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Ausencias

Lo que tengo claro es que el dolor no nos puede paralizar, que la ausencia de los seres que amamos no nos debe impedir la lucha por la consecución de nuestros sueños y objetivos. La vida está en nuestras manos y somos nosotros quienes decidimos qué hacemos con ella. 

¡Cuánta falta hacen las personas que amamos y que ya han muerto! Nos pueden decir que están presentes de una manera espiritual y que nos acompañan siempre, pero qué va, hacen falta sus abrazos, sus palabras, sus expresiones concretas de amor. A mí me hace falta la presencia física de mi papá. No hay día que no lo recuerde por alguna razón, y hay momentos específicos –cuando hay fútbol, por ejemplo- en los que su ausencia se hace más intensa. 

Es un dolor personal que no se quita, que está ahí, y hay que aprender a vivir con él. A veces sonrío recordando alguna experiencia graciosa que vivimos, otras veces unas lágrimas se hacen presente como manifestación de su ausencia. Aunque he leído mucho sobre escatología y tengo la certeza de la fe que todo no termina con la muerte, no me alcanzo a imaginar cómo será esa otra parte de esta vida en la eternidad, en la presencia de Dios. Todo tiene que ser cualitativamente diferente a lo que estamos acostumbrados. Mientras tanto, seguimos aquí construyendo el duelo como ese proceso natural y necesario que tiene lugar tras una pérdida muy importante, y que permite que el cerebro se tome su tiempo para reconstruir el significado, sentido, equilibrio y nuevas posibilidades de normalizar la vida y poder ser feliz tras la pérdida (Cabrero M. 2019). 

Conozco las etapas de este proceso que nos han planteado Bowlby, Parkes y Weiss, y sé que las he vivido, pero tal vez lo que más me ha ayudado ha sido: 

1. Agradecer. En todo momento trato de darle gracias a mi padre por todo lo que me dio en el tiempo que compartimos juntos. Pude hacerlo mientras él agonizaba y le asistí como presbítero católico, pero ahora lo hago todos los días. Agradecer me hace traer a la memoria todas las bendiciones que me ofreció, eso me hace constatar que me ha agregado valor en mi existencia. 

2. Tratar de ser feliz, porque estoy seguro que si él me ve desde donde esté, me va a querer ver feliz, dichoso, disfrutando la vida misma. No creo que él disfrute verme llorar por su ausencia. Sé que me animaría a seguir adelante, así lo hizo siempre. Desde la sencillez trato de construir bienestar y generar muchas emociones positivas que me ayuden a encontrarle sentido a todo lo que hago. 

3. Compartir con mis familiares momentos espirituales que nos ayuden a asumir el dolor que esa pérdida nos causa. Tratamos con experiencias significativas, desde nuestra historia compartida, celebrar la vida. Momentos sacramentales que alimentan el alma y nos fortalecen en el compromiso de seguir adelante en la construcción de nuestro proyecto de vida. Instantes de oración personal, en los que desde el diálogo con Dios, encuentro fuerza y razón para no doblegarme ante la situación difícil que se vive. 

Lo que tengo claro es que el dolor no nos puede paralizar, que la ausencia de los seres que amamos no nos debe impedir la lucha por la consecución de nuestros sueños y objetivos. La vida está en nuestras manos y somos nosotros quienes decidimos qué hacemos con ella. Es nuestro compromiso construirla con disciplina, alegría, sacrificio, sentido del humor y solidaridad. Aceptar que ya no están más en esta etapa de la vida es fundamental para no sucumbir ante los miedos que la existencia genera.

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