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Se llama Cristina Isabel. No es la de la canción que inmortalizó Diomedes Díaz, pero su historia también merece ser cantada, pero por disciplina, vocación y una decisión que llegó temprano, cuando otros apenas empiezan a preguntarse qué quieren ser.

A sus 25 años, esta joven cordobesa ya carga un recorrido de admirar. Inició sus estudios universitarios cuando apenas tenía 15, justo después de terminar el colegio. Lo hizo con una beca completa que le abrió las puertas de la Universidad del Norte, donde cursó Medicina con el respaldo del 100 % de su matrícula cubierta.

Y aunque hoy tiene claro su camino, no siempre fue así. La pediatría no estaba en sus planes desde el inicio.

“Descubrí que me apasionaba profundamente trabajar con niños. Siempre me impactó la capacidad de los pediatras para entender a sus pacientes, incluso cuando ellos no pueden expresar lo que sienten”.

En manos de Cristina Isabel Guerra Patrón, esa mirada atenta, paciente, casi intuitiva, la llevó a obtener el primer lugar en el XXVIII Congreso Internacional de Actualización en Trastornos del Neurodesarrollo, realizado en Valencia, España.

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La joven médica presentó su trabajo de grado, titulado Patrones de juego individual como marcadores de compromiso neurocognitivo en niños con Trastorno del Espectro Autista, una investigación desarrollada durante su formación como pediatra.

“En lo personal me siento muy feliz y profundamente agradecida. Agradecida con Dios por haberme permitido tener esta oportunidad. En lo profesional es un impulso para seguir investigando, aprendiendo y aportando a la salud de los niños, con la certeza de que estamos en el camino correcto”.

El proyecto también lleva el sello de un trabajo en equipo. Guerra resalta el acompañamiento de su mentor, el doctor Nicolás Laza, a quien reconoce como una guía clave en el proceso.

Las banderas rojas

Para la médica, esas señales como las llamadas “banderas rojas” no son iguales en todos los casos ni en todas las edades. Cambian, evolucionan, se transforman al ritmo del desarrollo del niño, así como lo hacen el lenguaje, la motricidad o lo socioemocional.

“Hay dificultades en el uso de los juguetes, en darles funcionalidad o en crear simbolismo. Puede funcionar como marcador de alteraciones o de compromiso neurocognitivo, especialmente en niños con trastornos del neurodesarrollo, como el Trastorno del Espectro Autista”.

Envía una recomendación a los padres en estos casos: “deberían sentarse con los niños a jugar, y con las escalas disponibles del neurodesarrollo, las escalas que ya se comentaron previamente, poder identificar y estar atentos si hay algún signo de alarma o bandera roja. Observar cómo un niño juega es una ventana a su desarrollo”.

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En los primeros meses de vida, las alertas pueden ser sutiles, pero importantes como poco contacto visual, escasa respuesta a la voz de los cuidadores o bajo interés por interactuar. Son detalles que, aunque pequeños, pueden marcar una diferencia.

Pero es entre los 12 y 24 meses cuando el juego toma un papel aún más revelador. Hay dificultades en el uso de los juguetes, en darles funcionalidad o en crear simbolismo”.