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En el mercado laboral del área metropolitana de Barranquilla se está configurando una paradoja difícil de ignorar: las mujeres están más preparadas que los hombres, pero tienen menos oportunidades de acceder a empleos formales, estables y bien remunerados.

Los datos son claros. La Tasa Global de Participación (TGP) masculina alcanza el 75 %, mientras que la femenina se sitúa en 54 %. Es decir, menos mujeres participan en el mercado laboral. Pero el verdadero desafío no es solo cuántas se insertan, sino en qué condiciones lo hacen.

Cuando las mujeres logran incorporarse al mercado laboral, enfrentan barreras adicionales. La Tasa de Desempleo (TD) femenina asciende al 13 %, cinco puntos porcentuales más que el 8 % registrado en los hombres. Además, la estabilidad laboral tampoco está garantizada: la Tasa de Informalidad (TI) alcanza el 55 % en mujeres, frente al 51 % en hombres.

La brecha se amplía aún más al analizar los ingresos. En promedio, las mujeres ganan 233 mil pesos menos que los hombres en el área metropolitana, una diferencia que incluso supera el promedio nacional, que se ubica en 138 mil pesos.

A pesar de estas brechas, entre 2024 y 2025 se registraron avances importantes. La Tasa de Desempleo (TD) femenina cayó 2 puntos porcentuales y la Tasa de Ocupación (TO) aumentó de 46 % a 47 %, reflejando una mayor absorción laboral. Sin embargo, la TGP femenina se redujo ligeramente y la población inactiva creció en más de 8 mil mujeres, un comportamiento que podría reflejar la presencia de trabajadoras desalentadas, es decir, mujeres que dejan de buscar empleo ante la dificultad de encontrarlo.

Si ampliamos la mirada al período posterior a la pandemia, la tendencia es aún más alentadora: desde 2021, la ocupación femenina ha pasado del 40 % al 47 %. Esto evidencia una recuperación sostenida y una reactivación progresiva del empleo femenino tras la crisis, aunque persisten desafíos importantes en términos de igualdad y calidad del empleo.

Aun así, estos avances deben analizarse con cautela. La brecha frente a los hombres continúa siendo cercana a 6 puntos porcentuales en desempleo, y Barranquilla A.M. no es ajena a la dinámica regional: en las principales ciudades del Caribe, la TD femenina alcanza niveles de hasta 19 %, mientras la masculina ronda el 10 %. Esto confirma que la desigualdad no es meramente coyuntural, sino estructural. La calidad del empleo también evidencia rezagos: casi 6 de cada 10 mujeres ocupadas trabajan en la informalidad, lo que implica menor estabilidad, menor acceso a protección social y mayor vulnerabilidad económica.

El dato más revelador es el educativo. En 2025, el 49 % de las mujeres ocupadas cuenta con formación técnica o superior, frente al 38 % de los hombres. En promedio, las mujeres están más calificadas. Aquí emerge la contradicción central: si poseen mayor capital humano, ¿por qué registran mayor desempleo, mayor informalidad y menores ingresos? La respuesta no está en la falta de preparación, sino en las barreras estructurales del mercado laboral, como la segregación ocupacional —que concentra a las mujeres en sectores de servicios— y la sobrecarga del trabajo de cuidado no remunerado, que limita su disponibilidad para empleos formales y mejor remunerados.

Podría afirmarse que el mercado laboral no es neutral. Barranquilla A.M. muestra progresos: más mujeres están trabajando y más mujeres están estudiando. Sin embargo, la igualdad aún no llega. Mientras ellas continúen enfrentando mayor desempleo, mayor informalidad y menores ingresos pese a contar con mayores niveles educativos, el crecimiento económico de la ciudad seguirá siendo incompleto y socialmente desigual. Las brechas no responden a una falta de formación ni a una menor disposición a participar, sino a fallas estructurales que limitan la traducción del capital humano femenino en oportunidades reales.

El desafío ahora es transformar ese avance en igualdad efectiva en el acceso, la calidad y la remuneración del empleo. Algunas recomendaciones clave son:

Impulsar la formalización femenina: ofrecer incentivos tributarios a las empresas que formalicen a mujeres trabajadoras.

Promoción activa de mujeres en cargos directivos: implementar programas e incentivos que fomenten la diversidad y la equidad de género en puestos de liderazgo.

Conciliación y corresponsabilidad: ampliar la oferta de cuidado infantil e incentivar esquemas de trabajo flexible que faciliten la participación laboral femenina.

Conectar la educación con empleos de mayor productividad: promover programas de capacitación en áreas técnicas y sectores donde la participación femenina ha sido históricamente baja.

Monitoreo y sanciones: establecer auditorías periódicas, reportes de brechas salariales y sanciones para las empresas que no corrijan desigualdades.