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A Mario Alberto De la Ossa Charris le dicen que tiene una vida incoherente. Que darle vida durante el Carnaval al personaje de ‘La muerte de Palmar’ y una vez terminada la fiesta, pintar y restaurar imágenes religiosas no van de la mano. Sin embargo, en su forma de entender el mundo que habitamos, ambos quehaceres artísticos tienen un punto de encuentro son, de una u otra forma, dos caras de la misma moneda.

Dice, sentado en la sala de su casa ubicada en la Calle 4 No. 8-101, que su vida ha estado rodeada del arte; desde muy pequeño vio cómo los pinceles trazaban caminos de color y devoción. Su historia con la restauración comenzó de una forma casi accidental, observando minuciosamente, tocando las texturas y aprendiendo a puro pulso.

“Yo tenía una prima que se llama Diva Charris (QEPD), ella trabajaba en una empresa de cerámica en Barranquilla, y desde niño me iba los fines de semana y le ayudaba a pintar y restaurar. En ese momento no era experto, pero ella me decía que mis trabajos eran pulidos y desde ese momento siempre me dediqué a pintar”, comenta.

Ese fue el punto de partida para que sus fines de semana se convirtieran en un refugio de paciencia, soledad y pintura. Pero el verdadero giro en su vida, el golpe seco que lo obligó a madurar antes de tiempo, llegó cuando apenas cursaba quinto de primaria. A los 11 años de edad sufrió la pérdida más grande que puede enfrentar un niño: la muerte de su mamá.

Jeisson Gutierrez

Ese vacío inmenso lo marcó de forma profunda, pero al mismo tiempo lo empujó a buscar respuestas por su propia cuenta, a valerse por sí mismo en un mundo que de repente se había quedado sin su guía principal. Sin los recursos técnicos ni una persona que le enseñara el oficio de manera formal, se volcó a explorar las redes sociales y el internet de la época para entender los secretos de su pasión.

“Pasaba horas mirando tutoriales y leyendo foros, aprendiendo a identificar qué tipo de masa servía para una cerámica horneada, qué material era el adecuado para cada textura específica”, y descubrió a base de ensayo y error que restaurar una imagen que ya viene pintada de fábrica es un rompecabezas muchísimo más complejo que empezar desde cero con el molde original blanco. Cada figura religiosa, cada virgen o santo que llegaba a la mesa de su casa, se convirtió en una escuela silenciosa donde curaba las grietas del yeso ajeno y, tal vez sin darse cuenta, iba sanando también las suyas propias.

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Ese innegable talento manual y su vocación de servicio lo acercaron de forma natural a la parroquia de su pueblo. “Desde que era un niño he estado en la iglesia, mis papás eran muy católicos y yo incluso llegué a ser acólito”.

En medio de la crítica

Pero en los pueblos pequeños, los prejuicios suelen caminar mucho más rápido que las buenas intenciones. Para un sector de los feligreses, resulta escandaloso e incomprensible que el mismo muchacho que le pinta el manto dorado a la Virgen María con reverencia, se ponga una máscara de calavera para salir a bailar en las fiestas en honor al dios Momo.

Mario ha tenido que soportar estoicamente los murmullos de pasillo, las miradas de reojo y los comentarios cargados de veneno de quienes él llama, con un toque de ironía, “las monseñoras” de la parroquia.

Aclara, sin asomo de rencor, que los ataques rara vez vienen de los sacerdotes o de los líderes espirituales, sino de “esos hermanos en Cristo” que se sientan en las primeras bancas y usan las palabras como dardos para intentar dañar su imagen.

Jeisson GutierrezPara él, la muerte y la Semana Santa tienen puntos de encuentro en su fe.

Al principio, confiesa que esos juicios lo afectaron emocionalmente. Tuvo bajones fuertes, momentos de duda donde se cuestionaba si estaba haciendo lo correcto. Pero su fe nunca se quebrantó. Entendió rápidamente que en la viña del Señor hay de todo para escoger y decidió no apartarse jamás de su iglesia, aunque ahora mantiene una distancia prudente y sabia para proteger su paz mental.

Su razonamiento ante las críticas es aplastante, lógico y muy sencillo. “La muerte no es un símbolo del mal ni una atracción de la desgracia, como se creía ciegamente en la época de antes por puro temor religioso”. Para él, es simplemente el recordatorio físico de que estamos de paso, una transición necesaria y natural para alcanzar la vida espiritual y eterna. Y mientras ese momento final llega, su deber es disfrutar la vida terrenal a través del arte que le corre por las venas. Su compromiso, repite con una firmeza envidiable, es directamente con Dios y no con las opiniones pasajeras de terceros.

17 años de Muerte

Esa rebeldía pacífica y esa convicción férrea fueron el abono perfecto para revivir una leyenda que estaba condenada a desaparecer en el olvido. El pasado 20 de enero, Mario cumplió diecisiete años salvaguardando y dándole vida a ‘La muerte de Palmar’, que es el rescate histórico de una tradición de su tierra, donde existió un hombre de estatura exorbitante que salía a asustar a los jóvenes que se congregaban en el parque central.

Aquel personaje de antaño no llevaba la clásica guadaña europea que vemos en las películas, sino una ‘ganchua’ campesina, atada fuertemente a un palo de madera de casi tres metros de alto. Su objetivo no era otro que tomarle el pelo a la gente, mamar gallo, corretearlos hasta los límites con Sabanagrande y reírse a carcajadas del pánico ajeno.

Josefina VillarrealEste 2026 participó por primera vez en la Batalla de Flores.

Mario, que en su época de juventud era un muchacho extremadamente delgado que apenas rozaba los cuarenta kilos en la báscula, siempre terminaba siendo el elegido natural para interpretar a la Parca en las danzas del Garabato. “La gente me veía pasar por las calles polvorientas y sentenciaba de inmediato: ahí va la muerte de Palmar, el flaco Mario, esa es la muerte”.

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Pero a medida que fue creciendo artística y personalmente, él supo que el disfraz básico de tela negra pintada con huesos blancos ya no era suficiente. Cualquiera podía ponerse una túnica barata y salir a caminar bajo el sol inclemente. Si realmente quería que el personaje tuviera un impacto contundente, generara respeto y dejara una huella real en el Carnaval del Atlántico, necesitaba evolucionar drásticamente.

Así nació y se materializó el proyecto de investigación que tituló La muerte y su lucha por el carnaval, con el que logró ganar un apoyo fundamental y empezó la verdadera transformación visual de su alter ego. Dejó atrás los harapos simples y se dedicó a construir una armadura folclórica deslumbrante. El recamado minucioso, la elaboración detallada de los huesos para que parecieran reales, los penachos imponentes y el uso estratégico de las plumas le dieron una identidad majestuosa, digna de un rey de la fiesta.

El diseño de su aterradora y fascinante máscara es obra exclusiva del maestro Luis Demetrio Llano, mientras que las complejas estructuras de varilla para sostener las hombreras y los tocados pesados son forjadas por Israel, un herrero de toda la vida y gran colaborador en el municipio. Es un trabajo colectivo que Mario ensambla luego a mano, pieza por pieza, con una dedicación que raya en la obsesión estética.

Jeisson Gutierrez

Sin embargo, detrás de las plumas exóticas, los brillos de las lentejuelas y los aplausos multitudinarios, se esconde una realidad muy áspera que Mario no tiene ningún problema en revelar y denunciar. “Lograr todo esto no ha sido, ni mucho menos, un camino lleno de rosas”. Se declara un hombre orgulloso y dignamente campesino, hijo de un trabajador incansable del campo que le enseñó desde muy niño el verdadero valor del sudor y del trabajo honesto. Por eso mismo, le duele en el alma la falta de apoyo constante a la cultura.

Ha tenido que, usando sus propias y directas palabras, “salir a pedir limosna para poder brillar en los desfiles más importantes”. Los presupuestos de la alcaldía local son un misterio incierto; a veces hay recursos y voluntad política, a veces el dinero simplemente no alcanza o no está disponible para apoyar a los verdaderos hacedores culturales que mantienen viva la identidad del municipio. Esa inestabilidad financiera constante, sumada a las envidias inevitables que despierta su rotundo éxito, convierte cada participación anual en un verdadero acto de fe y de terquedad absoluta.