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El cine de Luzbeidy Monterrosa no nace en una sala de guion ni en una escuela tradicional sino del territorio, de las conversaciones con los abuelos, de los recorridos por La Guajira y de una certeza compartida por muchos pueblos indígenas, hacer cine también es una forma de activismo.

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Esa convicción es la que ha llevado a la cineasta wayuu a representar a Colombia en la Berlinale, uno de los festivales de cine más importantes del mundo, con Jülapüin Yonna (El sueño de danzar), un cortometraje de ficción que dialoga con la cosmovisión de su pueblo y con una herida abierta que atraviesa el territorio, el extractivismo.

“Muchas veces estamos haciendo cine, pero también estamos hablando de lo que sucede en nuestros territorios”, explica Monterrosa. “El cine se convierte en una plataforma para decirle al otro lo que estamos viviendo”.

Cine desde el sentir

La historia surge de una reflexión colectiva, de conversaciones con otros realizadores indígenas, de procesos comunitarios y de una red de comunicación wayuu que ha permitido recorrer el departamento y entender su diversidad cultural y geográfica. Fue allí donde la idea empezó a tomar forma, mucho antes de convertirse en guion.

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Uno de los detonantes fue una conversación con un abuelo wayuu que marcó a la cineasta. “Me dijo que la vibración de la tierra, la explotación, le interrumpía el corazón. Que ya no podía soñar como antes. Y nosotros somos un pueblo de sueños”, recuerda.

Esa frase se quedó resonando. El dolor, la impotencia, pero también la necesidad de contar lo que estaba pasando desde adentro, desde el sentir. Años después, cuando Monterrosa se adentró en procesos de formación más académicos y aprendió a escribir guiones, esa experiencia encontró su forma cinematográfica.

Cortesía

Soñar como resistencia

El cortometraje, una ficción atravesada por lo onírico, tiene como protagonista a Wenchi, una joven de 15 años cuyo nombre significa “tiempo”. Ella hereda no solo el conocimiento de su pueblo, sino también el dolor de la tierra. A través de los sueños recibe un mensaje: hay que sanar.

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En la cosmovisión wayuu, los sueños no son metáforas, sino que son advertencias, revelaciones, formas de comunicación con el todo. Desde ahí se construye la narrativa: una historia guiada por abuelos, abuelas y seres espirituales, donde la tierra (Ma) también habla y se manifiesta.

“No queríamos folclorizar nuestras formas de ver el mundo”, aclara Monterrosa. “Era importante dignificar a nuestros personajes y nuestra espiritualidad, no convertirlos en postales”.

Una producción colectiva

Monterrosa asumió la dirección, el guion y parte de la producción del cortometraje. Como ocurre con muchas obras indígenas, levantar la película fue un proceso colectivo de gestión de recursos, alianzas, personas que creyeron en el proyecto antes de que existiera.

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El cortometraje fue ganador del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC) y se rodó en lugares emblemáticos como el Cabo de la Vela y el sur de La Guajira, explorando la diversidad visual del territorio como el desierto, el río y la vegetación.

“Las películas se hacen cuando hay acompañamiento y confianza”, dice la cineasta. “Es un trabajo de muchas manos”.

CortesíaEl rodaje de esta película se hizo en lugares como el Cabo de la Vela y el sur de La Guajira.

Berlín como logro colectivo

Llegar a la Berlinale no es, para ella, un logro individual. Es el resultado de una lucha histórica de los pueblos indígenas por contar sus propias historias.

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“Durante mucho tiempo fueron personas no indígenas las que vinieron a nuestros territorios a contarnos desde su mirada. Muchas veces no nos sentimos representados”, afirma. “Hoy llegar como directora, guionista y productora es muy significativo”.

También lo es desde el lugar de mujer. Monterrosa destaca que el cine sigue siendo una industria jerárquica y machista, y que abrir espacio para narrativas indígenas contadas desde lo femenino es una forma de darle la vuelta a la historia.“Esta es una historia de niñas, de abuelas, de mujeres que guían. Nosotras también somos referentes”.

La música como espíritu

La banda sonora del cortometraje combina procesos tradicionales con una colaboración muy especial, la música original de Lido Pimienta. La alianza nació de una conversación personal y de una conexión artística previa.

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“Siempre soñé con trabajar con Lido, pero lo veía muy lejos”, confiesa Monterrosa. Pimienta compuso cantos y arreglos que acompañan los momentos más oníricos de la película, así como la música de los créditos finales, cantada en wayuunaiki y español como un acto de agradecimiento a los seres espirituales.

El resultado es una obra que dialoga desde lo sonoro con la memoria, el llanto, el canto y la sanación.

CortesíaEn el cortometraje se plasma la cosmovisión de la etnia wayuu.