El mundo cristiano celebra este domingo la resurrección de Cristo, que los evangelistas narran con júbilo y en términos dramáticos que corresponden a lo que Pablo de Tarso, el primero en referirlo por escrito, les decía a los corintios añadiendo la afirmación deslumbradora : “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. El cristianismo, por tanto, le plantea al creyente uno de los puntos cardinales de su credo frente al misterio de la tumba vacía que los discípulos encontraron al tercer día de la crucifixión.
Esta vez, la pandemia universal que nos agobia no permitió que se conmemoraran los días santos con la manifestación al aire libre de procesiones y actos litúrgicos que han movido por siglos el fervor de los fieles, y también a quienes se asoman a verlos por su esplendor como sucede en Popayán y en Sevilla, España, entre otros lugares. A mi me ha emocionado en años pasados la ceremonia del Viacrucis del Viernes Santo en el Coliseo romano, tan cargado de historia profana y sagrada, con la presencia del Papa y de multitud de feligreses. Igualmente, la celebración de la Pascua en la vigilia del Sábado de Gloria en esa radiante Basílica de San Pedro en Roma, con la contemplación simultánea de las obras de Bramante, Miguel Ángel y Bernini.
La otra vida, que proclama con la resurrección el cristianismo, no convence a muchos -muchísimos- de los habitantes del mundo moderno que se ha vuelto más descreído. Pero ahí sigue viva la festividad de este domingo, que se celebra ahora por medios virtuales. La situación calamitosa de la actual pandemia puede ser motivo para reflexionar sobre la dimensión espiritual de la vida, en su aspecto no contable ni medible. En sentido estricto, no habría porqué pensar que la otra vida, en términos de resurrección, deba ser una imagen fiel que gratifique el modo de entender lo que sigue después de la muerte. El anhelo de inmortalidad cuadra más con el deseo de supervivencia, que es una aspiración antigua y legítima ante la realidad cruda de nuestra desaparición de este mundo, como lo estamos verificando todos los días al revisar las cifras tan elevadas y escandalosas de fallecidos por la infección del coronavirus.
La vida que ahora tenemos, pese a sus limitaciones y padecimientos, sigue siendo bella. O al menos soportable para muchos otros, sin distingos religiosos, con excepción del suicida. Albert Camus escribió alguna vez que “si hay un pecado contra la vida, no es tanto la desesperación frente a ella sino la esperanza de otra, y en eludir la implacable grandeza de ésta”. Confesión de un poeta que contiene la verdad básica del instinto de supervivencia.
Sin embargo, menos resonante que la de Camus es la íntima invitación de Hegel a liberarse de la atadura solamente natural a la vida, para alcanzar la más profunda libertad del espíritu. Al inicio de su evangelio, San Juan dice : “La Palabra (Logos) se hizo carne”. A propósito de la otra vida, se podría agregar : “Y la carne se hizo Palabra”.








