Columnas de opinión |

¡Atrévete a entender!

Teresa siempre se santigua cuando oye un trueno, para que no le caiga el rayo. Y jura que le funciona porque desde niña su abuela le enseñó ese milagroso truco que hasta ahora la ha salvado de todos los rayos. Tita, como le dicen sus sobrinos, nació hace 74 años, justo cuando el estallido de la primera bomba atómica, el arma letal construida con base en la teoría más compleja y asombrosa de la ciencia. Ella sabe leer, aunque solo lee la Biblia, de la cual recita versículos de memoria con frecuencia. Sin embargo, nunca se ha enterado de que la luz avanza miles de veces más rápido que el sonido y que, por tanto, cada vez que oye un trueno, el rayo que lo ocasionó ya ha caído varios segundos antes en otra parte; ni de que el día en que de verdad le caiga uno a ella, no habrá tenido tiempo de oír nada.

“¡Atrévete a entender!” fue el grito de liberación de Kant contra la sumisión a los dogmas, devenido en eslogan de la Ilustración, ese período, iniciado a mediados del siglo 18, que, como nos recuerda Steven Pinker, puso en primer plano la razón, la ciencia, el humanismo y un progreso social antes ni siquiera imaginado, del cual somos beneficiarios la mayoría de los habitantes del planeta hoy. Pero ese reto de Kant es solo un eco de la lejana invitación de Tales de Mileto, quien hace 2600 años había comenzado a dar explicaciones de principios del mundo natural “accesibles a todos aquellos que tengan razón y que se atrevan a usarla”. Había que tener confianza y coraje para usar la razón en contra de la “sofistería mítica”.

Aristóteles consideró que Tales “desmitologizó” los procesos naturales y que “el conocimiento del filósofo apunta sobre todo al conocimiento de causas”. La distinción de causalidad y casualidad es esencial en la actitud científica. Ésta tiene dos principios rectores: La corroboración empírica y la disposición a cambiar nuestra teoría a la luz de una evidencia que la contradiga, que requiere una actitud crítica contra nuestras propias hipótesis. Einstein mismo, por ejemplo, se encargó de diseñar experimentos que podrían refutar sus teorías. Algunos de los cuales solo se han podido realizar décadas más tarde.

En la lucha de la ciencia contra el mito tanto Tales, como Kant resaltan la importancia del atrevimiento como complemento necesario de la inteligencia para explicar el mundo a través de causas naturales verificables, no sobrenaturales. Ello sigue siendo indispensable hoy, ante el retorno de los ángeles, los negacionistas de la evolución, del calentamiento global y de las vacunas, los seudo científicos de las constelaciones, los estafadores de la Cienciología, los radicales de las religiones monoteístas, los fabricantes de noticias falsas y la omnipresencia de los mundos mágicos en el cine y la literatura. Es la lucha sin fin de la civilización, la máxima app, que hay que reiniciar con cada niño que nace en total ignorancia.

rsilver2@aol.com

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