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El fuego encendido en medio de la noche fue la primera señal. Un vecino de Curacaví, una comuna ubicada en la región Metropolitana de Santiago de Chile, observó a lo lejos una llamarada en el sector de Cuesta Zapata y alertó a las autoridades. Cuando Carabineros y bomberos llegaron al lugar, encontraron una escena que, según medios chilenos, dejó incluso impactados a los investigadores más experimentados: un cuerpo parcialmente calcinado, decapitado y abandonado junto a una Biblia.

Las pesquisas posteriores condujeron a un nombre inesperado: Abel Stiven Carabalí, colombiano de 30 años y exjugador vinculado a procesos juveniles del Deportivo Cali. Lo que alguna vez fueron videos dominando balones y publicaciones relacionadas con el fútbol terminó convertido, según la Fiscalía chilena, en una historia atravesada por el crimen organizado, el narcotráfico y una violencia extrema.

De acuerdo con la investigación del Equipo de Crimen Organizado y Homicidios (ECOH), Carabalí habría participado en el asesinato de un compatriota con quien mantenía una amistad de varios años ligada precisamente al fútbol. Las autoridades sostienen que ambos compartían círculos sociales e incluso vivienda en Chile.

El caso comenzó a tomar forma a partir de cámaras de seguridad y seguimientos policiales. Según reportes divulgados por la televisión chilena T13, una de las pruebas clave mostraría a Carabalí movilizando el cuerpo de la víctima en un carro de carga dentro de un estacionamiento. Posteriormente, otro colombiano —un taxista de 51 años— habría ayudado a trasladar los restos hasta Curacaví.

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La víctima habría sido asesinada en un inmueble de Estación Central, en Santiago. Después, el cadáver fue llevado hasta la cuesta Zapata, donde intentaron destruir evidencia mediante fuego. Pero el incendio terminó revelándolo todo.

La brutalidad del crimen marcó un punto de quiebre en la investigación. La fiscal Carmen Gloria Guevara aseguró que el cuerpo presentaba múltiples heridas cortopunzantes previas a la decapitación, lesiones que, según sus palabras, resultaban “innecesarias” si el único propósito era matar. Para los investigadores, la forma en que fue abandonado el cadáver respondería a patrones asociados al crimen organizado.

En los allanamientos posteriores, las autoridades chilenas encontraron cerca de 19 kilos de droga, cuatro armas de fuego y armamento que simulaba fusiles de guerra.

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La Fiscalía sostiene que Carabalí sería el líder de una estructura dedicada al narcotráfico y que el homicidio podría estar relacionado con un ajuste de cuentas o una presunta traición dentro de la organización.

Junto a Carabalí fue detenido otro ciudadano colombiano acusado de colaborar en el traslado y la quema del cuerpo. Ambos quedaron en prisión preventiva mientras avanza una investigación cuyo plazo inicial fue fijado en 120 días. Además, las autoridades confirmaron que otros dos presuntos integrantes de la banda ya fueron identificados y permanecen prófugos.

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El caso ha causado conmoción tanto en Chile como en Colombia. En redes sociales comenzaron a circular antiguas imágenes de Carabalí entrenando, jugando fútbol y mostrando una vida completamente distinta a la que hoy describen los expedientes judiciales.

Ese contraste —entre el pasado deportivo y las acusaciones que ahora enfrenta— convirtió el crimen en uno de los episodios más impactantes de los últimos días en territorio chileno.