sembrábamos melón, papaya, de todo. Doce hectáreas teníamos, llenas de cultivo. – ¿Cuánto le quedó? – ¡Ni una, ni media! Nos parábamos ahí (señalando la parte alta de la vía) como a los dos meses. Eso era como un río, como un mar. Eso atemorizaba”, relata el veterano, quien recibió a EL HERALDO en el portón de su predio y de inmediato se dispone a declarar.
No olvida que, a los cuatro días del suceso, la familia vecina, “de los Osorio”, se le acercó a darle trabajo con una propuesta que, solo por traerla a colación nuevamente, se le quiebra la voz y se asoman las lágrimas.
Así se recupera
“Dios nos ayudó grandemente. Vinieron aquí y me dijeron: –¿Tano, tú quieres trabajar?’–. Yo dije que sí. Me respondieron: –¿Tú eres capaz de darles comida a todos los trabajadores que voy a poner aquí?–. Llamé a la mujer: ven acá, mija, vamos a meternos en esto. Duramos cuatro meses dándoles comida. Hicimos un negocio. Pesado, pero salimos adelante poco a poco…”.
El agricultor lo evita con todas las fuerzas, pero el nudo en su garganta es más fuerte que él y debe parar el relato. Trata de esconder su rostro para secarse las lágrimas desesperadamente, pero sus ojos aguados lo delatan. Entonces no le queda de otra que reponerse y continuar.
“Eso es duro, es duro. Teníamos una vida muy linda, teníamos dos puestos, uno en Granabastos y uno en el mercado. Eran tres veces a la semana que llevábamos mercancía: lunes, miércoles y viernes…”.
Ya nada es lo mismo. En ese entonces, la carretera que conduce del puente de Calamar (Bolívar) a Santa Lucía estaba unos metros más adelante, así como la zona de acceso a la finca de Solís. Hoy, aún reposa el sedimento que arrastró la corriente sobre el terreno, como una arena de mar que afecta la fertilidad del suelo.
Con “la ayuda de Dios” y “berraquera”, el hombre dice que ha podido recuperar 11 hectáreas, donde siembra guayaba, coco y limones. En la temporada reciente, lo intentó sembrando naranjas, pero las plantas murieron.
De los 20 empleados que tenía, solo le quedan dos. Entre ellos, Amilkar Solano, quien señala los arbustos grises y secos del cultivo que no prosperó. Y también una laguna que se formó tras el desbordamiento. De ahí ahora sacan hicoteas y mojarras para alimentar a la familia.
Entre tanto, a unos metros de la entrada de la finca, una señalización les recuerda, con una imagen panorámica, a propios y visitantes que se dirigen al pueblo la magnitud de lo ocurrido el 30 de noviembre de 2010, mostrando el boquete y la corriente invadiendo los primeros predios.
Vendieron sus animales
Una remembranza, parecida a la de Tano, hace el campesino Sebastián Villa. Describe ese día como una fecha “tan cruel, algo grande” y que no esperaban que sucediera, pese a que algunos sectores de Santa Lucía lo venían advirtiendo a las autoridades competentes.
“Eso fue como a las 2 de la tarde. Estaba allá en la casa cuando yo veo a la gente corriendo y no sabía. Salgo y me asomo, no, no, que se rompió el puente de Colombia Pino, que fue el agua que se nos metió para ir para el pueblo”, cuenta el hombre, mientras rocía con gas el cuero de su caballo en la orilla del canal del Dique, en inmediaciones de la plaza Son de Negro, para que las moscas no fastidien al equino.
Recuerda que los primeros días les tocó armar cambuche en la margen izquierda del canal y, días después que regresaron en medio del agua, encontraron algunas “animalitas” con vida, refiriéndose a unas gallinas que terminaron vendiendo tras sacarlas por la carretera, y así continuar el traslado de su madre a Barranquilla, mientras que él se fue a buscar mejor vida a Venezuela.
“Fue una angustia tan grande, porque en esa época todo el mundo corriendo, no había canoa suficiente para sacar todos esos animales. Jamás se nos irá a borrar de la mente. El Dique, cuando ya se pone así, comienzan algunas personas acá con el mismo trauma, pensando que se va a romper, entonces para dónde vamos a coger”, manifiesta Villa.
Exigen obras
Sostiene que, para esta temporada del año, la situación se vive en aparente calma, pero no deja de pensar en que el pueblo necesita obras de mitigación.
“Primero es lo primero, yo diría: vamos a asegurar el pueblo, pero están asegurando fuera del pueblo. Todas esas obras que están haciendo, por ejemplo, para allá (señala hacia el puente de Calamar), si las estuvieran haciendo aquí, enfrente del pueblo, que era lo que estaba luchando la población, que es la parte más baja. Al fin, no pudimos hacer nada”, lamenta.
Hay que tener en cuenta que, según información de Cormagdalena, el proyecto trata sobre la “construcción de un muro de protección para la mitigación y control de inundaciones en zonas de influencia del canal del Dique en la cabecera municipal del municipio de Santa Lucía”, por un valor aproximado de 18 mil millones de pesos.
En el recorrido que hizo este medio, se observó que las obras, con un plazo de 12 meses, avanzan paralelas al cuerpo de agua, en la zona rural de la población.
Y es que la preocupación de los habitantes se centra en proyectos que verdaderamente blinden al sur del Atlántico de una tragedia similar.
Sin embargo, con el de mayor impacto, conocido como ‘Restauración de ecosistemas degradados del Canal del Dique’ y que pretende beneficiar a Atlántico, Bolívar y Sucre, “dan un paso y retroceden dos”, como dicen las comunidades.
Después de haber surtido los trámites de licencia ambiental, que lo tenían estancado, recientemente se conoció, a través de EL HERALDO, que una deuda de 508 mil millones de pesos del Gobierno nacional con la sociedad Ecosistemas del Dique podría paralizar la fase de preconstrucción, justamente a partir de este 30 de noviembre, si no llegan los recursos.
“El único reclamo que hacemos es que el Gobierno nacional deje de ponerles tantas talanqueras a las obras del canal del Dique, que se giren los recursos a Ecosistemas del Dique para que ellos sigan haciendo la labor de dragado y de mantenimiento a la vía. Si no se le hace mantenimiento a la vía de protección, estamos a las puertas de una nueva tragedia”, advierte el líder social del sur del Atlántico Gustavo de la Rosa, quien plantea la idea de acudir a las vías de hecho ante esta situación.
De la Rosa es oriundo de Suan, un municipio que no sufrió el mismo impacto de otras poblaciones damnificadas, “gracias al blindaje de la carretera nacional”, según comentan sus habitantes. Pero recuerdan que sí recibieron a familias afectadas de pueblos cercanos como Santa Lucía y Campo de la Cruz.
En Campo de la Cruz se sienten abandonados
Precisamente en Campo de la Cruz, las personas denuncian sentirse abandonadas y preocupadas, ya que las viviendas entregadas por el Fondo Adaptación a los reubicados se encuentran deterioradas, y no cuentan con recursos para intervenirlas.
“Mi casita ahora mismo está bastante deteriorada en la parte de afuera. Nos da miedo cuando llegan las brisas, porque se nos levanta el techo, tenemos goteras, nos mojamos más adentro que afuera. Las rejas las tengo amarradas con cauchos y el techo de la terraza lo tengo amarrado con las barandas de las escaleras”, dice Claudia Coronado.
Ella vive en el barrio La Inmaculada, tiene 48 años y seis hijos. Nació en el municipio de Agustín Codazzi (Cesar), pero en 1989 fue desplazada por el conflicto armado, terminando en Campo de la Cruz.
Luego, en 2010, tuvo que reubicarse nuevamente, de manera provisional, en un albergue habilitado en Sabanalarga por el desbordamiento del Dique. Como ella, otros ciudadanos están preocupados por el deterioro de sus casas.
Hay que recordar que los proyectos de vivienda empezaron a entregarse, en el caso de estas familias damnificadas de Campo de la Cruz, a partir del año 2013, por medio del Fondo Adaptación.
En ese sentido, Claudia les pide ayuda a los organismos competentes, incluyendo la Alcaldía municipal, para recuperar el estado de su casa, a través de los programas de mejoramiento de viviendas.
Hasta 2020, la entidad reportó la construcción de 4.311 casas con una inversión de 185.218 millones de pesos en once municipios del Atlántico y Barranquilla.
Así está el panorama en el sur del Atlántico después de 15 años de una tragedia sin precedentes que no desaparece de la memoria de los pobladores.













