Durante gran parte del siglo XX, volar era un privilegio. Para las mujeres, trazaba una línea difícil de cruzar. Los cielos estaban ocupados por hombres, por normas no escritas y por silencios que fijaban, sin discusión, los límites. En ese contexto, que una niña de 13 años se sentara frente a los mandos de una avioneta era toda una proeza.
Así comenzó la historia de Cecilia Gómez Nigrinis. Barranquilla la vio crecer entre dos orillas que casi nunca se encontraban, como la tradición social de una familia reconocida y el vértigo de la aviación. Su padre, José Gómez Plata, pieza clave en su historia, no le impuso límites, sino que por el contrario le abrió una puerta poco común para la época.
Fue él quien la llevó a un club de aviación al que habían traído cinco avionetas de instrucción. Allí Cecilia voló por primera vez y después de ese primer contacto con el aire llegó la propuesta de aprender, a la cual ella accedió.
Con el tiempo, ese aprendizaje la llevó a ocupar un lugar inédito tras convertirse en la primera mujer en Colombia y en Latinoamérica en pilotear un avión.
Su hijo, Luis Insignares, recordó con EL HERALDO que esa hazaña nunca fue narrada por ella como algo extraordinario. “A ella no le gustaba echarse flores. En casa se recuerda aquel primer vuelo en solitario, cuando, tras terminar su entrenamiento, tomó una avioneta de práctica, dio una vuelta por la ciudad y regresó sin novedad”.
Una pequeña de 13 años estaba escribiendo una gran historia sin ni siquiera imaginarlo en 1947. “Era muy audaz, muy atrevida. En ese entonces, no había mujeres piloto. Y aun así, mi madre estaba en el aire, sin necesidad de proclamarse pionera”.
¿‘Capitana de los Cielos’?
Su historia no se quedó solo en la aviación. En 1951 fue coronada reina del Carnaval de Barranquilla. Para entonces ya era piloto privada, y su padre incluso le había regalado una avioneta. Llegó a tener dos aeronaves a su nombre, un Cessna y un Navión, marcadas con su identidad.
Pero incluso en ese momento de visibilidad, su historia estuvo atravesada por tensiones propias de la época. El título de “Reina de los Cielos”, que había ganado por su trayectoria, generó rechazo en la Iglesia. El argumento era que ese nombre solo podía pertenecer a la Virgen María.
“El alcalde de aquel tiempo era Raúl Fuenmayor y él decidió firmar un decreto para darle esa denominación, pero el arzobispo refutó y al final pasó a ser llamada ‘Capitana de los Cielos de Colombia’”.
Su hijo la recuerda como una mujer que preparaba pudines especiales para cada uno, que dejaba escoger sabores sin restricciones. “Ella nos sabía cuidar de esa forma, siempre nos demostraba que éramos especiales”.
Celebración en las alturas
Con los años dejó de volar. El tiempo avanzó y el cielo quedó atrás. Pasaron 36 años sin que volviera a tomar los mandos de una avioneta. Hasta que en 2023 decidió hacerlo de nuevo cuando cumplió 89 años.
El vuelo fue un regalo familiar, preparado para uno de sus hijos en Estados Unidos. Subir a la avioneta no fue fácil, ya que su movilidad ya estaba limitada, pero una vez dentro su memoria estaba intacta.
“Se acordó de los mandos. Era una avioneta pequeña, similar a las que ella había tenido, y entonces, por unos minutos, volvió a pilotear y fue la más feliz”.
En ese momento aún conservaba claridad mental. No tenía Alzheimer. Su cuerpo mostraba algunas dificultades, pero su mente seguía conectada con el aire. Ese vuelo, sin saberlo, sería el último.
Poco tiempo después, su salud empezó a deteriorarse. Sufrió una caída, se fracturó la cadera y no volvió a caminar. Con el paso de los meses, llegó el Alzheimer. A ese último vuelo —el de sus 89 años— le siguió el silencio.
No fue inmediato, pero sí progresivo. “Ya había comenzado con la caída y con un principio de Alzheimer. Pero la caída, el hecho de la no movilidad, de no hacer nada todo el día, fue lo que lo aceleró todo”, explicó su hijo.
Hoy todo cambió. Cecilia está en una cama, levantándose por momentos, pasando a una silla de ruedas para comer o bañarse. El resto del tiempo está quieta. Para una mujer que había sido movimiento constante, el golpe fue doble. “Hoy no reconoce la mayoría de sus días… ni de sus meses. A mí tampoco me reconoce”.
La familia no lo esperaba, no porque ignoraran el paso del tiempo, sino porque Cecilia nunca fue una mujer quieta. Hasta antes de la pandemia, su rutina era la de alguien que siempre quería estar presente.
“Era feliz saliendo. Si alguien tenía que ir a la clínica, ella iba. Si había que hacer una vuelta, también. Acompañaba a todos”, recordó Luis.
Sin embargo, antes de que la enfermedad borrara los recuerdos, Cecilia alcanzó a ver a otras mujeres surcar los cielos que un día le dijeron que no eran para ellas. “Lo alcanzó a ver. Y estaba muy orgullosa porque todos sentimos que ella abrió un camino y es muy bonito que ahora no haya barreras”.
Hoy, aunque su memoria se diluya en silencios y días que ya no logra reconocer, permanece el rastro que dejó en el aire. Así que su admirable historia, elevada a miles de pies de altura, ya nadie podrá borrarla.


