El maestro Leandro Díaz tuvo la virtud de inspirarse en las mujeres dedicándoles diversas canciones, teniendo como ejemplo ‘El poder del pensamiento’ donde plasmó su sentimiento. “Yo siempre tuve la costumbre de ser amable con la mujer, y cuando me enamoraba, yo me entregaba sin condición”. Así pudo reflejar su filosofía de vida describiendo el mundo con los ojos del alma.
‘El cantor de Altopino’, construyó una cantidad de versos que nacieron con melodías propias para descifrar los secretos del amor, pero en una ocasión el destino le planteó un ‘Misterio’ y la conquista no aterrizó, conformándose con agarrarle las manos a la mujer o solamente escuchar su voz.
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Todo sucedió en San Diego, Cesar, aquel pueblo hermoso y colmado de bendiciones, como lo describió el poeta-cantor Gustavo Gutiérrez Cabello. El asunto se puso tan complicado que utilizó algunas estrategias, pero a ella nada logró convencerla para que abriera su corazón. Al no poder superar las murallas emocionales, optó por hacerle un canto alegre, demostrando su inconformidad por el tiempo perdido.
Es así como nació el merengue ‘Misterio’, canción grabada inicialmente en el año 1975, por Jorge Oñate y Emiliano Zuleta Díaz, en el disco ‘La parranda y la mujer’. “Cada vez que vengo a visitarte te pones esquiva morena mía. He venido a preguntarte qué te sucede María. Sé es que estás arrepentida o no quieres ser mi amante. Yo quisiera saber negra linda, la pena que acosa tu corazón”. En los cuatro minutos y 36 segundos del recorrido del tema pidió explicaciones y formuló soluciones.
La preocupación corría a paso firme. “Un día me pone atención, otro día está retraída. Que tremenda confusión, la que yo tengo en la vida. Qué misterio tiene mi morena me pone problemas para querer. Me preocupa María Elena, ese raro proceder. Si es que ya no quieres negra, dímelo pa’ no volver”.
Después de más de 50 años del hecho que no floreció quedándose en el intento, se encontró a la protagonista María Elena Daza de Iceda, hoy con 84 años a cuestas, y quien todavía vive en San Diego. Ella, muy amablemente aceptó contar el secreto que tenía guardado, el cual según Leandro Díaz la mantenía martirizada.
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El encuentro en su casa fue con una sonrisa de su parte accediendo a retroceder el tiempo. “Leandro llegaba a la casa porque era gran amigo de Bladismiro, un hermano mío, y muchas veces habló conmigo. Comenzó a frecuentar la casa y en una de esas ocasiones se me declaró”.
Se quedó callada adjuntando más recuerdos. “Le dije que no estaba para eso, y además él vivía con una amiga mía, Clementina, la mamá de Ivo Díaz, y yo quería seguir sola con mis dos hijos, ya que mi esposo había muerto. Él continuó y como no pasó nada me saco una canción de nombre ‘Misterio’, que era su punto de vista de lo que había pasado”.
Siguió narrando su propia historia. “Cuando él hizo la canción me llamó y me la cantó diciéndome que era mía. Más adelante, escuché la canción en la voz de Jorge Oñate y comenzó la preguntadera de los paisanos. Es más, Martín Iceda, mi hijo, gran amigo de Ivo Díaz, jocosamente se decían hermanos”. Soltó una sonora carcajada.
En aquel momento de la entrevista dijo que en la canción dijo la verdad y para corroborarlo cantó un verso. Después, continuó siendo amiga de Leandro a quien admiraba porque supo sobresalir en la vida. “Era todo un genio que alcanzó la gloria”, añadió.
Ese día estuvo en el monumento a Leandro Díaz, ubicado en San Diego, donde María Elena volvió a platicar del hombre callado y quien, a pesar de su ceguera, poseía una capacidad única para describir paisajes, emociones en sus canciones y el amor mediante los sentidos. Tenía la más grande conexión emocional.
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Era el mismo hombre que encontró en el momento preciso de su existencia la táctica para derrotar las penas, exaltar a las mujeres, así algunas lo despreciaran tal como sucedió con la famosa gordita. Efectivamente, a ella optó por castigarla cantando porque no podía maldecirla, debido a que era un acto de cobardía.
La historia de Leandro Díaz, homenajeado en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2011, se puede contar de mil maneras, pero siempre aparecen dos ojos sin oficio que tenían la connotación de ser del alma, una memoria lúcida y versos maravillosos que dieron cuenta de la belleza interior de la mujer destilando perfume, y con el encanto que la hace única.
La historia se quedó corta, pero en el ambiente pueblerino se calcó un pedazo de la obra de ese ser inigualable, quien se comparó con el cardón guajiro, al que nunca ni el sol lo marchitó. Tampoco el tiempo tuvo la potestad de esconderlo en el olvido al recordarse la frase. “Si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo necesario para ponérmelos en el alma”.
Al final cuando María Elena Daza de Iceda, así indicó que apareciera escrito, iba camino a su casa después de la visita al monumento, sorprendió con una reflexión. “En todo este rato he hablado de una historia verdadera en la que serví de inspiración, pero ahora el amor anda en el aire y cuando cae se vuelve nada, nada”.
Esas son las paradojas de la vida porque para Leandro Díaz, la verdadera visión nacía del sentimiento y se alojaba en la memoria creando su propia luz interior.


