El Heraldo
José Miguel Simongama fue el encargado de recibir a los familiares provenientes de otras comunidades. José Torres, enviado especial
Barranquilla

En medio de la lluvia, Kemakumake despide a sus hermanos

Indígenas wiwas aseguran que ayer se cumplió, bajo una tormenta, el ritual de sepultura de los 11 indígenas que murieron el lunes luego de la caída de un rayo.

Para los wiwas la de ayer no fue una tarde cualquiera. No todos los días se preparan para despedir a 11 miembros de su resguardo. Entre ellos el dolor no ha sido tan fulminante como la caída del rayo, que el pasado lunes acabó con la vida de sus hermanos. La resignación de tener que devolverlos a la tierra envueltos en sábanas blancas los mantiene cabizbajos.

En El Encanto, la población wiwa más cercana al lugar de la tragedia, Kemakumake, ayer no había casi nadie. La mayoría de sus habitantes emprendió una travesía de más de cuatro horas por la Sierra Nevada para llegar a tiempo a darle el último adiós a los cuatro mamos y siete miembros del resguardo que “cerraron los ojos para siempre”.

José Miguel Simungama, tío de Awimahv Gil, una de las víctimas, no fue al ritual de sepultura. Dijo que su comunidad estaba a la espera de otra señal de la naturaleza que confirmara que los suyos están en paz, y que las autoridades le habían encomendado la tarea de recibir a los familiares que venían desde los pueblos wiwas de la Sierra cerca de Valledupar y de toda la cuenca del río Guachaca.

Restregando su poporo, objeto de tradición hecho en totumo, sentado sobre un tronco en la entrada de El Encanto, el indígena de 25 años explicó que la caída de otra descarga eléctrica en medio de la tormenta que se registró ayer sobre la espesa zona montañosa sería la respuesta que esperaban las autoridades del cabildo para despedir a sus familiares.

Una imagen del pueblo El Encanto, en la Sierra.

La sepultura de los once cuerpos comenzó después de las tres de la tarde, según informó Simongama. No acostumbran a aplazar este tipo de rituales. Llueva, truene o relampaguee siguen  con sus planes.  El grupo de 14 indígenas que no pudo llegar desde la mañana a Kemakumake en el helicóptero que dispuso la Primera División del Ejército subió a la Sierra caminando. Algunos dejaron sus pertenencias en El Encanto, población que tiene la denominación de sitio sagrado Gotxhi.

El emotivo funeral de los wiwas se habría realizado según las normas del resguardo para los casos en los que los miembros mueren a causa del impacto de los rayos, que consiste en cavar tumbas de más de dos metros de profundidad sobre la tierra junto al lugar en el que murieron y “devolver” los cuerpos envueltos en telas blancas, que simbolizan la paz.

Con la mirada perdida y una tristeza inconsolable, una de las hijas de José María Moscote Gil, líder de los wiwa y encargado del puesto de salud de El Encanto, lamentó no haber podido asistir al rito ceremonial en el que darían el último adiós a su padre. Una fuerte tormenta le impidió caminar las cerca de cuatro horas que toma subir hasta kemakumake.

“Antes no le temíamos a los rayos, pero desde que pasó esta tragedia y perdimos a nuestros hermanos no es lo mismo. Vivimos para escuchar a la naturaleza y protegerla”, dijo Simungama.

Una de las hijas de José María Moscote lamentó no poder asistir al entierro de su padre.

El gobernador del cabildo wiwa, Víctor Loperena, había anunciado que desde la mañana de ayer ante oficiales del Ejército de Santa Marta que por tierra o por aire llegarían al sepelio de los mamos Narciso Simungama Mojica, delegado del resguardo de Umake, y Juan Ramón Gil Mojica, así como de Daniel Gil Mojica, Juan Gil Pinto, Manuel Sauna, José Domingo Zarabata Moscote y Mariano Sauna Gil.

Por los pantanosos caminos que hay que atravesar para llegar hasta El Encanto, donde funciona el colegio Zalemakú Sertuga y el comedor escolar de los wiwas en los que reciben clases y se alimentan cerca de 300 niños indígenas, ayer hizo más frío que de costumbre, “las nubes lloran”, decían los indígenas mientras los truenos se escuchaban cada vez más cerca.

Apenas unos seis indígenas merodean el resguardo, ninguno ríe. Están de luto. Dicen que sienten dolor, pero también paz. La neblina empaña el paisaje. Indígenas como Julio Malo aseguran que con la despedida de sus hermanos el panorama no podría ser más gris. 

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